Angiulino Cubrepileta

Existen tres estadíos del ser humano: soñar con ser jugador de fútbol, intentar ser jugador de fútbol y finalmente, ser jugador de fútbol.

Una gran parte de los argentinos se queda en la primera fase. Hay un imaginación que nos ubica en alguno de los estadios del fútbol mundial para meterle un gol a Brasil, con la mano, en tiempo de descuento. Y aquellos que tienen el inconsciente en producción, llegan incluso a vislumbrar con un escenario ideal: la final de una copa del mundo. Se trata de lo más cercano al éxtasis y el sueño se nos convierte en un hermoso refugio para las dificultades del mundo real. Hay, además, un paréntesis. Y es para aquellos que no pueden afrontar sus peores temores. Los problemas de sociabilidad son tan altos que en esa final de la copa del mundo, erran el gol. E incluso se rompen los ligamentos cruzados al patear.

Otros menos acceden a la segunda fase. La fantasía de convertirse en jugador de fútbol parece tan real que se evita analizar el contexto de la situación para pensar las posibilidades. Y la verdad es tan contudente que evitamos oírla: los que llegan, son los menos. Los casos se cuentan con los dedos de la mano y los chicos se convierten en futuras promesas por muchas cosas más que la técnica. Juega el azar, el destino, el dinero, el acomodo, la estetica, la familia y bwin.

Yo soy uno de ellos. Uno de los que creyó que se podía, que era sencillo, que no era cruel, que era cruel, que tenía técnica, que creía que tenía algo distinto. Que suponía que el azar, el destino, el dinero, el acomodo, la estética y la familia estaban de mi lado, a mi favor. Que jugaban para mi equipo -si es que había un equipo-. Y también quería que mi viejo fuese todos los domingos a verme jugar, que esa escena se conviertése en una práctica eterna e imposible de romper. Pero para desgracia de muchos, todo se rompe. Y eso es bueno que pase, aun si nos cuesta asumirlo. Hoy sólo juego con amigos y él ya no viene a verme. Y terminé esa etapa creyendo que todo había sido un gran “fracaso” porque no me había convertido en un jugador de fútbol. Quizás hubiese sido más lindo pensar que “el fúbol me había dado la espalda…”. Pero en el medio, conocí a un personaje verdaderamente extraño.

Intentar ser jugador fútbol requiere de un elemente fundamental: un contacto. Yo tuve el mío. El “contacto” se define como una persona capaz de acercarte a un club con una chance real de quedarte a jugar allí. A veces, quizás, arregla un porcentaje y otras veces se tapa la cara cada vez que pateás al arco. Su comportamiento depende, en general, de cómo llegaste a él y de tus capacidades técnicas. En mi caso particular, tuve dos pequeños inconvenientes. Llegue a él por acomódo, era una especie de empleado de mi papá. Y el segundo inconveniente tenía que ver con que él era famoso dentro de un famoso programa de televisión. Eso llevó a que no pudiese -por compromisos éticos y morales con mi papá- comportarse de manera inescrupulosa con algún técnico de las inferiores -lo que me garantizaría el futuro-; y cada vez que lo miraba para comprender cómo iba mi rendimiento en la prueba, me lo imaginaba haciendo un sketch de humor que duraba apenas unos segundos (“Shh!”). Entonces, sólo me podía reír.

– Te conseguí una prueba -me dijo un lunes mi viejo por teléfono.

– Buenísimo -dije yo- ¿Cuándo?

– El miércoles tenés que estar en Buenos Aires, te va a llevar Jorge que conoce a los técnicos.

– ¿Y en dónde es?

– En Ferro. Te dejo que tengo que seguir trabajando.

Mi viejo no es muy expresivo por teléfono. Y Ferro, en esa época, todavía estaba en la “A“.

Me entusiasmé. Pensaba mucho en el hecho de que iba con un recomendado, y eso me hacía imaginar que mis chances aumentaban. Anteriormente, había tenido una mala experiencia probándome en San Lorenzo de Almagro que siempre quise olvidar. Mi partido fue medianamente aceptable y cuando me preguntaron por la persona que me había acompañado, busqué entre los hombres de traje y varios celulares en mano que estaban al costado de la cancha a mi hermano. Lo vi, pensé, me arrenpentí. No lloré porque aun no conocía al llanto. Pero ahí estaba él, sufriendo los 40°. Estaba en cuero y se había atado la remera en la cabeza. No se parecía en nada a lo que comúnmente podría considerarse un representante. Los técnicos de San Lorenzo me creyeron. Tanto que me dijeron: “Gracias por venir”.

En la época de mi prueba en Ferrocarril Oeste, Internet no era para nada un furor. Por eso para mí, Jorge Takashima era el argentino-japonés más conocido del mundo. Yo seguía con mucho entusiasmo al programa humorístico Cha Cha Cha, a pesar de que muchos de sus chistes los comprendí años más tarde viendo las repeticiones, entre ellos, al personaje del Martir Peperino Pomoro. Mi papá me lo presentó y desde ese momento, todo lo que aconteció después fue un sueño en estado puro. La prueba ya no me importaba, yo estaba conociendo a un famoso. Pero tuve que guardar la compostura porque estábamos yendo a jugar a fútbol y yo debía mostrar seriedad. Fuimos en colectivo y eso me hizo dudar de que en la televisión se ganara buena plata. Tampoco me animé a pedirle un autógrafo.

Jorge Takashima, el hombre que me llevó a probarme a Ferrocaril Oeste a un día de haber corrido la Tandilia, era entre otros, Angiulino Cubrepileta. Los Cubrepileta era uno de los mejores sketch de Cha Cha Cha. Allí representaban a una clásica familia italiana que giraba en torno al deseo del padre de proteger a su máximo tesoro: la nena. ¿Por qué me acordé hoy de esta historia? Porque el 5 que va a debutar con River Plate en la “B” es Nicolás Domingo. El otro muchacho que conoció a Jorge Takashima el día que nos fuimos a probar a Ferro. El presente es distintos para todos. Él quedó y llegó a Primera. Yo, ahora, sueño con ser escritor. La empresa de papá sigue, de alguna manera, ligada a la prueba de jugadores como negocio secundario y su último gran acierto fue Juan Pablo Carrizo. Y Jorge Takashima no es más el representante de ellos ante los clubes…

Publicado en FROYD.com.ar

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