De cara (y cruz) al #8N

Vamos a intentar desnudar una idea. Seguir una serie de movimientos que le vayan quitando cada una de las prendas a la creencia: “la sociedad está dividida”. Ahora bien. Una advertencia. Llegados al final es posible que lo que encuentre no le guste. Pero así sucede cuando desnudamos a alguien. Al fin y al cabo, no olvide que un cuerpo (o una idea) es bella a partir de una convención social, así que no hay por qué asustarse.

Primero rodeemos a esa figura sensual por lo básico. Un primer acercamiento en el cual tendremos que estar todos de acuerdo o no podremos continuar. La oposición a la creencia “la sociedad está dividida” es la idea de una sociedad completa o no-dividida. Bien. Nadie pretenderá afirmar que es posible una sociedad donde no exista la división. De hecho, deberíamos dejar de pensar que las diferencias dentro de una sociedad representan algo atroz, algo que se tiene que combatir o que pueden generar algún tipo de peligro terrorista. Estamos divididos desde el preciso momento en que comprendemos que lo que sobran en este mundo son interpretaciones.

Posteriormente, podríamos sostener que las divisiones en una sociedad bien llegan a través de múltiples y diferentes prácticas. La ideología política es una más dentro de un extenso listado de ámbitos a través de los cuales la sociedad puede dividirse. Por ejemplo, están los que usan bidet y los que no. Los que pagan sus cuentas online y los que siguen yendo al banco a hacer la cola. Los que usan cebolla de verdeo o prefieren el puerro. De lo cual se desprende que sí, efectivamente, las ideas sobre las cosas dividen a la sociedad. Por suerte.

¿Y qué hacen las sociedades divididas? Luchan por el sentido de verdad, que no es lo mismo que la verdad. Es una tensión constante, que nunca acaba, como las sagas del Juego del Miedo (Saw). Es un intento de apropiación. Y en ese marco, hay estrategias para convencer y hacer dudar ―si es que estamos dispuestos a hacerlo―. Porque muchos prefieren la seguridad de no cambiar. A ver si todavía descubrimos la insoportable realidad de comprobar que estábamos equivocados.

La división es como la identidad. No se controla, viene de afuera. De una estructuración social, a pesar de que muchos gritan porque les molesta que a partir de una opinión sean identificados con tal o cual posición social. No hay que ser tibios. “Ojo, pienso esto, aunque tengo mis críticas hacia este gobierno. Pero también tengo críticas hacia el poder económico”. La aclaración redundante del miedoso a ser encasillado. De eso se trata. Al hablar, navegamos en la lucha constante por el sentido de verdad. Intentar controlar esa tensión y cómo se nos identifica es la lucha de un neurótico. El problema, en realidad, es un problema de lectura de la realidad. No estamos leyendo bien. Porque preferimos la simpleza. Preferimos suturar lo social. Preferimos que no haya ruido. Porque la realidad se hace bastante insoportable así. Preferimos encasillar para no volver a pensar en ello. El problema es de reconocimiento, no de enunciación.

Finalmente, la idea de la división es una idea cargada de negatividad que busca encontrar un punto de ebullición o estallido por conveniencia de algunos actores. Vale la pena que no nos engañemos ante ciertos discursos. Estamos necesariamente ubicados en un momento donde debemos buscar la profundidad y evitar la dictadura de los 140 caracteres. Hay que correrse a un lado y mirar. Y ensuciarnos un poco más ante de usar los beneficios de la verborragia gratuita que ofrecen las redes sociales. Porque si de algo estamos seguros es de que los discursos que hablan de una sociedad polarizada merecen ser una cuestión más atendible. Ese discurso refleja en realidad un hecho social: un porcentaje importante de la sociedad ha encontrado representación política en un gobierno; y otro tanto porcentaje importante de la ciudad no encuentra representación.

Esto no es una guerra. No es un enfrentamiento de dos bandos como a muchos les serviría sostener. Los reclamos tienen que encontrar canales (y no de televisión). La heterogeneidad del contenido de los reclamos hace que así sea. Muchos de los políticos han afirmado esta semana que no quieren participar de la protesta. Y otros pocos sí. En realidad, deberían hacerlo. Deberían hacerse cargo de su escaso poder de representación. Por eso, para ellos, es mejor que allí vayan todos juntos, aun a pesar de las muchas divisiones que podría haber dentro de los actores que reclaman. Porque de esta manera se evitan la ardua tarea de construir. Nuestra historia ha dado muchos ejemplos de gobiernos que llegan al poder desde la destrucción y no por representar a un determinado sector de la sociedad.

Publicado en LaTandilura.com.ar

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