21) Aprender a decir chau

- ¿Cuánto es posible llorar?

Dependerá del tiempo que te hayas guardado las lágrimas.

El llanto no merece una explicación. Es decir, está ahí para decir algo más. Algo que no se ha dicho. Algo que no se ha vivido como tal. Mi sobrino, que apenas tiene 6 meses, llora cuando reclama o tiene algún malestar. El llanto en sí no significa algo en particular, por ejemplo un trauma experimentado durante su salida del útero. El llanto es la identificación con la madre. Su llamado.

Tengo ganas de putear. Hay bronca. Bronca de saber que aun me sigo comportando como un chico. Desde muy temprano, no tuve espacios, ni lugares para gritar y decir lo que me pasaba. Hubo que esperar algún ordenamiento cósmico para que la angustia fuera tan fuerte y reconocible como para que me frenara a pensar: qué había pasado. Una separación que nunca viví como tal por haber sido tan pequeño. Para muchos, esto es un detalle más en sus vidas. En mi caso se ha convertido en la imagen que vuelve todo el tiempo: nunca ví a mis viejos juntos. Pero por sobre todas las cosas, mi madre siempre ha sido la voz de la explicación. El por qué de la fiebre. Por qué nos morimos. Hacia dónde vamos. Qué hago si tengo miedo. Es verdad que el cuco no vive debajo de mi cama, etc.

Para poder crecer, tuve y todavía estoy en eso, que romper la relación tan afectiva que tenía con mi vieja. Ahí es donde me muero, donde siento que el síntoma es el final. Porque ella ya no está para explicarme o no debería estar. Las nuevas significaciones se van dando paulatinamente. Nuevos actores van ofreciéndote respuestas diferentes. Pero no las tomé. Y vinieron todas de golpe. Cuando miré para atrás y entendí esto, quedé al borde de un precipicio.

No puedo correrme de ese lugar. Porque con mis viejos hay un afecto que no quiero perder. Pero ese afecto sigue pasando por la idea de que me traten como a un chico. Porque evidentemente no lo hicieron como tal. Siempre fui el maduro. El adulto. El que sabía nuevas cosas y le preguntaban. Y me fui cargando una mochila bastante pesada. Me ubiqué en un rol que no me correspondía. Y me tuve que hacer grande para soportar una mudanza que me marcó: a los 8 años venir a vivir a Buenos Aires, para volverme a mi ciudad a los diez. Viajar fin de semana de por medio, en micro, solos con mi hermano, para poder ver a mi viejo. La sensación de angustia que experimentaba los domingos a las 17hs, cuando salía el micro de vuelta, era fatídica. No sé dónde ubicar a mis viejos y dónde ubicarme yo.

Hoy me dijiste que ibas a ir a ver un celular para tu mamá.

Llegué a las 15hs. Fui al hospital. Y ahora me voy a jugar al tenis. No tuve tiempo.

Siempre lo tuyo es prioridad. Me lo habías prometido. Elegís lo tuyo primero.

Y sí. ¿Por qué no le decís a Diego (mi hermano) para que vaya?

Porque vos sos el que sabe de teléfonos.

Tampoco es tan difícil aprender. Me cansé de ser siempre el que sabía. Ahora no sé. Que se ocupe otro.

Esta escena se ha repetido mucho. A diferencia de otras veces, respondí. No sin dolor. Porque uno comprende que los padres no dimensionan el dolor. Ni es necesario que lo hagan. Es una lucha perdida que se debe desistir al ingresar por primera vez a un espacio de terapia. Uno busca comprenderse a si mismo, no que te comprendan tus padres. En este último diálogo, mi madre me puteó. Porque sabe también que estamos rompiendo eso que necesito romper. Y a ella también le debe costar dejarme ir…    

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