Motivaciones para escribir

1) La película El día de la marmota, para superar el realismo.

2) El noticiero como formato que se construye y define como real, pero visto como una ficción, para apuntes sobre el sentido común.

3) Las series Twin Peaks y True Detective (temporada 1, porque no vi la 2), para comprender que la música y el clima hacen casi tanto como la historia.

4) Correr. Murakami nos cagó cualquier posibilidad de usar el entrenamiento como motor de la escritura.

5) Los rituales sociales en el medio de los que -continuamente- nos preguntamos por qué mierda no lo hacemos de otra manera. Esto para la hora de la corrección.

6) El encierro de Julian Assange en la embajada de Ecuador en Londres, para lo inverosimil dentro de lo real.

7) Tratar de pensar quué hace el vecino que nunca sale de su casa.

Iré actualizando a medida que me acuerde.

Leer es Futuro: 2° colección

Alucinaciones, mareos y náuseas“. Para mí, síntomas de angustia y fantasía. En el libro publicado por el ministerio de Cultura, hay tres cuentos.

Corré, dijo la tortuga: siempre me pregunté qué carajo le pasa a la gente con los animales y qué les pasa al publicar la búsqueda de una mascota perdida en las redes sociales. Quizá, un animal también te despierte recuerdos. Qué sé yo.

Podrían seguir jugando hasta mañana que el arco seguirá en cero: tengo recuerdos muy adolescentes del 2001. En esa época, los bancos te decían cuánta plata podías sacar de tu sueldo. Hoy también, pero se disfraza bajo la idea de libertad. Un par de amigos fantasean con robar un cajero automática. Porque cuando todo se va al carajo, lo único que quedan son las fantasías.

Pibe: Cada vez que fui a la Costa, me obsesionaban las casas más lujosas. Suponía -siempre- que ahí vivía el Intendente. También me obsesiona el sentido común y sus frases. Como la de que los enganches en el fútbol no existen más. Este cuento es la continuación -y final- del cuento El último enganche del fútbol argentino, publicado en la antología El balcón de cristal, compilado por Patricia Ratto.

La ilustración es de Maese Warrior.

Explico todo esto como si importara. Despertame mañana.

Enlace a los cuentos

Me siento un iPhone

— Si hoy me hacen un reportaje y me preguntan “¿cómo te sentís?“, yo le contesto: me siento un iPhone. No te rías, me siento un iPhone. O sea, opero identicamente igual que un iPhone. Me siento versátil y flexible como el iPod. Es increíble lo que me pasa. Pero en serio te hablo, el otro día ponele estaba en la fiesta de Micha y me sentía como el centro de la fiesta y ahí dije: chau man, me maximizo a tope y me quedo ahí. Y después en un momento me quise borrar porque estaba como súper cansado, hice pack y me minimicé. Pack maximizo; pack achico. Y eso lo empecé a usar en todo. Estaba con el viejo Ricardi hablando por la campaña de celulares y me quemó la cabeza. Me achiqué al mínimo, pero al mínimo eh, dejé el cerebro funcionando al mínimo, y agarré y le hice zas y pasé de página, lo dejé ahí clavado. Eso fue increíble.

— Che, ¿y un iPhone de cuánto?

— De 8 gigas.

— ¿No es mucho?

Escena El artista (2008), de Gastón Duprat y Mariano Cohn, en sala de museo.

Instrucciones para no aburrirse un día de estos

Usted claramente tiene algo y se lo puedo observar desde aquí sin siquiera conocerla. Sostenga ese algo. Nútralo con la misma firmeza que sabe utilizar para defender la idea de que en este país los impuestos no deberían pagarse. Crea en ese algo. Cuánto más lo haga, más grados de realidad bañarán su creencia.

Un algo, eso es importante.

Todavía no puede encontrarle nombre —con lo fácil que es encontrarle nombre a las cosas— pero no desespere. El lenguaje deviene como algo posterior al pensamiento.

