El último enganche vivo del fútbol argentino

Este cuento fue finalista del Premio Itaú de Cuento Digital en 2013, organizado por el grupo Alejandría bajo el título “La arquitectura del interior del país“. En 2014 se publicó en la antología de relatos “El balcón de Cristal” (compilado por Patricia Ratto).

(Nueve y cuarto de la mañana, en un bar de la esquina de Jacinto Maguida y Fulano Roosevelt, en un pueblo del interior del país, donde se suele repensar la tranquilidad cuando aparece el ruido de un grupo de motociclistas).

Ahí estaba ―con mis piernas arqueadas por un error genético― viendo a ese bar con el cartel que dicta la sentencia de apertura. No es otra cosa que una insulsa hoja A4 que dice en letras negras ―y con la tinta declarándose en huelga―: “Abrimos a las 9. Serramos cuando se nos antoja. Y si son las 10 y todavía estamos serrados, es porque no encontramos la llave”. Llama la atención que el Word no hubiese corregido la palabra “cerrado”.

Aquí nadie tiene memoria, pero al inicio de las actividades comerciales el cartel era un poco más cálido: “Abrimos a las 9, los esperamos”.

Este bar ―en realidad― no abre a las nueve como lo promete su cartel. Y la deuda con el tiempo no se debe a la demora en el viaje que el dueño de este bar realiza hasta el lugar porque en verdad, duerme en la parte de atrás. Así son las cosas en este pueblo, nadie se compromete con lo que le corresponde hacer. Diez minutos más y Normandía no hubiese tenido su Día D.

Esa parte de atrás del bar llama la atención. Y dada la homogeneidad que suele ofrecer nuestro imaginario, supondrán que la parte de atrás de este bar es una miseria humana. Porque así son “las partes de atrás” de los bares del interior del país.

Bien. Lamento contradecirlos. Ésta parte de atrás es diferente.

En algún momento de la historia de este pueblo esa parte de atrás tuvo una entrada principal ―hoy oculta tras la existencia de este bar―. En algún momento fue, más que la “parte de atrás”, una casa sin un bar adelante. Fue “LA” casa del pueblo, reconocida en el run run de la sala de espera del hospital público por dos elementos de su decoración: la cabecita de un hornero embalsamado colgando de la pared que está por encima de la estufa hogar; y la patente del Ford Fairlane que trasladó a Perón al Hotel Internacional de Ezeiza en su regreso al país, colgando de la araña que ilumina el living. Para ir a fondo, el dueño de este bar también había querido comprar la biblioteca de Perón, pero en la subasta fue dormido por un empresario colombiano que recién llegaba al país.

Esa casa se convirtió, prontamente, en una incomodidad para la arquitectura del pueblo. Los turistas ―que agobiados por la voracidad de la globalización llegaban a este pueblo del interior del país en búsqueda de lo que alguna vez fue―, caían siempre en la errónea conclusión de que allí vivía el Intendente Municipal. Por eso, el día que la fastuosa casa del dueño de este bar se terminó (coincidió con un 17 de octubre), el pueblo comenzó a cambiar. Surgieron las preguntas. Los murmullos. Los secretos. Un cóctel que termina por trastocar el espíritu del buen vivir que sabemos cultivar por estas zonas. Y así empezó la división de clases en este pueblo. Los que pudieron, mejoraron sus casas para dejar de coquetear en el espacio público, lo que terminó por confirmar la hipótesis de que la cotidianidad de un pueblo se mide por la cantidad de casas que tienen pileta.

Así fue como en este pueblo, la realidad política ―una realidad acotada, sin representación en los medios de comunicación― se vio agitada por un desfasaje arquitectónico. Se generó un grupo de auto convocados con prácticas corridas de los canales tradicionales de un reclamo. Bolsas del mercado del pueblo (con la leyenda “Supermercado Cometa – atendemos más rápido que el Halley”), llegaban a la puerta del despacho oficial con un fuerte olor hediondo y carteles como: “si esa casa no es mierda, la mierda dónde está = ¡acá!”). Sin embargo, ante esta situación descontrolada, el Intendente decidió priorizar la investigación de la “conexión local” buscando al secretario que estaba dejando entrar a los disconformes al Palacio Municipal, antes que negociar con…“delincuentes” fue la expresión que utilizó.

