Borgestein (Sergio Bizzio)

Reseña de Borgestein, Sergio Bizzio.

“Borgestein me atacó en dos ocasiones. La primera vez no pasó de un empujón y un golpe en la cara; la segunda intentó matarme. Yo salía del edificio donde tengo el consultorio y cuando lo vi ya era tarde. Se me acercó de frente. Quizás porque había planeado atacarme por atrás, empuñaba un cuchillo con la hoja para abajo. Instintivamente me cubrí con las manos. No dije nada, no pedí, no grité. Borgestein me pasó un brazo por los hombros y me enterró el cuchillo por la espalda. Una semana después abandoné la ciudad. Abandoné también a Julia, mi mujer”.

Lo primero que pensé al leer de un tirón la novela corta de Sergio Bizzio es en una frase provocativa que le había leído a César Aira en una vieja entrevista (y si mal no recuerdo, que repite en cada encuentro frente a un entrevistador que indaga su mundo, lo cual parece ser ya una postura). El hombre de las muchas novelas decía:

“No me gusta el humor en la literatura, me parece peligroso. Cuando tengo ocasión de darles algún consejo a los jóvenes escritores les digo que traten de evitar el humor. El humor es una de esas vetas del discurso que van a buscar un efecto. Y si no obtienen ese efecto se abre un vacío; un vacío patético, como cuando uno cuenta un chiste y nadie se ríe”.

Quizás debamos profundizar la idea del humor, de la cual la literatura no debería dejar de disponer y que despliega miles de vertientes. En el caso de Borgestein, el humor volcado por Bizzio es una construcción, que nunca es un efecto directo, sino que más bien lo que termina causándonos risa es el desarrollo de una escena completa (porque el humor necesita del tiempo) como el caso de la escena del bar donde se reitera el grito de un desconocido (“- Monchoooo!!!“). Aunque Bizzio también es efectivo cuando introduce un chiste breve y popular en boca de dos personas que charlan en ese mismo bar.

Dicho esto, llegué a esta novela y a su autor por una columna de Maximiliano Tomás, en el diario La Nación. Llegué también buscando esa irreverencia frente al lector al momento de escribir una historia, esa búsqueda por el límite (fino) que determinaría que una historia se caiga en el olvido o que perdure; y llegué también para ver a qué llaman los editores cuando dicen que una escritura es “lisérgica”. Habría que sentenciar que lo lisérgico, tan identificado por ejemplo a los relatos de Enrique Symns, es otra táctica fraudulenta. ¿A qué le llaman “lisérgico”? Parecería ser que a una forma de narrar donde lo inverosímil es demasiado inverosímil. Lo que en el barrio dirían: “se va a la mierda“.

En ese sentido, ahí radica el gran talento de Sergio Bizzio, al menos en esta obra. En la capacidad por mezclar dramas cotidianos como una separación, preguntas por el amor y la supervivencia de una pareja, la convivencia en un pueblo, la búsqueda de la soledad y el alejamiento del mundo ordinario; con hechos un tanto inexplicables pero que al aparecer dentro de una historia se vuelven posibles (por ejemplo, el ataque de un puma en el medio del bosque). Así se produce el tironeo con el lector, en una lucha permanente por seguir el camino que plantea el autor, pero que a la vez nos expone a sujetos extraños que, parados desde los bordes de ese camino, tironean para sacarnos de él y de su trayecto inevitable.

La historia tiene pocos elementos externos en los cuales perderse (las descripciones de los lugares, por ejemplo, son breves), y eso permite que la historia nos atrape rápidamente. Una imagen que explica esta sensación sería que Borgestein es una obra oculta dentro de una extensa biblioteca, que nos llama la curiosidad por el degeneramiento del apellido “Borges”, y entonces la tomamos con nuestras manos, abrimos sus páginas, y ya no podremos salir.

Por último, mencionar que la desgracia está ahí siempre latente. Como algo que nos va empujando para encontrar nuevas respuestas y que nos saca hacia adelante, nunca hacia atrás. Y entonces, el personaje principal de Borgestein necesita escapar, va escapando, se aleja, busca la soledad -que siempre es cada vez más una fantasía de la posmodernidad-, pero allí demuestra una posibilidad nueva: la de ir reconstruyendo de a poco, con lo que aparece de manera imprevista, con lo que hay a mano, con las casualidades, con el otro y con nuestras propias decisiones.

Algunos fragmentos que me anoté del libro:

“Un psiquiatra no es un detective. Un psicólogo, tal vez. Nosotros no, nosotros portamos armas: le di un calmante que fui a buscar al auto…”

“Nada justifica que yo corte esta línea en dos, pero fui a sentarme y se me vino encima el sillón. ¿Pensarán que soy surrealista?

“Por supuesto, yo no conocía los ruidos de los alrededores de la casa: el silenciamiento completo de la cascada, aunque gradual, era reciente, así que en la noche debía decirme una y otra vez (y confiar en lo que me decía): “Es un ciervo…”, “es el viento…”, ” son los árboles…”.

Borgestein se publicó en 2012 y aún va por la primera edición. Sergio Bizzio es un autor inquieto, porque además de crear historias noveladas, es director de cine.

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