Vuelva a lo suyo. A ese algo que usted tiene. Tener algo es un logro en sí mismo, incluso por encima de una carrera universitaria. Hay que poseer. Tener. Ser propietario. Imagínese andar por la vida sin tener nada. Qué dirán sus padres, eh. ¿Qué dirán? ¿Lo ha pensado alguna vez?
Bien. Tenemos algo. Una molestia. Pero como el mundo está saturado de molestias, hay que ser original. Su molestia posiblemente pueda ser un nuevo tipo de cáncer. Incluso uno anquilosado a un órgano todavía no descubierto. Pero qué digo, mejor aún: retome por la vía de los recuerdos y vea esa operación de apendicitis de los quince. Ahora sí, momento para el autodiagnóstico. Ese algo que usted tiene es un cáncer que se originó tras la extracción del apéndice. ¿No era que el apéndice no servía para nada? Vio, usted es tan capaz que descubrió que sí. Que el apéndice estaba para evitar ese cáncer. Ahora ponga todo eso en una frase que contenga un mayor grado de academicismo:

“Tengo un cáncer en la zona del hueco que quedó tras la eliminación del apéndice”.

Muy bien. Con ese lenguaje, a la vez llano y expresivo, usted logrará conmover a su tía abuela que siempre se conmueve tras algún episodio de inseguridad, tras un perro que se ha perdido o tras la imagen de un niño de Bombay que no ha podido terminar la primaria por culpa de una bomba arrojada por militantes islamitas. “Ay, qué desgracia Noemí”, dirá su tía abuela. Aquí ya no importa si usted no se llama Noemí.

Igual, debería llamarse así.

Lo siguiente será chequear los síntomas de lo que ahora se puede llamar una enfermedad incipiente. Se trata de la única forma que tiene para saber si está en lo correcto respecto de su diagnóstico. Lo mejor es recurrir al médico de turno. Y usted sabe muy bien que el único médico de turno en la modernidad se llama Google. Chequea los resultados y sí. Efectivamente usted tiene cáncer en la zona del hueco que quedó tras la eliminación del apéndice. Y también comprobó que padece algunas otras enfermedades más a partir de haber incluido en su búsqueda palabras como “vértigo” y “mareos”. De todas maneras, en este caso puntual, mejor no festeje. Si bien es importante tener algo, la abundancia nunca es buena. No conviene andar por la vida siendo una persona ostentosa. Redistribuya mejor las enfermedades, no las quiera todas para usted.

Tras confirmar la presunción deberá comunicar la situación a ese sinfín de amigos que espera novedades suyas todos los días. Recuerde que su última actividad online fue hace un par de horas y quizá alguien ya esté inquieto por lo que pueda haberle sucedido. Abra su cuenta de Facebook y ponga un estado en clave misteriosa.

“Gracias a todos los que se preocuparon. La vamos a luchar”.

Ahí nomás llegará una catarata de notificaciones, muchas de ellas con especulaciones por lo que le sucede; y otras que, sabiendo de la situación, optarán por aumentar el grado de confusión. Por suerte para este momento usted ya se llama Noemí. Mire qué bien quedan los mensajes sentimentales acompañados de ese nombre:

“¿Qué pasó Noemí? ¡Estamos con vos en lo que sea!”.

“Noemí, ¿vas a bajar de peso? ¿Por qué no me dijiste e íbamos juntas?”.

“Noemí, ¡qué bueno que vas a largar al hijo de puta ese!”.

“¡Fuerzas Noemí!”

Tenemos algo. Tenemos los síntomas. Tenemos el diagnóstico. Pero nos faltan las causas. Este paso será breve y efectivo. La omnipotencia necesaria para afrontar la modernidad nos hará sentir que sabíamos que esto nos iba a pasar. Recordará aquel nudo que se le armó en el pecho un domingo en el que su madre le dijo que no servía para nada; también la extraña sensación que sintió tras el final de la película “Siempre a tu lado”, la historia del perro Hachi; y el enojo que nunca soltó tras la estafa que le produjo el almacenero cuando al pedir un cuarto de queso Pategrás, éste cortó como medio kilo y dijo: “¿está bien así?”, y usted no se animó a decirle que no. Que no estaba bien así. Que lo corte de nuevo por favor.

Con todo eso le bastará para decirse a sí misma que efectivamente en la vida había que ser una persona positiva. Que eso evitaría todas las enfermedades del mundo, y también la escasez de petróleo. De allí pasará a la comprensión. Y al sentimiento de que usted forma parte, por suerte, de una comunidad. Usted no está sola en esto (¿ya la pueda llamar amiga?). Y lo comprobará al comprar el diario La Nación de un día cualquiera. Dirá el revelador artículo:

“Descubren que hay una relación directa entre creer que el mundo es una mierda y el cáncer por extracción del apéndice a la temprana edad”.