Lo que finalmente habría de obligar al Intendente a intervenir sobre el reclamo fue la llegada a sus oídos de los datos que provenían del centro del país. De la “zona de influencia”, como le gustaba señalar en sus reuniones de gabinete. A su regreso, los turistas desparramaban sobre sus destinos de origen la teoría de una incipiente corrupción en este pueblo del interior del país, fundamentados en que la casa del Intendente era una obra faraónica en comparación a las demás casas de los ciudadanos, considerados vagamente en los diarios locales como “comunes” (la expresión “gente” aún no tenía fuerza argumentativa). Esto podría no haber importado mucho, salvo porque, algunas veces, esos turistas eran funcionarios que trasladaban las sensaciones al Ministerio de Obras Públicas, donde decidían, con mucho atino, suspender los fondos para ejecutar obras de infraestructura. Se preguntarán cómo es que funcionarios de importancia terminan por hacer turismo en este pueblo del interior del país.

Bueno.

Es que este pueblo del interior es el único distrito del país donde todavía un equipo de fútbol profesional juega con enganche. Su presencia en los folletos turísticos se refleja con una leyenda de tintes didácticos: “El último enganche vivo del fútbol argentino en plena vigencia, aquí, donde el 4-3-1-2 es una ordenanza municipal”.

Encerrado en su propia dificultad, el Intendente se animó a enviar una sentida carta ―de puño y letra― a la Casa de Gobierno. Pero allí nadie la tomó por válida porque no iban a suponer que, existiendo el chat de BlackBerry, un Intendente elegiría enviar una carta. La misma decía:

Sr. Presidente Eduardo Ugalde,

Me tomo el atrevimiento de suscribirle unas breves palabras para aclarar un hecho confuso que está tomando dimensiones insospechadas. Por lo que me han informado mis asesores, ha llegado a usted el rumor de una casa faraónica en mi ciudad que todos están atribuyendo como de mi pertenencia.

No sé muy bien cuál estará siendo su estrategia política que lleva a los turistas a sospechar que los que más ganan son los funcionarios políticos.

Ni tampoco quiero meterme en ella porque, en principio, su estrategia está funcionando perfectamente basados en el hecho de que ha durado más de cinco días en la presidencia en estos tiempos convulsionados por una fuerte crisis derivada de, bueno, usted ya sabe.

Notará que no soy muy amigo de los puntos seguidos, como tampoco soy amigo del enriquecimiento ilícito.

Pero puntos más, puntos menos, esta carta viene a aclararle que esa casa no es mía, que esa casa es de un empresario que, gracias a mi política de exenciones impositivas, ha logrado progresar y crecer económicamente, y derramar la copa del éxito sobre el pueblo, aunque éste, a primera vista, todavía no lo sienta, pero esa es tarea mía. No reniego de mis tareas. 

Sin más, quiero aclararle que también tomaré cartas en el asunto.

No serán drásticas, como usted nos ha enseñado, porque es momento de recuperar la confianza y las inversiones. Imagínese usted que si el empresario decidiera llevarse al equipo de fútbol a otra ciudad… mejor, ni lo imaginemos doctor.

Le agradezco su tiempo,

Juan Ramón Peralta Ramos.

Sin respuestas, el Intendente tomó la segunda medida más importante de su gestión (la primera había sido el plan estratégico de comunicación para imponerse como uno de los principales lugares turísticos del país). Enviar al Honorable Concejo Deliberante un proyecto de ordenanza que obligara al empresario a modificar la fisonomía de su casa, con vistas a emparejar la arquitectura de la ciudad. El proyecto se aprobó, a pesar de la resistencia de un grupo opositor que en este caso estaba representado por una sola persona a quien consideraban “la minoría”. Tampoco hicieron lugar a los pedidos del empresario que, por recomendación de un importante bufete de abogados de Buenos Aires, sugirió que se estaba violando el derecho de propiedad, los derechos adquiridos y por qué no, la libertad de expresión. En cambio, se le concedió la posibilidad de tapar parte de su fachada, la que el HCD consideraba como la “más ostentosa” de la casa. El empresario aceptó, pero como buen empresario, no modificó su casa, sino que vio allí otra posibilidad de negocio. Montó un bar adelante, constituyendo a su casa como la parte de atrás de este bar. Ofrecía además “tomar un trago con el último enganche vivo del fútbol argentino”, mientras uno intentaba descubrir que lo mantenía (y lo mantiene) en plena vigencia.

Así nació este bar de este pueblo del interior del país. Por una ordenanza. Las mismas ordenanzas que en otros pueblos tienen por objeto crear escuelas u hospitales. Quizá eso explique porqué este bar abre más tarde de lo que promete su cartel. Mientras, sigo esperando mi turno para ver al “Arriero” Medina y tomar algo con él. Quiero preguntarle por qué es tan lagunero.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>