19) Sequía eterna

Hablamos de diferentes cosas. Creo que es una conclusión a la que puedo y debo aferrarme en estos tiempos. “La vida es eso que pasa mientras estoy viendo qué me pasa”. Así sería mi reelaboración de la frase de John Lennon.

En muchas oportunidades, lo que hay es un miedo a no ser como el resto. A sentir que el paso siguiente a la desconexión social es la locura. Pero quizás, y a partir de lecturas sueltas, es mucho más tentadora la idea de que prefiero estar ocupándome de otras cosas. Mientras mi generación, esa que va de los 24 a los 28, está pensando en el crecimiento profesional dentro de una hermosa y elegante multinacional, en defender a capa y espada la idea de que “todavía tengo que joder un tiempo más antes del compromiso”, en sus problemas inherentes a cualquier actividad laboral como hechos catastróficos, yo (YO) no logro conectar con ello y siento que todo me parece una reverenda pelotudez. Este no es el objetivo de la terapia, pero en parte podríamos sostener que es una actitud un tanto más sana. Pero en el fondo, lo que quiero decir, es que no puedo sostener discusiones sobre el sentido de las cosas. Y en gran parte porque el sentido que yo le había atribuido hasta el momento a las cosas (entiendase “cosas” a por qué cornos estamos acá) se ha pulverizado. Y entonces, cuando alguien me pregunta: “Y, ¿cómo estás con el trabajo?”. Yo le respondo: “No sé, ni me importa”. Cuestión que me lleva a no entablar contactos de más de 5 ó 6 minutos. La mayor de las veces, esa pregunta, es una pregunta que me trasladan para que yo la devuelva.

Sin ser tan antipático, a veces devuelvo con toda cordialidad: “¿Y vos?”. Y antes de que me respondan, algo en mí activa el piloto automático, y ya no percibo nada de lo que dicen. Porque en el fondo (nuevamente todo queda en el fondo), sé como es la respuesta. Una respuesta totalmente diferente a la que siento en mi interior: “no sé ni para que discutimos el crecimiento profesional, el trabajo sólo me da plata para poder hacer cosas que me gustan, mi intención es gastar mis energías en las inquietudes que me mueven, la comodidad es algo que no encaja en mi ser, y además, me gusta estar acompañado y por eso siento que los afectos y las relaciones son lo más importante y quiero con ellos hablar de estos temas dolorosos, tener un contacto genuino”. Pero a esto último, la mayoría, le tiene miedo. O lo desconoce como fuerza motora en su interior. Como mi papá. Que ya tiene 63 años.

Six feet under. Primer capítulo. El dvd tenía polvo porque hacía tiempo que no lo usaba. Le doy al “play” y enseguida, un colectivo se lleva por delante un coche fúnebre. El padre, que en cualquier serie o película sería uno de los protagonistas principales, muere. A partir de ahora, los capítulos avanzan en los sentimientos de los 3 hijos y cómo ellos han sido afectados en sus vidas por la relación que construyeron con él durante ese tiempo.

La imagen del padre. Dos días después, me atrevo a tomar una siesta a las 19hs. Lo hice sabiendo que el despertar es un tanto angustioso. Todavía es de noche y uno se siente desorientado. A los pocos minutos, lloraba con furia. Y me largué a escribir para ver qué había. Hoy, finalmente, vi a mi viejo. Y como tantas veces, quise volver a chocar contra la pared.

Fuimos a un “after office”. Dice que le gustan más que almorzar. Cuando quedamos en vernos a partir de que le digo que lo necesito, el encuentro siempre es tenso. Hay un aire de “mejor que nadie pregunte nada”. Falta compromiso. Un saludo frío. Una pregunta de pocas palabras, una respuesta de pocas palabras. Hasta que:

– Y, ¿cómo anda ese ánimo?

Es la decimocuarta vez (y ese es el problema, que yo sienta el deseo de querer una y otra vez explicarle) que trato de darle a entender con palabras muy sencillas algo de lo que me puede estar pasando. Pero no lo entiende, sino, su primera pregunta no iría hacia el lado del ánimo. Esto no tiene que ver con el ánimo, sino con el dolor.

– Igual.

Seguimos caminando. Le pongo la mano sobre su hombro para sentirlo más cerca. Sé que quiere, sé que se preocupa, pero no le sale. Y ahí soy duro con él. Nos sentamos en unas mesas mientras las mujeres pasean con sus polleras cortas. La mayoría sale de las oficinas. Y muchas de ellas ocupan cargos importantes. Supongo. Cuando llega mi coca cola, quiero contarle del trabajo. Puterío. Pero no me da bola, ya me creyó antes cuando le dije que el laburo no me importaba. Evidentemente me hace caso. Demasiado. Lo miro. Lo veo despersonalizado.

– Cuando yo te llamo y te digo que quiero verte, que a veces tengo la sensación de haber sido abandonado es porque lo siento así.

– Entiendo tu punto de vista, pero yo no lo comparto.

– Pero no estoy cargándote responsabilidades, es lo que me pasa. Crecí arreglándomelas solo.

– Ah sí, y cuando nos tirábamos en los colchones con tu hermano a jugar. Yo estuve. Por eso no comparto que hayas sido abandonado, que no estuve.

Del lado de él, debe ser duro recibir esa manifestación por parte de tu hijo. A veces no me doy cuenta y voy a fondo. Como si quisiera provocarle dolor. Que llore conmigo. Y después me da culpa, porque veo en él un dolor que nunca quiso expresar.

– Yo también la pasé feo. Y lloré mucho.

– ¿Y por qué no lo hacés conmigo?

Me mira.

– Mi vieja quiso que yo fracasara. Quería que me fuera mal en la Universidad para que me quedara con ella. Mi viejo si me alentó a que estudiara.

– Pero ella te lo dijo de corazón. No de hija de puta.

– Las cosas que los padres dicen de corazón son las que peor hacen a los hijos, a veces.

Ahí caigo en la cuenta de que estamos en dos canales diferentes. Yo sigo en canal de aire y él hace rato que paga el cable. Secó todas las lágrimas que debería haber derramado. Y ese dolor, creo, imposibilitó que nos conectáramos de otra manera.

– Creo que parte de mi dolor se va a ir cuando sea padre.

– Me preocupa que digas eso, porque significa que te vas a aferrar a ellos y les vas a hacer mal.

No hay caso. Estoy confundido y ya no puedo escribir. Sus respuestas me marean. Le hablo de amor, de padre e hijo y no es capaz de levantarse y fundirnos en un abrazo. Sigo necesitando eso y creo nunca podré dejar de reclamárselo. Preferí escribir esto ante la advertencia que leí hace unos minutos: “Cuando escribía esto, y ahora cuando lo releo, me da una tristeza enorme. Y no es porque Roberto Casciari se haya muerto. Yo sentía la misma tristeza cuando mi padre estaba vivo” – Hernán Casciari (Revista Orsai Nº 1). En esa revista, esta frase es un anticipo del relato de Juan Villoro sobre su relación con su padre. No me animé a leerla….

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