El pito, el auto y un mecánico

Lamentablemente y aunque duela, no hay nada más desconcertante que tener el pito chico. A partir de este momento podemos elevar la discusión y decir cosas como: “no, pero ojo que también el juego previo ayuda” o que “el tamaño no importa si sabés como raspar el clítoris” o decir que alguna vez nos hemos disfrazado del Kohinnor buscando salir de la rutina. Pero el pito es el pito. Esa cosa que cuelga ahí, que debe pararse -si es que puede- y que al hacerlo tiene que pasar una cierta distancia estándar porque sino se convierte en el malestar en la cultura, según Freud. No lo digo por mí, obvio. Lo digo por un amigo que le pasa eso.

No sé cómo será en otros casos. No lo sé porque nunca lo pregunté dado que recién ahora me pongo a pensarlo. ¿Pero alguien se acuerda de su primera erección? Por mucho que navegue en mis recuerdos, no hay un solo dato o imagen al respecto. Hay un montón de otras cosas, sí, tales como que recordar de quién era el primer par de tetas grandes que vi. Pero, ¿por qué me detengo en la cuestión de la erección? Porque allí se anuda el sentido de la próxima profecía: el 12 del 12 del 12 (12/12/2012). 12 centímetros es muy poco querido lector. Si la tiene así, le recomiendo detener aquí la lectura y probar con terapias alternativas, como puede ser el yoga. Dicen que al respirar mejor llega al pene una oxigenación más contundente y con eso se ganan unos dos o tres centímetros.

Durante algunos años tenemos algunos intentos de erección, pequeños cabeceos que nos hacen suponer que allí hay ganas de divertirse. El cosquilleo en los huevos también cuenta, aunque esto se deba a veces a un exceso en la retención de líquidos.En estos primeros asomos, no hay nada de que preocuparse. La sola cuestión de que esa cosa extraña que tenemos colgando muestre signos de vitalidad nos reconforta. Pero hay un momento, que no podemos definir ni recordar ni precisar (o corregir), en que tenemos esa primera y reveladora erección, que será la que marque el definitivo tamaño final. Esa erección en la que sabemos que el tamaño ha tocado su techo. En ese preciso acontecimiento se dan tres posibles reacciones:

a) “Suficiente. No esperaba menos de mí. Gracias Pa, gracias Ma, gracias Dios. Y un saludo a todos los que me conocen, en especial a los pibes del barrio. Me la voy a plastificar para no perder tiempo”.

b) “Ehhh, esperaba un poquito más. No está mal, no me quejo, pero es como estar en la media, en lo popular, y a mí el pueblo me asquea. En fin, me casaré joven”.

c) “¿Y? Na, en serio, ¿y? Dale, no me jodas. (Agarra el pene con sus dos manos). Un estironcito más, que te cuesta. (La apreta desde abajo, como la técnica para exprimir lo último que queda de la pasta de dientes). Seguro ahora viene la segunda parte, aunque dicen que las segundas partes nunca son buenas. Pero esta tiene que serlo. (Le entra a pegar). ¡La puta madre! ¡Sí, la puta madre que me parió y la recalcada concha de mi hermana. ¡Por qué me tenía que pasar a mí! ¡Por qué! ¡Qué hago acá, me quiero ir!!”. Y así dependiendo el grado de aceptación de cada ser humano.

Las extremidades se han completado. Nos crecerán algunos pelos, otros se nos caerán, los dientes se irán corriendo y etc., pero los límites de nuestro cuerpo han sido delimitados. El tamaño del pito definirá toda nuestra existencia posterior y a partir de allí, todo lo demás será y seguirá siendo dicho en monólogos y muestras de stand up. Yo solo quería mencionar la primera erección para dar pie, después de esta breve introducción, al tema que sí me importa y me perjudica: yo no me compré un auto para tenerla más larga, de hecho si fuera cierto, a mi novia se le hubiesen iluminado los ojos pero apenas puede despegarlos cuando se despierta a la mañana. Más allá de la relación que quieran explicar entre uno y el auto, y el por qué nos gusta pasarle cera y demás detalles, la cuestión pasa por descubrir queen realidad el auto vendría a tener una analogía más anal que peneana. Cuando vamos al taller, en vez de coger mejor, nos cojen de parado.

El auto pasa a ser algo así como nuestro cuerpo. Cualquier ruidito extraño es síntoma de que algo no anda bien. Y así como cuando no anda bien nuestro cuerpo, vamos al médico y éste nos receta que todo es culpa del stress, cuando el auto tiene malestares, vamos al mecánico y éste nos da un sermón sobre el origen, causa y consecuencias de un arreglo que nunca, pero nunca vamos a poder constatar como real.

No me vengan con que se puede aprender de autos. Que incluso puedo hacerlo a través de Google. Porque de hecho lo hice. Y fue peor. Mucho peor. A través de Google me enteré que el arreglo salía un 70% menos de lo que lo pagué. Y además, no sólo me salió una fortuna el arreglo, sino que además, me fui de allí con una listado de defectos impostergables que tengo que arreglar en un lapso breve. “Sino, podés tener un accidente en la ruta”. Por qué no te vas a cagar, sorete. ¿Qué? No, no se lo dije. Hubiése estado bueno, ¿no? En fin, cuando me acordé de hacerlo, ya me había ido. Pero voy a volver. Sí, voy a volver para decírselo en la cara. Sí. Créanme. Voy a volver. Y cómo no voy a volver, a ver si todavía me pasa algo en serio…

– ¿Y puedo arreglarle sólo el amortiguador trasero izquierdo?
– Se cambia de a pares –me mira con una expresión que me hace sentir un idiota-.
– Ah. Pero estoy medio complicado de plata… -uno cree que haciéndose el pobrecito se van a apiadar, pero no es así-.
– Es tu plata, es tu auto.

Y así, se van. Te dejan solo. Vos y el auto. Lo mirás. Y lo arreglás. Y a partir de ese día, una nueva voz te acompaña todos los días: “como te cagaron”.

Publicado en LaTandilura.com.ar 

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