En la ciudad del monarca, el cajero es rey (o espía)

Ya no hace falta implementar –por la fuerza– una doctrina pergeñada desde los Estados Unidos. La conspiración actual no llega por el avasallamiento de las nuevas tecnologías, sino por un representante más cercano a nuestra realidad: el cajero de supermercado. Detrás de esa gran “M” se oculta algo peor que el panóptico de Bentham, el Gran Hermano de Orwell o la SUBE Nacional y Popular. El límite entre lo público y lo privado no es cada más difuso, es cada vez menos real. Y ellos son los grandes responsables.

Pienso que Facebook es algo abominable y extremadamente peligroso.  Es gente poniendo literalmente millones de horas de trabajo gratuito al servicio de la CIA. Metiendo a todos sus amigos y parientes en una base de datos centralizada para que sea accesible para las agencias estadounidenses. No estoy diciendo que Facebook es la CIA, estoy diciendo que es prácticamente la CIA”. Julián Assange, el mártir de los secretos guardados, en una entrevista con Santiago O´Donell (Página 12).

Nadie lo ha notado aun, pero sigilosamente nos espían a partir de nuestros consumos. Ellos son jóvenes que buscan sus primeros ingresos, ocultos tras su clásica vestimenta de chombas azules o camisas naranjas. Ocupan las cajas de cada una de las sucursales de la cadena de supermercados, y siempre están sonriendo. ¿De qué ríen?, me pregunto yo. Están generalmente sentados y ni siquiera dejan su lugar para ir al baño. Solamente cambian algunas palabras entre ellos o con quienes acomodan las bolsas. Pasan la mercadería por el lector del código de barra con esa cara de autómata desalmado. Pero en realidad representan a una logia que nadie logra descifrar.

En las últimas semanas hemos asistido a las manifestaciones de fervientes usuarios 2.0 que tras el odio vuelven a engañarse a sí mismo, creyendo que el ombligo es el territorio y no acaso un mapa. Lanzaron sus vómitos disfrazados de argumentos en relación a la poca libertad que experimentan en la Argentina. (“Déjenme de controlar, quiero más libertad”, posteaba en su muro el conocido cantautor folclórico de Tres Arroyos). Esta preocupación del c(l)ínico demuestra a las claras la eficacia de esta gran maquinaria de espionaje que se oculta tras la práctica del changuito lleno.

Allí es donde verdaderamente tenemos que dar la batalla, a través de manifestaciones espontaneas que podrían comenzar desde la cola, mientras esperamos nuestro turno. No hace falta ni Twitter, ni un posteo en Facebook, ni una cadena de mail. Solamente un grito: “¡Cajero, traidor, saludos a Vandor!”. Llegó el momento de expresar lo que nadie quiere reconocer: cómo, las agencias secretas de inteligencia, controlan nuestra vida a partir de lo que comemos.

Estas agencias se han aggiornado y hoy se confunden disfrazadas de grandes supermercados con el precio más bajo. Detrás de sus ingresos y evasiones fiscales, esconden una gran base de datos a partir de la recolección de información personal que llega desde las cajas. (Aclaramos que aun no se ha podido comprobar si los supermercados chinos participan de esta gran conspiración dado el mal estado de sus lectores de códigos de barra).

Así es como diariamente participamos del gran robo del Siglo XXI. Una violación constante a la privacidad que se produce sin nuestro consentimiento. Y nadie se entera porque en las colas de los supermercados no hay “contactos” que puedan pegar en sus “muros” la denuncia a esta intromisión (“Ya es oficial, salió en las noticias, los cajeros nos vigilan. Si copias esto en tu muro, tus compras serán ilegibles). Son ellos, los cajeros de los supermercados, los que descifran nuestro ADN. Porque allí no mentimos: si compramos carne picada, cebolla, morrón, ajo y puré de tomate, claramente estamos diciéndoles: “Ey amigo, ¡aquí! Hoy voy a hacer una bolognesa y no pienso invitarte”. Hablamos a través de lo que compramos. Y esa es la gran verdad que ninguno de los grandes filósofos que teorizaban sobre las modernas técnicas del control del cuerpo supo anticipar. No podemos ocultar que al llevar una crema y bananas estamos demostrando que esa noche vamos a intentar renovar la pasión sexual con nuestra pareja.

Así estamos. Reducidos cada vez más a meros objetos inteligibles. Añoramos la época donde era más difícil comprender quienes somos. Ahora lo sabemos con claridad y el encanto se ha perdido. Pero tenemos una alternativa, acaso poco explorada en las corrientes de autoayuda (“lo que importa es el camino”). La clave es jugar a confundir, porque ya nos hemos dado cuenta que la batalla por evitar que nos controlen deviene en un TOC. En nuestra próxima compra en el supermercado, buscaremos desorientar al cajero. Por ejemplo, si la compra abunda en vegetales, meta en su changuito una bolsa de leña piquillín (y no incluya nada de carnes rojas ni blancas). El cajero no sabrá si usted hará un asado o más bien es vegetariano y tiene una estufa hogar.

Publicado en LaTandilura.com.ar

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