Ayúdate a ti mismo

Existen tantas filosofías como ganas de creer que el mundo tiene alguna explicación razonable. Coquetear con la infelicidad parece ser un problema para todos aquellos que necesitan darle algún sentido a la existencia o a la experiencia de estar vivos. Digamos que se puede ser más realista y no darle tantas vueltas al asunto: es muy difícil ser feliz cuando todos los días hacemos lo mismo. Pero el escepticismo tiene su encanto. Y no es tan grave pensar -cada tanto- en la opción del suicidio como una posibilidad romántica y suficiente.

Si existe alguna esperanza de satisfacción, esa esperanza se refugia dentro de todas aquellas prácticas que no han sido cooptadas por la lógica comercial, esa varita mágica que todo lo que toca lo convierte en un producto. En una determinada época, que no sabemos bien cuál fue, el sufrimiento podría haber sido una experiencia de satisfacción. Un estado de descontento que nos llevaba a dos situaciones límites: la muerte del ego y la conclusión definitiva de que estamos en el mundo para relacionarnos de manera sincera con los demás –y no únicamente con los LCD high defelatio-.

Pero. Y siempre hay un pero. Nuestro amigo el mercado, cuando no sufre de resfrío o manifiesta malestar por ciertas medidas económicas, termina por avanzar sobre los únicos espacios humanos que nos quedaban. El sufrimiento, queridos amigos, ya no resulta algo soportable y noble, más bien, habla de un hombre tremendamente incapaz e ineficiente. El dolor debe ocultarse, dado que toda manifestación de la sensibilidad humana está mal vista, aunque muchos prefieran hablar de stress. Allí llega Red Bull, para darnos alas y lograr hacernos creer que podemos dar más de lo que podemos dar en un día. Paradójico.

En toda esta confusión hay una clave. Y es la manera en la que nos vemos a nosotros mismos. Una posibilidad sería pensar que toda la experiencia humana es algo inentendible, nublado, oscuro, de la cual no podamos extraer muchas más conclusiones que las de simplemente vivir (o andar para que los melones se acomoden). Es decir, concluir que el ser humano no es, repetimos, no es el centro del universo. Romper con toda una tradición iluminista que nos había enseñado que el ser humano todo lo podía, y que sólo le hacía falta tener razón –hablamos de la capacidad y no de ganar una discusión marital-. Quizás sea hora de volver a reflexionar sobre la pseudo certeza: “pienso, luego existo”. Hay muchos que, quedando fuera de esta idea, prefieren comer y después pensar.

La otra alternativa, la más popular y vigente, habla de lo contrario. Explica que el sufrimiento es culpa única y exclusivamente del propio ser humano –o sea, nuestra- que no sabe percibir la belleza que lo rodea. Esta mirada platónica infantil recae sobre el propio ser y su persistencia a la infelicidad. Entremos en detalle. ¿Qué significa estar sano mentalmente hoy?

“La definición tópica es aquella de Freud que decía que una persona sana es la que tiene capacidad para trabajar y para amar. La verdad es que esa definición, hecha en 1900, se ha vuelto muy ambigua. Yo dudo muchísimo de que tener capacidad para trabajar sea un signo de salud mental hoy día. El trabajo ha perdido aquel gozo artesanal. Y respecto a la capacidad para amar asistimos a un nuevo tipo de formación de vínculos, o más bien a la desvinculación amorosa que produce esta cultura del narcisismo que también ha desvir¬tuado la definición”, nos dice Guillermo Rendueles, un hombre que horroriza al mercado.

En el otro extremo, tenemos a la autoayuda, una manera comercial de buscar algún tipo de explicación a los fenómenos de la tristeza. De por sí, el concepto habla de una vuelta a la centralidad del ser humano: para ser feliz, no hace faltan los demás. Esta concepción me hace recordar una charla con mi padre:

-Viejo, no estoy muy bien. Me aburro en el trabajo. ¿Vos que hacés para ser estar feliz?

-La clave es rodearse de gente positiva. Si veo a alguien deprimido, me alejo. A ver si se me contagia…

Arranquemos por Claudio María Domínguez. ¿Qué nos dice el gurú posmoderno? “Sé tu propio héroe”. Una verdadera guía de consulta para aquellos lectores con ansias de superar las limitaciones que les imponen el entorno y la realidad material que los rodea. La vuelta del SuperHombre. Seguimos por Bernardo Stamateas, el hombre que puso de moda la palabra “toxico”. En esas páginas, el ego puede volver a encontrar su motor y creer que puede cambiar su vida apenas haciendo un clic al levantarse de la cama: “Emociones toxicas”; “Gente toxica”; “Intoxicados por la fe”. Si la utilización de armas fuera legal, mataríamos a los que nos intoxican, empezando por nuestros padres.

Luego seguimos por aquellos famosos que, habiendo leído estos libros, publican su propia espiritualidad. Pareciera ser que la plata no alcanza para ser feliz y los famosos nos cuentan sus peripecias. Ari Paluch, máximo exponente, sufre una experiencia límite, toma contacto con el más allá y tiene la amabilidad de contarnos su percepción a todos los mortales. Le sigue, más reciente, la conductora Viviana Canosa, quien grita a los cuatro vientos “¡Basta de miedos!”. Miedo a no ser aceptada, miedo al desamor, miedo a estar sola, miedo al fracaso, miedo a la independencia económica. Miedos por los que pasó la autora de este libro y que superó luego de un profundo trabajo de autoconciencia y conocimiento que la volvió una mujer mejor y más auténtica. ¡Genial!

Finalmente, la frutilla del postre. Si alguna vez llegamos a creer que una sección de un noticiero podía llegar a convertirse en la expresión de la pelotudez televisiva, Sergio Lapegue redobla la apuesta y nos pide “Prendé(r) el optimismo”. ¿Cómo podemos explicar que haya gente optimista y con buena onda y otra que no? Sergio Lapegüe afirma en este libro que se trata de una cuestión de actitud, de predisposición para recibir la buena noticia, la felicitación, la sonrisa amiga. Sin más recurso que el de la sinceridad, el autor prende y apaga las luces necesarias para llegar al corazón de quienes lo escuchan y que ahora, además, podrán leerlo.

En fin. Es ya, es acá, es tuya y es ahora. Yo creo en vos.

Publicado en LaTandilura.com.ar

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