Rápidamente tres elementos servirán como consuelo para poder continuar con su vida. Primero recurrirá a la autoayuda con el objetivo de comprender que los demás son el problema de sus desgracias, siempre y cuando usted esté bien consigo misma. No importa el otro, solo importas tú. Y tú. Y solamente tú.

Segundo, necesitará de la simpleza. Los libros de autoayuda son muchos y muy extensos, y cada vez resulta más difícil creer en alguno de todos esos autores con bellos mensajes. Apele mejor a las frases que resumen la existencia tras siglos de análisis filosófico.

“La vida es una sola, vívela como si fuera la última”.

“Abraza tu nombre con la misma calidez de la frazada”.

“Si creés que las cosas van a estar bien, van a estar bien”.

“Para conseguir un logro, hay que entrenar en la semana”.

“Aférrate al dieciocho, por algo son la cantidad de hoyos que tiene una cancha de golf”.

Y tercero, mediquesé. Nunca, pero nunca, se anime a desconfiar de los laboratorios. Estos trabajan las veinticuatro horas para usted y para su salud. Es más, trabajan tanto que necesitan vender todo lo que producen, porque si no se fundirían. Además, usted no se imagina la cantidad de cosas que puede solucionar con una pastilla. ¿Necesita rendir más? Pastilla. ¿No logra levantarse de la cama? Pastilla. ¿Creé que va a tener un ataque al corazón? Pastilla. ¿Necesita todo lo que tiene un pescado pero no quiere cocinarlo? Pastilla. ¿Quiere mantenerse en línea? Pastilla. ¿Tiene la voz como la “negra” Varela? Pastilla.
Recuérdelo: si es Bayer, es bueno.

Matadero Dixit (Gustavo Genez)

Reseña de Matadero Dixit, de Gustavo Genez

“´Yo bebo por la Ciencia´ fue su mejor obra, seguida de ´Yo estuve ahí´. Es mi opinión profesional”. 

El protagonista de la novela Mataderos Dixit —Clark Menesunda— es un personaje que no tiene voz en el sentido de sujeto histórico capaz de denunciar o declamar alguna consigna. Y que no puede defenderse de todo lo que se dirá de él en la impiadosa isla de Matadero-Lost de la Frontera Sud porque para el momento en que la historia comienza, nos enteramos que lo que sigue es la narración de un misterio que nos explicará su caída, su derrumbe, su muerte. La reconstrucción es la forma que adopta esta historia para entender —una vez más— que todo lo que el hombre construye puede ser destruido al instante de que le abre la puerta a alguna de sus debilidades.

Dividida en tres partes, la primera nos introduce en el desembarco de este genio confundido, de este antropólogo que es expulsado de su lugar —tras una opereta académica— para ser arrojado a los confines de un lugar oscuro, una isla donde la sociedad se organiza de manera extraña y bajo una sórdida división del trabajo. Cada uno ocupa un lugar determinado en esta sociedad que se parece en mucho a la de Cortázar que recoge las hojas secas (en “Con legítimo orgullo”): nadie sabe muy bien cómo llegó a hacer lo que le toca a hacer. En el caso de Matadero Dixit la burocracia viene por el lado de los palomeros.

En esta isla, donde hay extraños y humos que nos remiten a la serie Lost, Menesunda intenta desarrollar varias investigaciones absurdas, y como buen antropólogo, las hace sumergiéndose entre los residentes, empatizando con ellos, llevando a cabo una observación participante que irá degradando su condición de intelectual. Y su condición de hombre correcto. De costado, la afirmación es nuevamente la de una ciencia incapaz de llegar a una objetividad absoluta. O la de una ciencia capaz de llegar a resultados desdibujados.

En la segunda parte, y bajo una estructura narrativa que nos permite dialogar con la novela Los detectives salvajes de Bolaño (1998; Anagrama), una serie de testimonios en primer persona de personas que han compartido momentos con Menesunda van dándole cuerpo y color a su figura. Y lo hacen al mejor estilo del periodismo amarillo: sacan a relucir las debilidades de un antropólogo que lo va perdiendo todo; incluso la razón.

