Blanco y negro

En algunos momentos de la cena navideña se tocaron temas un tanto sensibles. Digo sensibles porque en general se trataba de comentarios siempre al límite de la discriminación y la xenofobia. Los cuales, obviamente, eran acompañados por frases como: “ojo, no tengo nada contra los paraguayos, incluso tengo un amigo paraguayo que es el verdulero de la esquina de casa”. Llegamos a esos temas porque con mi hermano nos gusta pinchar a la gente para que salte. Y al que más me gusta hacer saltar es al conservador de mi viejo. En estas navidades, las granadas fueron las ocupaciones de terrenos en Capital Federal.

La forma de pensar de la clase media es la más fácil. No quiere ni tiene compromisos. Busca la comodidad y evita una reflexión más profunda que implicaría replantearse situaciones, e incluso, cuestionar sus propios comportamientos. Por eso me resulta muy difícil discutir con ella, ya que está configurada en posiciones herméticas que no conducen a un cambio de actitud. El mínimo intento de cambiar les provocaría dolor porque en el fondo no hay más que hipocresía.

En la película Malcom X, transcurre una escena donde para explicar el nacimiento de la discriminación recurren a un diccionario. Allí, el protagonista busca la palabra “negro” y lee: “oscuro, siniestro, peligroso”. Luego, va hacia la palabra “blanco” y vuelve a leer en voz alta: “puro, virtuoso, limpio”. No es una novedad que a lo largo de nuestro aprendizaje cultural nos encontremos todo el tiempo con ejemplos de esta estigmatización. El cielo es la bendición, la tierra el lugar del infierno. En el pool, la bola blanca “le pega” a la negra. Y la lista podría continuar (si algún lector me ayuda…)

La discriminación está a pasitos de la xenofobia. Y esta última estuvo muy presente en mi mesa navideña. Mientras las ensaladas danzaban entre manos, se oían comentarios despectivos hacia cualquier tipo de inmigración latinoamericana. Uno de los más repetidos fue: “nos vienen a robar el trabajo y utilizan nuestros servicios gratis”. Cambiar esta forma de pensar requiere de poner al hablante en situación de contradicción. La única vía posible de avance para establecer acuerdos comunes pasa por buscar un ruido en su argumentación, algo que lo moleste y lo haga replantear su discurso estructurado. Se trata básicamente de llegar a nuevos lugares de pensamiento, novedosos, cambiar. No es necesario pensar igual todo el tiempo. Pero entiendo que el cambio pueda generar vértigo.

¿Cuál es el ruido que podemos encontrar en el pensamiento que habla de los paraguayos, bolivianos, peruanos, de manera despectiva? Culturalmente, la clase media ha incorporado en su reflexión que la inmigración de personas de países vecinos es una inmigración de segunda clase. Que no enriquece al país, que son pobres, que vienen por el narcotráfico, etc. Nos sentimos superiores a ellos y por ende sólo aceptamos una inmigración europea. Elitista. Como lo dice nuestra Constitución. Para ello, es interesante recurrir a nuestra propia historia. La inmigración que pobló la Argentina a principios del siglo XX era una inmigración en su mayoría analfabeta. Hombres y mujeres que escapaban de su país de origen. Que venían sin nada. Y Argentina fue para ellos una tierra de oportunidades. Desde mi punto de vista, no existe un concepto tan falaz como el sentir argentino. Somos una mezcla heterogénea, y muy rica por cierto.

En este sentido, de la misma manera se sostiene que “los inmigrantes vienen a utilizar nuestras universidades, nuestros hospitales, etc y se la estamos pagando nosotros”. Digamos que cualquier economista puede sostener que los impuestos no funcionan siempre de manera directa, sino que participan en el conjunto de una economía. No existe el impuesto “con esto le pago el sueldo a un docente”. Quienes vienen de otros países pagan un alquiler, sus servicios, consumen y están activamente dentro de la economía de un país. Un sistema de retroalimentación. Y no sólo eso, también aparece la cuestión de lo público, que se trata justamente de garantizar el acceso universal, a pesar de que en la realidad no sea tan así. Pero restringir el uso es algo que solamente le cabe a lo privado, y allá ellos. El derecho a estudiar no es algo que nos lo quiten los inmigrantes. El derecho a estudiar está condicionado por el lugar de nacimiento de cada uno, y en última, es por culpa del sistema capitalista y su forma de funcionar el hecho de que lo público sólo sea lindo en los papeles.

Cómo cambiaste, antes discutías todo”, me dijo él. Es verdad. Ahora sólo lo hago por escrito, es más sano. Dedicado a un gran amigo que quiero.

Publicado en CosadeSerranos.com.ar

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