23) Como pesan las cosas

Hasta no hace mucho tenía cierta debilidad por el llanto. Lo disfrutaba. Porque su final venía acompañado de una sensación de descarga. Como si algo hubiese recorrido mi sistema nervioso y se hubiese ido. Esa hermosa tranquilidad que sigue a una tormenta que acaba de terminar. Está nublado, sí, pero el aroma es fresco. Hay silencio. Y uno siente como circula la sangre, como llega hasta la punta de los dedos.

Pero últimamente, el llanto es puro amague. Se seca muy rápido. Y no logro desatar esa especie de nudo que está en mi estomago. Necesito una descarga. Intensa. Duradera. Que me oxigene el cuerpo. La vida, en terminos generales, se está apoyando sobre mis hombros. Las responsabilidades son para mí una carga demasiado pesada. Aun quiero seguir jugando en joda. Como cuando se juega de chico. Sin pensar en mañana. Sin culpa. Sin cuidarse.

Hay un estado mental al cual no puedo llegar. Un avanzar en el día despreocupado por lo que se debe hacer. Despertar y disfrutar el desayuno sin pensar en el horario. Sin calcular mentalmente si voy a llegar tarde al trabajo o no. Cuántos minutos dedicarle a la ducha. Planificar. Quiero dejar de planificar. Pero cómo hacer para cumplir con lo que elijo hacer. Porque soy yo el que se compromete a los desafíos. Al que le gusta la adrenalina de la exigencia. El que no desaprovecha oportunidades. Voy hasta el final para cumplir con todo. No quiero dejar pasar nada. Y ahí, la pregunta: “¿aprender a decir que no o seguir hasta el fondo?”. Ambas preguntas tienen sus respectivas consecuencias sobre mi modo de ser. Aprender a decir que no puede ser una solución parcial. Pero en el fondo, como me ha pasado siempre, me angustiaré por lo que se pierde en cada decisión. Y seguir hasta el fondo va a significar ahondar en la cuestión fundamental: me muevo por la vida para que todo el mundo me quiera. “El bueno de luquitas”, como me dijo él. En cada (tipeé “casa”) intercambio social, donde se pone en juego una evaluación sobre mi persona, yo busco cumplir. No sólo por el placer de que te reconozcan, sino más importante aun, para lograr que esa persona me quiera. ¿Por qué?

Supongo que llegó la hora de convencerme que no me han querido mucho de chico. No es que no hayan querido hacerlo, evidentemente no ha alcanzado. Y en cada jefe, en cada evaluador, en cada amigo, en mi pareja, en cada uno de ellos, hay, constantemente, una pelea por no perder su amor. Y ese amor se tiene que sustentar en las perfeccción. Y en la sensación de que para ellos soy una persona maravillosa. Pero no lo soy. Quiero dejar de pensar que lo soy. Quiero fallar. Quiero perder. Quiero dejar de sentir sobre mi cuerpo la mirada de cada uno de ellos.

Puta. Pensé que al escribirlo iba a poder sacar algunas lágrimas. No hay caso (tipeé por segunda vez “casa”). Se han secado. Generalmente, al escribir, seguía llorando. 

¿Eso es bueno?

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