Finalmente, la tercera parte termina por resultar un acto poético donde hay un cierto aire pesimista (quizá el descargo más notorio del autor en la obra), un descenso a los comportamientos humanos más crudos, mientras la imagen de Clark Menesunda y su paso por Matadero-Lost se vuelve, contradiciendo la lógica de la ficción, cada vez más oscura, confusa y casi sin mayores precisiones.

Matadero Dixit es una novela de la joven editorial Cave Librum: un emprendimiento colectivo cuya propuesta literaria indaga en temáticas y estéticas novedosas, con el objetivo declarado de dinamizar el placer y poder de enajenación de la lectura en un entorno irremediable.

Algunos fragmentos del libro:

— Todo aquel que tenga la billetera suficientemente abultada se desconectará de todo. Sólo aquel.

— Yo fui quién le dijo, severamente, que no esperábamos a un antropólogo, sino a un historiador. 

— En la época de mi abuelo, a principios del siglo XX, existían en el convento pequeños calabozos donde te ponían tres días a pan y agua, con trajecito de reo, por: a) Alterar la paz; b) Beber sin decoro; c) Ir por la vida de “Don Juan”; d) Batirse a duelo; e) Liberar los cerdos de la gente del pueblo.

Relatos Salvajes: una risa cómoda

¿Cuál es el problema con Relatos Salvajes, la última película de Damián Szifrón? Lo político.

De alguna manera me sentí muy incómodo cuando al terminar la película todo el cine se paró y aplaudió efervescente , en lo que para ellos fue entonces “una de las mejores películas que han visto en años“. Había un ruido que me dejó sentado. Una risa que no terminaba de ser natural ni contundente. Y hasta un comentario de una espectadora a mitad de la ficción: “ay, pero qué cínico“, en referencia a la actitud y forma de comportarse de uno de los protagonistas de uno de los relatos.

Arranquemos por las justificaciones posteriores. Se coincide, finalmente, que en el peor de los casos nos ha hecho reír a carcajadas. Perfecto, punto merecidísimo para el guión. Pero el asunto es: ¿de qué nos estamos riendo? Y acá, creo, viene el desperfecto.

De alguna manera, muy sintéticamente, el cine funciona (entre otras cosas) por la identificación. Pero nunca total, nunca cerrada, porque debe haber margen y lugar para el pequeño quiste, la cosa molesta, lo incómodo. Todo aquello que nos permitiría (además de sentirnos parte)  mirar el lugar que ocupamos dentro de un espectro social para hacer algún tipo de reflexión, algún avance, una mejora, un cambio, etc. ¿Es pedirle demasiado a la ficción? Puede ser: pero entonces solo podemos pensar en ella como una máquina de entretenimiento, igual que la televisión. Pero no la llamemos luego “arte”.

Con Relatos Salvajes, me animo a aventurar, ocurre lo indebido que es: la identificación estaría sucediendo de manera completa. Todos pasan por las historias diciendosé a sí mismos: yo casi estuve en ese lugar; yo podría ser ese; tengo un amigo que le pasó. Y navegan por el contenido de los relatos sin una mínima advertencia sobre por qué es que ante determinadas situaciones de la vida cotidiana (así lo expuso el director) tendemos a incluir una alta dosis de violencia como forma de resolución de un conflicto. Como si el efecto violento es algo latente en el ser humano (que lo es paradójicamente) que explota ante determinado abuso de lo que cree como justo o verdadero. Y entonces viene el punto más efectivo de la película, quizá lo que más me irrite al analizarla y que es una sentencia compartida: ¿a quién no le pasó? Identificación pura, directa, sin un mínimo ruido sobre el lugar que el espectador ocupa dentro de la sociedad (sí, vivimos en algo llamado comunidad que debería, cada tanto, aniquilar nuestro omnipotente “yo”).

