26) Una semana sin santa

He llegado a un punto de contaminación sensorial. Es decir, me he caracterizado por hacerle saber a todo el mundo que siempre hay una molestia latente. ¿Para qué? Tal vez es la forma que encuentro de sentirme protegido, un “conmigo no cuenten”, por las dudas…Pero también descubrí la belleza de compartir la más profundo del sentir. De sacar afuera esas vibraciones que tocan los nervios de tu cuerpo.

No es menor este detalle. No es menor que haya podido encontrar paz ante la tormenta del pasado que vuelve ante cada acto. Esa paz fue necesaria para volver a respetar la soledad necesaria y definitiva del hombre. Al fin y al cabo, en todos los momentos hay una soledad.

Claro que esto puedo decirlo después de un tiempo considerable. Pero esa soledad la estoy viendo últimamente en mi viejo. En su debilidad, en su llama interna que se va apagando para dar paso a lo que nunca pudo ser: un hombre sensible. Ya conté en otra oportunidad el llanto que se desató cuando lo vi irse de madrugada, solo y con la cabeza gacha. Hoy esas lagrimas volvieron. Con un razón bastante contundente: su esposa está internada.

Llegué para buscar el bolso. Y lo encontré solo, en la cocina. Masticando una papa frita recién comprada en una estación de servicio. Creo que el “autoservicio” vino a cumplir esa tarea. Darte de comer cuando no hay fuerzas para cocinar. Intentaba despejarse con una película, una “pochoclera”, pero se lo veía triste. No quise decirle que sentí un cierto placer, porque no eran las palabras adecuadas. Pero el dolor que veo en él me hace acercarme aun más. Es imposible entender la sensibilidad de uno si al ver a su padre este no hace más que ocultar lo que le pasa.

Me dijo “gracias”. Me abrazó. Me regaló un huevo de pascuas. Me acompañó hasta la puerta, y al cerrar, una vez más, volví a llorar. Una nueva despedida. Me subí al auto y esperé unos minutos mientras le daba su tiempo al llanto para que recorra mi cara. Yo sé que me estoy volviendo insoportable, pero prefiero una y mil veces hablar sobre estas cosas que hacernos los pelotudos y ver qué onda el clima de mañana. No creo en la saturación, no creo en que el dolor haga mal. De todas maneras, para no sentirme solo, por suerte aparece mi hermano. Para meter un chiste y volver a reír. Porque el dolor hace a cada uno recordar SU propio dolor. Y no muchos quieren.

Mi novia también está conectándose con la tristeza. Su viejo empieza a sentir el paso del tiempo. Y no es fácil empezar a pensar en que en determinado momento, nuestros viejos ya no estarán más.

Iba con ella cuando pronuncié: “qué tristeza”. “Bueno, basta”, me devolvió. Cansada de ver a un hombre débil a su lado. Alguien que se queja constantemente, pero que también ha comenzado a reírse de su neurosis. Quise abrir con ella un camino de conexión. Que se abriera para mostrarme su dolor, un dolor que generalmente oculta. No lo interpretó así, y al dejarla en su casa, llegó la siguiente catarata de sms:

“Me estás cargando que no quiero compartir la tristeza con vos, por qué carajo te crees que te escribí a la diez de la mañana, te necesitaba”. Generalmente me escribí a las diez de la mañana, lo cual no pude interpretarlo de otra manera…

“Dormí como el culo toda la noche, en este momento necesito no ser la fuerte y apoyarme en vos”. Ahí vino el concepto de la fortaleza, al cual, yo propongo que no hay necesidad de mostrar ni ser fuertes. Se trata de una mentira. Prefiero abrazarte y llorar los dos.

En fin, tengo una cierta necesidad de ir al casino a gastar plata sin sentido, aunque no la tenga…

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