¡Ponete a laburar!

Esta nota habla de la protesta como forma de reclamo, aunque el título refiera a un Jefe de Gobierno. Los acontecimientos del Parque Indoamericano desde una mirada reflexiva.

Dicen que el carácter empieza a formarse en edades tempranas.

Tener un hijo vagoes uno de los mayores miedos que afrontan los padres. Y eso los lleva a ser exigentes y no dejar que los hijos transiten su propio camino. Para otros, la vaguedad es una instancia de creación. Como el ocio. Por eso algunos disfrutan de llevar un estilo de vida que no esté controlado por la necesidad de obtener dinero permanente. Otros, como yo, quisiéramos arriesgarlo todo, pero la sola posibilidad de pasar hambre por un día nos aterra. Y el resto, directamente nunca piensa en arriesgar nada. Las tres alternativas, igualmente, no dejan de ser idealizaciones.

La primera forma de protesta aparece en edades prematuras a través del llanto. Ese acto refleja la presencia de una molestia que rápidamente es atendida por la madre. El llanto da visibilidad, pone de manifiesto el malestar. Sin llanto, no habría queja, ni resolución a la incomodidad. Ya un poco más grandes, protestamos de maneras un tanto más diversas. Es decir, contamos con más recursos para hacerlo: no dirigirles la palabra a nuestros padres; encerrarnos en el cuarto; desaparecer por un par de días; no devolver el vuelto de los mandados; no pasar los mensajes de los llamados. Cualquiera sea el mecanismo, todos tienen el mismo objetivo: hacer visible una protesta para luego obtener una satisfacción.

Vamos avanzando y ya comprendemos que la única vía de resolución para un problema es manifestarlo abiertamente como tal. Aprendemos que cuanto más quilombero sea el reclamo, mejor. Más posibilidades de ganar. Por eso, si uno no irrumpe en la cotidianidad de la rutina, todo sigue como si nada. No existe la posibilidad de que un reclamo sea atendido. Crecimos así, y no sólo eso, esto ES ASÍ. Por ende, vamos a la primera conclusión de la nota: si uno quiere cambiar algo que percibe como problemático, tiene que gritar, hacerse notar, molestar a un tercero.

Acá metemos el primer freno. Lo que para uno es problemático, quizás para el otro no lo sea. Entonces, no todas las formas de reclamo son válidas. La dimensión y validez de un conflicto lo negocian los actores intervinientes. Es decir, yo puedo sentir que mi viejo se está guardando un billete de más. Puedo plantear mi queja de manera visible. Él puede decirme que tiene varias “piernas” a las cuales mantener y que yo no soy su prioridad. Perfecto. Toma la decisión. Y la ejecuta. Y elige. Pero nunca podrá decir que para tomar la decisión de usar su plata en mujeres esporádicas yo tenga que resignar al acto de quejarme. Ésta quedará invalidada y sin sentido cuando él tome esa decisión y me la comunique. No antes. Yo podré seguir quejándome pero no encontraré en esa metodología una resolución. Puedo redoblar la apuesta, excederme, llamar barrabravas, pero si soy práctico, tendré que saber que por ese canal mi insatisfacción seguirá sin ser atendida.

Seguido, puede (o debería) venir el acto de negociación. Y aparece porque la protesta, como acto visible que requiere de la atención del otro, perdió sentido. Quedó clausurada con la respuesta: “prefiero usarla en mujeres esporádicas”. Así, dejo de recurrir a la necesidad de mostrar mi malestar ante un público que observa y opina, y me recluyo en el acto privado de la negociación. “Viejo, nos vemos en un after office porque tenemos que hablar”. No hay cámaras, no hay testigos y la prensa se entera después. Solo estamos él y yo. Y lo encaro: “No te parece que al ser tu hijo, soy prioridad”. Como es un hombre poco emocional, me dirá que no. Pero tendrá una propuesta alternativa que me seducirá: “Todos los viernes te dejo una chica paga”. De esta manera, desvía el punto de conflicto mediante una satisfacción de otra índole. Si bien intento explicarle que aborrezco la prostitución y que reduce a la mujer a una condición denigrante, parece que es lo mejor que puedo conseguir.

En este relato, las cosas funcionaron más o menos como deberían funcionar en la política, que es el arte de la negociación. En el inicio del conflicto hay que reconocer que mi viejo nunca me acusó de inmigrante, no dijo que las putas no se negocian, no se quejó de que no tiene fondos por falta de pago de la cuota alimentaria, no me rechazó el after office para negociar, ni tampoco dijo que no tenía plata, sino que prefería gastarla en “piernas”. Fue sincero.

Por estas razones y por la necedad de funcionarios que se dicen no venir de la política, tenemos que continuar reflexionando sobre el sentido de la protesta. Es un derecho. Pero cuando una de ellas transcurre discursivamente por los medios, automáticamente nos convertimos en detractores del reclamo.

MITOS Y VERDADES
(la nota es extensa y podés dejarla acá, pero no seas fiaca, falta poquito):

La única forma de obtener una solución ante una problemática es mediante la visibilidad del conflicto. ¿Cómo se logra? Irrumpiendo en el espacio público. Porque allí acuden los medios, actores fundamentales en la diagramación de una protesta. Esto es así. Perverso. Y dudo que cambie. Pero no invalida el derecho a protestar.

“El espacio público no se negocia”es una frase sin sentido y sólo tiene un tinte electoralista. El espacio público se manipula y utiliza durante el tiempo que dure la protesta necesitada de visibilidad.

Los inmigrantes (fea palabra porque me parece una pelotudez cuando el mundo es único, hasta el momento), hacen todas las tareas que los argentinos no queremos hacer. Lo mismo sucede con todos los jóvenes que se van a hacer la América lavando copas en un bar o siendo instructor de esquí.

Publicado en CosadeSerranos.com.ar

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