¿Qué es lo que se pierde, lo que nos perdemos? (la advertencia es que todo hombre es un animal político, incluso aquel que se dice estar fuera: eso también es una postura política). Szifrón asesina tras el manto del humor la posibilidad de denunciar —por ejemplo— la increíble estafa del sistema de acarreo de autos; el funcionamiento disparejo de la justicia según el nivel de riqueza y poder; la diferencia de clase a partir de la posesión de objetos; e incluso: la monogamia. Es decir que la solución que el guión le encuentra (y perdón que la tenga con el relato de “Bombita“, es quizá el que mejor resume todo esto) al robo y la indefensa del usuario ante un sistema perverso de recaudación impositiva es… ATENCIÓN: poner una bomba. Y acá, paradójicamente, se nos baja el miembro.

Poner una bomba a la burocracia, a la desigualdad en el trato y la estafa termina por ser la solución infantil de un hecho que no quiere ser visto bajo la lógica política del poder donde el cambio de una situación requiere de: mínimos compromisos políticos; de nuestra participación; del involucramiento. La mirada que le otorga y le otorgamos al relato es la de reírnos para que nada cambie. Y no poner el ojo en la responsabilidad política del Estado, sino en el yo, en el vos, en el sujeto individual que cada tanto “pierde la chaveta” con justa razón y lleva los límites de la violencia al extremo. El golpe final de la identificación es: ¿y cómo no iba a terminar así ese pobre hombre? Es que está justificado. Y perdemos ahí la oportunidad de la crítica política del desencadenante.

¿Acaso no ocurre lo mismo con el “perejil” que termina siendo el jardinero? ¿Es la primera vez que sabemos que el poder y el dinero son capaces de ocultar un crimen? No, no es la primera. Pero entonces, en vez de ver y pensar sobre cómo se produce eso, nos reímos porque el jardinero no suelta el volante del auto porque es muy tonto para auto incriminarse. Nos reímos (y acá es donde Szifrón nos corre la mirada a hombrazos) del padre de la víctima que llega hasta la casa del acusado y le pega un terrible martillazo en la cabeza al jardinero como acto de justicia propia. Nos reímos del pelotudo del jardinero, de su final como un pelotudo. En vez de reírnos críticamente del papel de Oscar Martínez o el abogado. El guión no se la juega, no se embarra y eso para mí es de cagón. Porque las situaciones cotidianas están muy bien elegidas, pero ingenuamente resueltas.

Lamentablemente (porque estéticamente es hermosa, los actores son de un nivel increíble y la música es el dulce final), Relatos Salvajes queda atrapada en una mirada frívola que disfraza con el humor el peor de los actos violentos que es el de ocultar el origen de una desigualdad. Hay viene la mayor incomodidad: cuando la risa, ese acto tan revelador, es usada nada más que para liberar nuestro “yo” interior sin ver la complejidad social, que es aquello que sí dan —por ejemplo— los personajes de Capusotto.

Lo último es una jugada en la que me permito arriesgar. Y que tiene que ver con el grado de aceptación que ha tenido la película y que a veces nos invitar a aventurar una conclusión. Tras años de un nuevo ingreso de la política como hecho fundante de una sociedad, de la vuelta de la discusión, de la posibilidad de trastocar intereses profundos y tantos otros hechos renovadores que llegaron tras el 2001 (es decir, una mínima creencia de que la política servía para cambiar las cosas), parece venir ahora una atomización, un cansancio, un basta: ahora quiero volver a reír. Lo que más identificación genera es el hecho de que la película carece de todo tipo de entrecruzamiento político. Como si ese hartazgo que se percibe en cada almacén de barrio se canalizara a través de la risa, serena, sin inquietudes, sin cadena nacional. Una risa cómoda. Que no nos mueve la baldosa que nos transporta al trabajo. Una risa poderosa que nos dice: camine por aquí si no quiere sufrir. Una risa que es la de un sujeto muerto que está en el cine (y en la vida) de vacaciones.

Pero la política no es una prenda de vestir que nos podemos sacar. Está. Y la podemos dejar lejos o participar. Querido lector: de eso no podrá escapar.

Fragmento de La muerte del Señor Miyagi

Un tipo me dijo una vez: “pibe, tenés que hacer marketing“. Ustedes no saben con qué cara me lo dijo. Estaba poseído y supuse que con la misma voz era capaz de decirle a su esposa: “negra, poné la cacerola y hacé mostacholes“. Él tiene una editorial. Le contesté que lo iba a pensar, pero que por ahora disfrutaba del proceso de escribir. Pegó un portazo y me regaló un abrazo que llegó con dos palabras: “sos un gil“.

