20) Manifiesto

Y bue…
Ayer me quedé pensando. A la noche volví y entre una serie de televisión que estoy viendo donde los hijos (ya adultos) ven que hacen ahora que su papá ya no está y un texto donde el autor habla de su identidad a partir de lo que es su padre, una sensación me quedó dando vueltas en relación a lo que charlamos. A veces, creo, me salen mejor las palabras escritas.

 
Por un lado, estoy encantado por tener la posibilidad y la sensibilidad de mirarme hacia dentro e ir descubriendo cosas nuevas. En ese proceso, a veces con dolor, a veces con tristeza y otras veces con risas, voy resignificando ciertos hechos. Pero antes de ir a lo que te quiero contar, me quedé pensando en la violencia con la que puedo estar hablándote. Después de mis palabras, la mayoría de ellas rondeando en base a la idea de lo mucho que me hiciste falta y que ahora retorna ante cada nueva responsabilidad que debo afrontar, me puse en tu lugar. Traté de pensar por qué ante mis palabras vos tenías respuestas defensivas. Y me di cuenta que lo que yo puedo estar planteándote como necesidad actual, pueda ser para vos también un acto de dolor. Seguí pensando en el dolor que un hijo puede provocar a su papá con palabras tan simples como las que yo pude decir. Y ahora entiendo que debe ser muy doloroso que tu hijo te diga: “me sentí abandonado”.
 
Pensando en ello es que tenía ganas de escribirte. Porque también me quedó dando vueltas un frase tuya de dolor en relación a tu mamá y lo que te pudo haber dicho. Por esas sensaciones, tengo ganas de volver a decirte lo que siento, pero desde otro lugar. Para que lo guardes y lo leas tantas veces tengas ganas, porque en el fondo, son palabras de lo mucho que te quiero. Yo no fui abandonado literalmente, sino que en muchas situaciones de mi infancia, me decidí a enfrentarlas solo. Como guapo. Como alguien que se come el mundo. En este sentido, no es una novedad lo que te escribo. No hace falta más que juntarnos un domingo en familia y que salgan a la luz los recuerdos sobre cómo era lucas. Esas anécdotas, me dan risa. Y dolor al mismo tiempo. Veo ahí al chico que se enfrentaba contra todos porque así había crecido. Tenía que ser fuerte para atravesar lo que pasaba. La separación no vivida, la ida a Buenos Aires, familias nuevas que se armaban, cambios de colegios. En fin, esa estructura es la que hace un tiempo se rompió. Lo hizo para bien. Para hacerme de otra madera. Una madera más maleable. Y más intensa.
 
Este momento, me pasa a veces, necesito compartirlo. No alcanza con la terapia. Y a mi me parece bien que no alcance. Porque si bien las veces que lo hemos charlado me vuelvo a casa con más dolor por haber chocado nuevamente contra una pared, en algún punto, quiero una relación más abierta y sincera. Más apegada. Compartiendo cosas en común. Hablando de la vida, de lo que sentimos. Pero acá es donde meto un freno. Y es lo que me quedé pensando: no sé si vos tenés ganas de coquetear con el “dolor”. Digo dolor porque quizás lo sientas así, aunque para mi sea una instancia que nos lleve a una afinidad mayor. Cuando mencionaste lo de tu vieja, pensé que quebrabas. Vi dolor contenido. Y realmente insisto: quizás no tengas ganas de experimentarlo. Y lo entiendo muy bien. Pero a mi me gustaría que te abras. Que lo dejes salir. Que si tenés ganas de contarmelo, lo hagas. Porque para eso quiero estar. Quiero saber qué siente y qué piensa mi viejo con respecto a los sentimientos, a sus sentimientos. Siempre te sentí rígido.
 
Para mí, fue tremendamente gratificante cuando fuimos juntos al Malba. Compartir tus deseos e intereses. Descubrir lo que te apasionó. Tus inquietudes. Conocer más de vos va a significar conocer más de mí. Y en el medio, de ese hermoso plan, apareció esa figura que es la que no comprendo y de la que te hablo. “Vos nunca me preguntaste nada”, fue tu respuesta cuando te pregunté por qué no me habías contado sobre la fotografía y el cine. Y yo pensé que era al revés, que los padres les cuentan a sus hijos. Y ahí ví el abandono. Insisto: no literal, sino emocional. De lo que nos faltó hablar. De lo que nos faltó intercambiar. Pero siento y por eso lo escribo, que no sé cuántas ganas tengas de hacerlo. En el fondo, yo pienso, que es por miedo. Mostré mi interés por tus intereses y te pedí que me buscaras tus experimentos. Pero eso se esfumó. Y entonces, ayer, volvimos a hablar de boludeces como mi trabajo, no?
 
Viejo, no te estoy reclamando nada. Solo estoy buscando mis emociones en tus emociones. Y quiero hacerlo por lo que te quiero. Quedate con eso. Y no con la idea de que mis manifestaciones son reclamos, culpa de la terapia que pretende que yo busque responsables. Todo lo contrario, solamente busco más afecto. Te quiero mucho como para crecer teniendo que resignar a emocionarnos juntos, y llorar si es necesario. Quiero aprovecharte por todo lo que no pude y no supe aprovecharte.

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