El pasto del Dique

Muy a menudo me encuentro a pocos metros del Dique. Un espacio que excede sus bondades estéticas y da paso a un conjunto de eventos imprecisos. La pesca de lo que no parece estar vivo; la correa del perro que no deja distinguir quién pasea a quién; y la caminata que nunca llega a ser trote. Pero no es lo único. Porque el Dique parece ser ambiguo. Un auto tras otro va girando en “U” para arrancar la vuelta, repitiendo el trayecto hasta que la yerba se lave y ya no quede agua “pa´ el mate”. Vamos hacia allí buscando salir del encierro. Contradictoriamente, lo mismo que hacen los que llegan allí para quitarse la vida saltando del murallón.

Por suerte, hoy sólo son autos. Y en mis manos, las hojas del suplemento Radar de Página 12 (del domingo 18 de agosto) transpiran tinta. Me siento un gil. Aquí sentado. Y un gil escribiendo, intentando ser profundo y queriendo compartir lo que he leído. En este preciso momento, cuando la vergüenza acude porque al escribir se develan nuestros trucos, llego a la página 21. A la entrevista a Rayk Wieland, autor del libro “Sugiero que nos besemos”.

Pasé mi vida ahí (en la República Democrática Alemana), atrapado detrás de un muro, con la promesa de un comunismo que nunca llegaba, esperando eternamente que pasara algo. Pero nunca pasaba nada. Me hice existencialista. Esa es gente que se ocupa básicamente de mirar la vida con tristeza”.

Dejé entonces de mirar. Y me concentré en el espacio. En la tensa lucha entre lo que oxigena y aquello que engaña bajo el pretexto de una intensa y entretenida vida privada, que se materializa entre la restitución de espacios verdes y la creación de una medianera para evitar que me espíe el vecino. Llegué a la página 26. A chocar contra Ricardo Piglia y su nueva novela “El camino de ida”.

En esta trama, yo tenía que tratar de entender a un tipo que efectivamente había hecho eso, regresar a la naturaleza. Tenía que entender a tipos que habían tomado decisiones por el estilo en Estados Unidos, y eso me llevaba a Tolstoi, a Hudson, que es un escritor que yo admiro. Siempre me intrigan esas decisiones, como la de Tolstoi, tipos que eligen vivir como un campesino. Pero son tipos tan inteligentes que uno dice que algo de verdad hay en esas decisiones, la reacción anticapitalista de ese gesto, eso me parecía lo importante, como si no hubiera ningún futuro, como si hubiera que volver a un mundo campesino agrario, previo. Hay mucho de eso en la discusión en Estados Unidos, algo que viene ya desde la Beat Generation, del entorno de ciertos anarquistas. Ese lugar es desde donde parte Munk, el personaje de la novela, alguien que pensaba así su enfrentamiento a la sociedad capitalista, alguien que vivió veinte años como un campesino solitario. Me interesaba mostrar cómo el tipo pudo soportar esa situación y como esa situación le saca de encima la sensación de que está viviendo una vida criminal o estúpida”.

Transcribo las ideas y me siento un impostor. Queriendo vender un producto de segunda selección. Y Piglia sigue ahí:

Después está el carnaval intelectual, como Lilita Carrió, a la que le falta de tal manera legitimidad intelectual que cuando funda un instituto le pone Hannah Arendt. ¿Hay algo más kitsch que ponerle Hannah Arendt? Eso significa que está buscando una legitimidad intelectual que no tiene. Es como si Rodríguez Larreta hiciera un instituto y le pusiera Max Weber. Esta señora, que pasa por ser una lumbrera argentina, le pone Hannah Arendt para ver si alguno se imagina que ella tiene algo que ver con Hannah Arendt. Está así el debate intelectual”.

La tentación de ser el nuevo Claudio María Domínguez está al alcance de la mano. O a cinco tuits creativos. Ser frívolos; aparentar más de lo que somos; vivir del engaño. La confusión se hace carne. La misma con la que debe lidiar el escritor argentino Carlos María Domínguez, que entonces optó por la serenidad de Montevideo, que me pregunto si será como el Dique. Esa ciudad melancólica y detenida en el tiempo que se resume en la anécdota de la crónica de su reciente libro “La breve muerte de Waldemar Hansen”, en la página 28 de Radar y en la frase brillante que aún continúa escrita en la pared: “el 104 no es como el tiempo. El tiempo pasa”.

Dice la crónica: “Una ciudad fascinante para un escritor siempre y cuando aprenda a soportar su melancolía. Luego, se fue adaptando, a medida que aprendía a disfrutar de ese tiempo de más: tiempo para conversar, tiempo para escribir, tiempo para leer y, sobre todo, para descubrir a esos personajes riquísimos que suele tener Montevideo. Él conoció a muchos pero el primero que se le viene a la cabeza es Ramón Báez, un trabajador de la estiba del puerto de Montevideo”.

Y entonces, cuando creo que algo correcto estoy haciendo. Al detener el tiempo, la distracción digital, correrme a un costado de lo rutinario y la práctica reiterada de lo mismo, para leer, me llega el mazazo final. La triste realidad de que al fin y al cabo, nada importa. Pero al menos, al saber eso, vuelve a nacer una forma de humor que permite divertirnos en un mundo cada vez más extraño. Dice Efraim Medina Reyes, escritor colombiano, en la página 29:

No tengo y nunca tuve una relación profesional con el hecho de escribir, con nada, en realidad. Por eso dejé la medicina, si de ti depende una vida tienes que ser lo más profesional posible, pero escribir es algo íntimo y nadie va morir porque escribas o dejes de hacerlo. Los escritores suelen ser muy patéticos cuando hablan de su oficio. Imagino que hacer algo cuya condición esencial es no tener ninguna importancia les crea una apremiante necesidad de dársela. A Messi, por ejemplo, le basta con hacer lo que hace. No tiene que añadir un adjetivo, sus jugadas y goles son una ciencia exacta. El escritor, en cambio, debe arrastrarse por ahí intentando convencer a todos de que su libro vale la pena, que no ha sido fácil escribirlo, que todos deberían leerlo y agradecer que lo haya escrito. A mí el hecho de que escribir signifique en términos objetivos tan poco me produce una refrescante sensación de libertad y no voy a cometer la estupidez de adoptar una actitud profesional…

…El protagonista de mi novela, Teo, vive en una especie de burbuja hasta que descubre que ni el golf es un deporte ni amar a la madre es algo natural…

Vuelvo a mi casa. Sabiendo que he contribuido, una vez más, a una digresión. A una síntesis. A la perversidad en la forma en que circula hoy en día la información. A través del “comentario de un comentario, del comentario, de un artículo”.

Publicado en FM NITRO TANDIL

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