27) ¿Dead or Dad?

Voy a escupir -en caracteres- todo lo que estoy pensando en este momento. No existen las grandes decisiones. No creo en la planificación. No voy por el crecimiento profesional. No deseo ser exitoso. No busco el aplauso. No quiero demostrar. Me molesta la exigencia. No soy un hombre fuerte. No entiendo. Odio los sacrificios en “pos de”. ¿Por qué hay que resignar? No comprendo el sentido de “aguantar para”. No veo caminos. Veo instantes. Siempre me pregunto lo mismo: ¿cómo es posible que -no existiendo la felicidad y sí los momentos felices- la humanidad sacrifique el acceso a los momentos felices a través de la diferencia en el precio? Si el disfrutar de una mañana con tu pareja acompañado de un desayuno mientras se está acostado y se comparten emociones es un momento feliz, ¿por qué no puede repetirse? Porque la humanidad ha creado la rutina del trabajo y la imposición de un valor por el consumo. El no acceso a los momentos felices no es culpa de la depresión o la angustia, es por culpa del modo de vida en la sociedad actual. ¿Por qué me miran raro cuando todo lo que he conseguido lo pongo en juego con tal de repetir momentos felices? No busco otra cosa que la repetición de esos momentos. Esa es mí búsqueda. Mi motor. Mi motivación. Decido para eso. Después, no creo en nada más. Es decir, sólo creo en el amor y en el arte. Ambos te llenan el corazón. Lo demás es puro verso.  ¿Capiche? Cuando se ha comprendido esto y se descubre que no se puede hacer mucho, pero sí poco, la angustia se convierte en algo constante. Pero es esa misma angustia la que te permite disfrutar -de verdad- un momento. Una compañía. Una obra. Una relación. Tengo los cables cargados para ser conectados todo el tiempo. Cada vez se me nota más cómo me aburro cuando alguien comienza a hablarme de sus proyecciones profesionales. Esto no se planifica ni se piensa. Se llega. Se llega por ser un hombre emocional. Y no se cuenta, sólo se disfruta. Si se pone en palabras, es porque vas por el camino equivocado. ¿Por qué digo esto? Supongo que por tener un familiar muy cercano internado en un hospital. Estos hechos condicionan todo lo demás. Todo eso que arriba menciono como banalidades. Las situaciones límites nos abren los ojos y nos hacen pensar. Volver a ordenar los escalones. Saber, que al fin y al cabo, hay más de estas situaciones que de otras. Es un dolor inmenso, una sensación de como están las cosas: con un principio y un fin. Una ráfaga, un sorbo, una bocanada de aire. Prefiero estar cerca de los que quiero. No quiero otra cosa. Me divierto con lo sencillo. ¿Por qué no lo hacemos? Todos temen la verdad y escapan trabajando. A más no poder. Yo le temo. Mi cuerpo tiembla. Pero si eso no es vida, ¿qué lo es? Estoy desbordado de emociones y no puedo ocultarlas. He descubierto que no tengo que ocultarlas. El llanto, acompañado de un abrazo, me parece la expresión más humana y sincera. Sin contaminaciones y muy real. Los cuerpos se funden para cargar energías. Y el hombre se convierte en hombre. Se desnuda y se quita de encima todo el maquillaje. Todas esas pseudo creencias por las que sostiene su caminar, a paso firme, mientras encara su actividad. Su jefe ya no es más jefe. Sus desempeño ya no se mide por lo hecho bien o mal. El examen sólo es un momento de intercambio del cual uno debe irse con la única sensación posible: saber o no un poco más. Llego a otra conclusión: la angustia es la manifestación de que hemos comprendido esta dualidad y queremos cambiarla. Corregirla. Hemos dejado de mentirnos y queremos saber nuestra verdad. Nos damos cuenta, como dijo una gran filósofo, del fetichismo de la mercancia. De las trabas y mecanismos, que no son otra cosa que falacias que el hombre pone por delante suyo. Cuando se despoja a la realidad de todo eso sólo queda una cosa: volver a conectarse con la naturaleza. A ver la belleza de la expresión humana que se vuelca o se refleja en las creaciones de ciertos hombres. De los hombres que no se mienten. Que han transformado toda esa energía en un flujo que sobresale de los extremos de su cuerpo -manos, pies, cabeza- para dar vida a una instancia de descanso. Un refugio para la contaminación. Eso sí, es duro reconocer el paso del tiempo. Las muertes nos confirman eso. Nos dan indicios de donde estamos parados. Generaciones que empiezan a desaparecer. Y la fragilidad, la vulnerabilidad comienza a ser una inquietud. Cualquier cosa puede pasarnos en cualquier lugar. Eso es lo trágico. Y la gran belleza de la vida. Ambos polos al mismo tiempo. En el medio, miles de miedos, inmensas fobias que funcionan como barreras que deben saltarse. Como un corredor de pruebas con vallas. Dicen que hay una luz. Y es cuando llegan las nuevas generaciones. Cuando alguien se va, alguien tiene que llegar. Para reir sin explicación. Para llorar como gesto de reclamo. Para hacer pis sin preguntar. Para volver a darnos la sensación de que hay que volver a jugar.

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