En fin, acá va un fragmento (capítulo cero y algunas páginas del capítulo uno) para descargar y leer en cualquier momento de la vida, porque esa es la bendición de las nuevas tecnologías. Cagamos leyendo. O quizá sea al reves: leemos cagando. Y no se por qué, pero quería terminar diciendo algo importante: Florencia Bonelli (?).

FRAGMENTO DE “LA MUERTE DEL SEÑOR MIYAGI” (en pdf).

Novela “La muerte del Señor Miyagi”

Se escribe porque se fantasea. Y una vez que la fantasía toma forma de libro, vienen otras. Las más delirantes. La creencia de que el libro circulará, será leído y recibirá comentarios por ello. Se descree del tiempo actual del mundo para sentir, tan pesadamente y a la vez hermosamente, que nuestra historia es una de las primeras escritas que se han escrito en la historia de la palabra. Y que los métodos de validación de un escritor, uno, en estas circunstancias, es capaz de pasárselos por las pelotas. Cuando las pelotas piquen, volveremos a la realidad. A la normalidad. Y nada será ni tan grave, ni tan desilusionante. 

TAPA:

No hay tiempo: esa es la terrible sentencia con la que cerramos una posibilidad. No hay tiempo. En realidad, ¿no hay tiempo para qué? Y esto es lo primero que tenía ganas de decir. No solo que hay tiempo para hacerlo, sino que además, podemos usarlo para volver a contarnos la vida de la forma que más se asemeje a la calidez de un abrazo matutino. Mirarte. Mirar lo que ha pasado. El alrededor. Los detalles. Una palabra. Ese barrilete -diseñado artesanalmente- como el único recuerdo de un juego infantil. Pocas cosas alcanzan y son suficientes para tomarlas, meterlas en una licuadora, y crear una ficción que sea capaz de traer la risa al presente.

(Primer paréntesis). Una vez me diagnosticaron que transportaba junto a mi cuerpo un exceso de fantasías. Quizá esto no era lo problemático, sino que la incomodidad y el síntoma permanente venían por la incapacidad de tomar una de ellas y hacer algo lúdico, creativo. En definitiva: jugar con esa fantasía. La niebla nunca se disipaba. Realidad y fantasía eran lo mismo. Gran error. ¿Por qué? Porque en general, las fantasías no están para cumplirse. Solo son la mejor zanahoria que nos han puesto por delante. Podés perseguir eso, o perseguir el puesto de Team Leader del área de Supply Chain de una multinacional. Ambas son igualmente truncas. Pero seguramente conlleven distinto sabor.

Lo segundo que quise hacer fue un desahogo. Durante casi dos años, escribía como una forma de frenar el llanto. Puedo asegurarles que cuando la angustia llegaba a un límite tal de confusión en el que era posible tirarse por una ventana, el teclado y cada una de sus letras funcionaban como el mejor gimnasio de tu barrio. Teclear era la forma de pisar suelo firme. Cuando pude finalmente correrme de toda esa vorágine, releí mucho de lo que había escrito (muchas veces con los ojos cerrados). Y una palabra, a veces con sinónimos, se reiteraba, sin desear ocultarte: padre, viejo o papá. Así que, lo segundo que quise decir fue una historia sobre la paternidad. En una década (los noventa), donde descubrí que muchos de los padres de mis amigos se habían ido. No de sus casas, sino de la responsabilidad. Los padres seguían ahí, tirados en un sillón viendo los mejores culos del país.

(Segundo paréntesis). Dije “bueno, vamos a jugar una de esas tantas fantasías“. Escritor. ¿No podías buscar una menos pretenciosa? Ojalá. Supe que una de las pocas cosas que me salían cuando volví a caminar nuevamente era escribir. No tenía demasiadas alternativas. Ojo, también me gustaba la jardinería. Y abrí una plantilla de Word, en A4 y con márgenes que todavía no se parecían a los de un libro. También hice otra cosa. Algo que luego comprendí como un mecanismo de supervivencia: le mandé un mail a un amigo. “Vamos a escribir una saga y necesito que cada capítulo que te mande, vos le sumes tu mirada“.

