24) Bienvenido Otoño

Ahora sí se destapó. Pero todavía no puedo parar.

El escribir es una actividad que le da un cauce a esa furia irrefrenable que acontece cuando las lágrimas deciden volver a actuar. Qué cosas extrañas se entremezclan y tejen en la historia personal de cada uno. Me pregunto por qué justo hoy la olla se destapa y me paso varios minutos encerrado en el baño. Maldiciendo. Extrañando. Reclamando.

Que rol tan evidente parece jugar la figura del padre. Ese hombre que te protege de la adversidad de un mundo violento. Pero que a la vez desarrolla tu capacidad para hacerle frente. Pagando costos. Dejando cosas en el camino. Pero levantando ladrillos que después te permitirán tomar ciertas obligaciones. Parece un cuento repetido. Historia trágica de hijos de padres separados. Algo tan común hoy. Pero real. Por lo menos en mi caso. Tengo que creer en esta sucesión de hechos para darle una lógica al goteo que sale mis ojos.

¿Qué te costaba?

Corrí desesperadamente. Tomé clases. Pateaba contra la pared. Vi, que al no estar, la forma de encontrarnos y conectarnos era a través del fútbol. Quise ser el mejor. Jugar en grandes equipos. Meter muchos goles. Sentía que si era el mejor íbamos a estar mucho más tiempo juntos. Cada gol, sea en una cancha de baby o ya en el fútbol once, era un abrazo al corazón. Una caricia que nos unía ante tanta desconexión.

Una sola vez en mi vida me echaron de una cancha. Por putear. Y salí llorando. Lloré, supongo, porque ese día no ibas a poder verme jugar. Estaba en falta, te había fallado.

Escribo a cuenta gotas, al igual que nuestra relación. Tengo un amor profundo por vos. Porque te necesito como nunca (o como siempre). Porque el mundo se vuelve hostil a medida que uno crece. Y vos no me explicaste eso de chico. No me dijiste que iba a estar lleno de contradicciones. Que me iban a doler las injusticias. Que me iba a angustiar cuando algo me disgustara. Cuando algo me parecía incorrecto y no podía plantearlo. Me cuesta hacerme hombre porque no me has dado ninguna advertencia.

Hoy lloro porque trato de meter en mi memoria, en mis recuerdos, sensaciones que hubiese querido sentir. Sacrificios que me hubiese gustado ver y comprender unos años más tarde. 

Te vi muy poco viejo. Te extraño como nunca extrañé nada en el mundo. Y sin embargo, todavía te tengo ahí. Al alcance de mi mano. Pero como soy yo el que tiene que hacer los esfuerzos por verte, me da bronca. Necesito quejarme por otro lado. Porque quiero que ese amor que te tengo esté completo en recuerdos. Sigo creyendo que un domingo vas a pasarme a buscar para ir a pescar. Aun sabiendo que ninguno de los dos tiene la más puta idea de cómo se pesca.

Viniste a cenar a mi casa. Te cociné. Te cuidé. Te abracé. Y en un momento me sentí extraño. Quise estar en tu lugar y que vos estuvieses en el mío. Cuidándome. No sé cómo hacer para estar con vos y no extrañar y no pensar en todo lo que nos perdimos. En lo que podríamos haber hecho.

Te bajé a abrir y cuando estaba cerrando con llaves, me frené a mirarte. Fueron unos pocos segundos. Te vi salir tranquilo. De noche. Solo. Desprotegido. Te cerré la puerta viejo. En la cara. Quise abrazarte. Decirte una vez más que te quiero. No te vayas. Quedate. Fue una imagen terriblemente profunda. Y breve al mismo tiempo. Creo que el verte ir fue lo más doloroso. Como si no fuera la primera vez que hubiese pasado. Como si en ese segundo se hubieran unido muchos acontecimientos. Todos juntos. Como el estallido de una bomba. La puerta del edificio nos dividió. Una vez más.

Por qué mierda no salí a correrte y decirte lo que acababa de circular por mi sangre. Sentí que te perdía. Que de ahora en más, siempre puede ser la última vez que te vea. Pero no puedo soportar esa idea. Ahora estoy rompiendo en llanto. Quiero disfrutarte y que me protejas. Necesito que hagamos actividades juntos y que me expliques cómo es para vos la vida.

Vuelvo a decirte: sentí que te dejé ir y que te estaba perdiendo. No te vayas.

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