16) Recuerdos de la infancia: NAVIDAD

Llegué con la furia contenida por la pesadez del calor y el estado del transporte público, aunque tenía ganas de hablar de otra cosa. Quería decirte que cada enfrentamiento es una instancia de superación de la muerte. En realidad, cada acontecimiento me enfrenta a la posibilidad de morirme. No como algo real, sino solamente como algo sintomático. Y entonces, el deseo de resolución de una dificultad se presenta como un triunfo sobre la muerte. Corro contra reloj creyendo que así voy a evitar lo inevitable. De ahí que no paro de hacer cosas…

Al igual que el año pasado, la sesión inmediatamente anterior a la navidad concluyó en un llanto. Dije al principio que me la pasé media hora tratando de hilvanar sensaciones y descontentos, supongo, para evitar hablar de la navidad como acontecimiento que me devuelve a mi infancia. Hasta que él, astuto, preguntó:

– Y, ¿tenés ganas de pasar la navidad en familia?

– No.

– ¿Por?

Y antes de que pudiera construir una frase, la voz empezó a resquebrajarse. Trataba de lanzar argumentos, pero ninguno parecía encajar. Ninguno lograba convencerme. Mientras, las lágrimas empezaban a salir.

La cuestión parece más sencilla de lo que quise plantearle: estoy en un momento de resignificación de muchas cosas, y la navidad, por más burguesa que sea, no le escapa a mi estado. Si bien no fue tan malo como creía, sigo afrontando dichos eventos en un estado de alerta permanente que me hace disfrutar, sufrir, observar y pensar en proporciones similares. También, hay ciertos condimentos que agregan al momento de hacer una balance de “la navidad”. 

Se percibe ciertos momentos de dolor y tristeza. Alguna que otra miseria. Discusiones sobre cosas que no se resolvieron. Enojos por situaciones intrascendentes. Cuestiones que se omiten. Verdades que se ocultan. Encuentros forzados con tal de no estar solos. No veo en las fiestas, por lo menos en las que me toca vivir, un clima de pura honestidad que haría del compartir una situación más real y placentera. En el fondo, me está costando ser y sentirme diferente, no pensar como el otro y que eso no resulte en un deseo de escupirlo, con buena onda. Rescato el interés que tuve este año de hacer regalos, sabiendo que eso significaba hacer de goma la tarjeta de crédito. Cada uno lo hice con amor e incluí en cada uno de ellos un mensaje de lo que sentía. El más gratificante fue hacia mi hermano (hijo de la pareja de mi viejo), a quién en la dedicatoria del libro justamente lo llamaba hermano por primera vez. Le regalé uno de los primeros libros que leí: “Recuerdos de la muerte” de Miguel Bonasso. Un libro que me devoré en tres días. Me lo habían prestado, y esta navidad, mi hermano de sangre me lo regaló a mí. Es decir, Bonasso dijo dos veces presente. Fue algo curioso…Al rato, mi hermano de corazón, ya emocionado por lo que le había escrito en la dedicatoria, nos anunciaba que iba a ser papá por primera vez. Terminé hecho pelota, para bien.

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