El camino hacia Venezuela

Cuentan que Héctor Ricardo García le decía a sus periodistas que recién se iniciaban en la profesión: “Antes de ir, averiguen si hay sangre y muertos. Si no, no es noticia”. Su nombre era demasiado común para ser poderoso. Pero lo fue. Y cuentan además que logró instalar una práctica en la gente: éstos primero llamaban a Crónica y recién después a la ambulancia. Por eso siempre llegaban antes.

Hace un año que no me corto el pelo. Esto, básicamente, sólo le importa a mi novia. Y la culpa la tienen los peluqueros. Ellos son, en el fondo, fantásticos movileros. Sus preguntas ya dan por sentada la respuesta, por lo que uno queda un tanto desconcertado y sólo se anima a asentir con la cabeza. Al hacerlo, te piden que te quedes quieto porque pierden la referencia del corte. Todo empieza con un “¿cómo lo querés?” para que luego terminen haciendo lo que quieran.

Hoy todo puede ser noticia. Se han ampliado los márgenes por la llegada de este lugar común que parecen ser las llamadas redes sociales. No importa tanto el hecho en sí, sino la repercusión posterior que pueda tener. La noticia –hoy–no necesita de ciertos requisitos del periodismo fundacional para ser lo que es. Y eso atenta quizás contra lo más romántico de la práctica periodística: el efecto sorpresa. Las palabras y coberturas no sorprenden.

En las peluquerías ocurre lo mismo. Hace casi un año que sigo intentando entrar a alguna y no me animo. Y a medida que pasa el tiempo –obviamente– cada vez se más hace más difícil ir. La última vez que lo intenté fue el sábado posterior a los primeros cacerolazos, pero después de dar dos vueltas a la manzana, bajé los brazos. Los sábados no es un día para ir a la peluquería. El lugar está repleto únicamente de señoras de más de cuarenta. Y a alguna de ellas las había visto en la esquina del café Balcarce golpeando una cacerola la noche anterior. Perdí el efecto sorpresa de la peluquería.

Cuando no hay datos para una buena noticia, aparece el lado más narrativo del periodismo. Eso que llaman la nota de color: “Por tercera noche en diez días, cientos de manifestantes aplaudieron, golpearon utensillos de forma pacífica. Además de gorros de lana, guantes, tapados para combatir el frío nocturno, llevaban banderas de la Argentina, cámaras de fotos y de filmar, silbatos y redoblantes”. ¿Qué pensarán los que viven en la calle? Golpe bajo, mala mía.

Desmechado y bajar el volumen”. Dos indicaciones que a simple vista son muy claras. Sin embargo, envalentonados por la identificación ideológica con sus clientes, al peluquero se le va la mano. “Qué mal está todo”, te dice. Y mete dos tijeretazos. Uno se ve tentado de preguntar “¿A qué te referís?”, pero en realidad está en un diálogo interno que busca evitar salir corriendo. “No tenés libertad y encima se roban todo. Una clienta me contó que vio en la tele que muchas personas estaban protestando, por suerte”. Te gira la cabeza y le mete tijeretazos a los parietales. Y cuando justo estás hilvanando la idea sobre el efecto predominante de Buenos Aires en la realidad global, la señora que hasta ese momento estaba callada leyendo la lista de mujeres que pasaron por la vida de Cabré, lanza: “Vamos camino a ser Venezuela”. Lo mirás a tu peluquero y un tanto sorprendido le decís: “Está bien así”. Y te vas, puteando a la peluquería que lleva el nombre de famoso peluquero, pero que hace rato no corta allí –obvio–. }

Publicado en La Tandilura.com.ar

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