Lo tercero que quise decir fue una etapa: final de la infancia, comienzo de la adolescencia. Todo esa combustión que define toda nuestra existencia posterior (¿no me creés? ¿Acaso lo que estás haciendo ahora no tiene un recuerdo infantil?), mezclada con una coyuntura. Con una forma de ser. De mirarse los unos a los otros. De gastarse bromas. De irnos del país. De ir soltando las manos para abrazar una pantalla. O un discman. O todo lo que Sprayette tuviese para vendernos. Lo que finalmente quise decir es que ser un niño que está entrando (y finalmente atraviesa) a la adolescencia después del ´95 fue una experiencia que nos predispuso a una expectativa: comernos el mundo. Nos convertimos en valientes. En desafiantes. En autosuficientes. El mundo era una selva y nosotros fuimos los mejores leones.

(Tercer paréntesis). Mi amigo se tomó la propuesta como el mejor de los amigos: algo no tan serio. Yo escribía y escribía, mandaba el mail esperanzado, y sus palabras llegaban escuetas. Pero claro, cada capítulo hablaba más de él, y mucho menos de mi padre. Como si una figura había reemplazado a la otra. Me metí con su familia, con su historia, y esto (lo digo ahora) espero que no le haya abierto el corazón. No todos, y esto hay que saberlo, tienen ganas de volver a contarse su vida. Su primera respuesta fue genial y tuvo algunos comentarios precisos: “Acordate que los rulos recién me los dejé en el 2002 para parecerme a Elijah Hood“; “estaría bueno adicionarle un apellido al personaje del gordo, por ejemplo, Camarasa (que actualmente es un próspero comerciante de cloro, con un romance siempre sospechado pero nunca confirmado con su empleada)”.

Así que lo cuarto que quise decir fue una teoría. ¿Qué pasó con todos los sujetos que atravesamos esos tiempos? Algo pasó, al menos, que pueda animarme a generalizar y aventurar. En cada rincón de una ciudad enferma y violenta, pero a la vez encantadora como todo perverso, comencé a escuchar un comentario que se repetía. Cada conocido, cada amigo de amigo, sufría de algo que se nombraba de a poco: ansiedad. Y no solo eso, venía acompañado de un ataque. El del pánico. Y lo que todos explicaban como síntoma era la sensación de que se estaban por morir. El mundo, amigos, había dejado de ser ese que ya estaba conquistado. Ahora había temores, dudas, rechazos, inseguridades. Se producía una reelaboración original del individualismo: había que refugiarse en casa, porque afuera no podíamos respirar. Nadie era capaz de tomar tus hombros (si era en plena crisis, mejor) y pegarte una buena sacudida para sentir que el Otro no era un peligro. Ser fraternales, le dicen por ahí.

(Cuarto y último paréntesis). Mi historia dejó de ser mía y se convirtió en la historia de dos. En la ficción de una amistad capaz de permitirte la supervivencia en una selva. Los capítulos comenzaron a tener un “Lado A” y un “Lado B“. Y a partir de ahí, todo lo demás fue la mejor historia que nos pudimos contar. Después de seis años, la novela se publicó.

La muerte del Señor Miyagi” es la forma que encontré para darnos una oportunidad.

CONTRATAPA:

Naranja jugo

Extraño esa época donde todo era llanto. Y siempre había palabras. Algunas de ellas eran bravas, efectivas, plausibles de ser acusadas de gatillo fácil. Los ojos humedecidos, la identidad se disuelve y no hay nada. El cuerpo ha sido barrido por una escoba. Floto. Lo más pesado resulta la servilleta de papel con la que me seco la cara.

¿Dónde estás llanto? ¿En qué rincón de este cuerpo extraño te has escondido? Le dediqué cada una de las lágrimas a todo lo que hemos creado en este mundo. Incluso al cartero, que toca timbre y no llego a abrirle. Lo veo marchar y siento que me abandona. Se lleva lo que había para mí.

Me exprimí con deseo. Con pasión. Con la intensidad que podríamos dedicarle a una naranja, si alguien nos asegura que es la mejor naranja jugo del mundo. Estoy seco. Todo se concentra ahora en una palabra maldita, fea, como es el enojo. Nada se expulsa, todo parece retenido. Me sube la temperatura. ¿Será una extraña forma de menopausia masculina? ¿Así se crece?

Me duelen los ojos. Ojalá algún día vuelva a llorar.