El misterio en el consumo de palmitos

Este cuento recibió una mención en el I Premio de relato Antonio Di Benedetto, organizado por Bruma Ediciones.

Una tarde. Señalada en los diarios nacionales como una “tarde calurosa”, dentro de algo más complejo llamado una “ola de calor”. Una tarde así. Donde también puede gotear la canilla. O chillar una puerta. O desinflarse la rueda de la bicicleta por el poco uso de los últimos meses. Una tarde así puede ser el escenario para una obra que culminará con un descubrimiento, el de la angustia. Una tarde así, como ésta. Una tarde varada en la lengua del perro que se rehúsa a quedar dentro de su boca, mientras se lo ve agitado.

También puede ser una mañana. O una noche, en terapia. Mientras el psicólogo come y parece no prestar atención. Qué ganas de preguntarle si los palmitos están ricos. “¿Están ricos los palmitos?”.

Mentira, no le pregunto.

Sigo contando. Narrando mi vida a la espera de una equivocación. Hablo de la soledad, y busco en su asiento. Puedo hacer ambas cosas al mismo tiempo, aunque resulte dificultoso. Quiero creer, confiar, en que debajo de esa silla donde él está sentado ahora mismo comiendo sus palmitos, hay un interruptor. Un mecanismo que le avisa cuándo prestar atención, cuando detener su entretenimiento; cuándo repreguntar por aquello que he dicho. Activar la “negrita” del Word. Cuándo, en definitiva, se me escapan las riendas del inconsciente, como si éste fuese los hielos que aún queremos dejar en la jarra para que el agua siga enfriándose.

Él sigue comiendo palmitos.

Un día así. O una jornada gris también. Cuando haya nubes intentando abrazarse, aún si no se conocen, algo que deberíamos imitar con regularidad. Un día así, donde tenés el oído izquierdo tapado por la cera, y entonces te parece que has dejado de importarle al mundo, porque básicamente no puedes oírlo.

Un día así, donde tardé seis segundos. Eso es lo que demora descubrir la angustia.

—¿La qué? —digo yo.

—La angustia —dice él e inmediatamente se clava un nuevo palmito.

Y cuando él la nombró, yo lo cronometré en forma mental. Y efectivamente, su pronunciación tardó seis segundos. Eso es lo que efectivamente tarda en aparecer la angustia en nuestra vida, al menos la que todavía no tiene historia, no tiene contenido. Y si además le sumara el viaje que realiza el palmito, desde el pequeño plato blanco —y sin ilustraciones—, hasta su boca, bueno, descubrir la angustia llevaría algo así como doce segundos. No más. De eso estoy seguro. Al menos, en ese momento, es de lo único que estuve seguro.

Me rasco la cabeza y no lo miro. Si no me miran, me siento solo, le digo. Bajo mi brazo. Afuera ladra un perro. Su lengua ya no hace más un movimiento orgásmico. Parece perdido.

—¿Vos quisieras seguir siendo un adolescente? —me dice.

Ya no quedan más palmitos en su plato. Me deja pensando. Intento producir una respuesta; el perro de afuera vuelve a ladrar.

—A ver, dame un segundo —dice él.

El silencio se hizo más intenso. Recordé que tenía el oído izquierdo cubierto de cera. Metí el dedo y fue peor. Ahora apareció un zumbido. El oído comenzó a latir.

—Perdón, eh —dijo— Era mi perro, se había escapado. El calor lo altera.

—No, está bien, no te preocupes —le contesté—. No tengo hambre.

Sólo por la extraña expresión que se dibujó en su cara (el oído tapado me imposibilitaba escucharme a mí mismo), me di cuenta que había dicho algo confuso. O que había metido dos ideas, en una sola frase.

—Por hoy dejamos acá.

 

Descubrir la angustia termina por ser un problema de orden temporal, aunque quizá piensen que sea de orden gastronómico. Porque a partir de ese momento, fijaremos un pacto. Y si pensás que sentenciar el matrimonio por escrito es una estupidez, bueno, preparate. La angustia es para toda la vida. Y no hace falta firmar ningún papel. El Registro Civil es uno mismo. Así que al menos, intentá creer que la angustia es bella. Mirala a los ojos cada mañana, y renová tu decisión de haberla elegido, de haberle abierto las puertas. Si no, será un espanto. Como los palmitos, que nunca me gustaron.

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