Flatulencias: una historia de mierda

Difícilmente alguna vez lleguemos a una conclusión respecto al verdadero impacto -en el orden mundial- que ha tenido Wikileaks, una organización pseudo anónima que se puso en contacto con diferentes periodistas de medios gráficos para diseminar documentos secretos de la intelligenza norteamericana. En nuestro país, uno de los bendecidos por Julián Assange fue Santiago O´Donnell, columnista de Página/12, quien unos meses más tarde publicaría “Argenleaks”, un libro que recopila los principales cables referidos a la política de nuestro país.

En la página 54 de dicho libro, Santiago reproduce un diálogo que se dio en uno de los tantos allanamientos realizado a oficinas gubernamentales en Irak, durante la época en que Estados Unidos buscaba insistentemente armas de destrucción masiva.

–          ¿Are you sure that we will found massive destruction weapons? (“¿Estás seguro que vamos a encontrar armas de destrucción masiva?”)

–          I don´t know, but this flatulence has the same impact… (“No lo sé, pero esta flatulencia tiene el mismo impacto”)-respondió David Kay, jefe en la búsqueda de armas en Irak, mientras levantaba apenas su pierna derecha al tiempo que achinaba sus ojos.

La anécdota de Santiago nos lleva a una observación contundente: ni Onetti, ni Carpentier, ni Vargas Llosa, ni Fogwill, ni Jorge Asís, nadie de la literatura universal -o al menos latinoamericana- se ha animado a simpatizar con un problema tan ordinario como lo es la flatulencia. O mejor dicho: el pedo. ¿Estamos acaso quizá en presencia de uno de los grandes problemas humanos obviado constantemente por la prensa monopólica? El interrogante está planteado.

Tomemos el caso de China donde sucede algo particular. Allí se produce el 83% de las batatas que se consumen en todo el mundo, acaso uno de los vegetales que más colaboran en la producción endógena de los gases. Por tal razón, y con el objetivo de no poner en riesgo la exportación de uno de los commodities más influyentes de la balanza comercial china, el gobierno puso en marcha el “Acá no se habla más del pedo” (ANSHMP), un organismo de control sobre los contenidos que circulan en la red. Mediante esta política, las autoridades chinas buscan evitar que las muertes por flatulencias puedan poner en jaque su incómodo proyecto político: capitalista en la economía, comunista en la política. El efecto de tal medida fue devastador para la agrupación Padres de Muertos por Flatulencias de plaza Tiab´anmen (PMFT), a tal punto que han declinado en su incasable lucha por encontrar los cuerpos de los fallecidos, entre los cuales dicen, estaría el del hijo de Hu Jintao. A partir de estos rumores, la Doctrina de Seguridad Nacional reclasificó al pedo como “peligro naranja”.

Por estos acontecimientos –sumados al de la declaración de “peligro” emitida por la OMS-, en la vida cotidiana hemos pasado a tener un respeto solemne hacia el pedo a través de acusaciones clisé: “cómo te vas a tirar un pedo delante de los demás”. Éste es quizá uno de los tantos aprendizajes culturales que mamamos de nuestros abuelos. Ellos son los primeros que prohíben este comportamiento humano básico, para luego ser también los primeros en atribuirse el derecho de dejar escapar un pedo sin querer. No por ingenuos, los niños lanzan la queja con justa razón: “el abuelo se va cagando mientras camina y a él nadie nunca le dice nada”. Serán luego, los profesionales del inconsciente, quienes nos explicarán que estas injusticias son intrínsecas al mundo real, aprendizaje que nos permitirá finalmente madurar.

En esta línea, la ¿ONG? Greenpeace viene dado batalla para evitar la criminalización de la flatulencia buscando que el pedo sea quitado de la categoría de “peligro de extinción”, dado que según afirman: “ya nadie se quiere tirar un pedo por respeto a los demás”. Algo de ello parece estar sucediendo en la mayoría de los hogares en donde han dejado todas las prácticas ordinarias del lado de la televisión.

Parece ser también, según muchos gustan de afirmar, que lo que mata al amor en una pareja y su convivencia es la rutina. Sin embargo, a los ojos del presente artículo, lo que mata al amor es la incapacidad sensible del ser humano frente a la persona con la cual se ha decidido compartir gastos y hogar. Se lanzan las peores puteadas cuando comprobamos que un pedo ha venido a inundar un ambiente, pero somos injustos dado que no reaccionamos de la misma manera cuando se trata del olor a pata. Un olor que parece estar gozando de buena prensa.

Si bien aun no existen avances científicos que permitan una manipulación del pedo cuyo objetivo pueda ser mejorar su aroma, podemos continuar afirmando que el pedo es una propiedad exclusiva de cada ser humano. Esta teoría se basa en el hecho fehaciente de que el pedo comparte propiedades similares a las de la huella digital, sosteniendo entonces que cada ser humano presenta una combinación única de nitrógeno, hidrógeno, dióxido de carbono, metano y oxigeno que deriva en un pedo único reconocible para cada ser humano. Algo así como una marca distintiva, que aclaramos, no es la misma marca que queda en nuestros calzoncillos. Esta propiedad del pedo muchas veces se oculta en diálogos neuróticos:

– ¿Te cagaste amor?
– No.
– Pero si ese olor es tuyo.
– Te dije que no.
– No te creo.

(Esa heterogeneidad de los gases es profundamente resistida dentro del círculo de la generación XYXXY -categoría que engloba a los nacidos entre los años 1962 y 1974-, dado que para ellos: “¿Pedos?, pedos eran los de antes y eran todos iguales”.

El descubrimiento del pedo distintivo parece asombroso pero no lo es. La maquinaria hollywoodense, en la rama de la ciencia ficción, supo explotar muy bien esta cuestión, dándonos un panorama acerca de lo que se supone está por venir en materia de pedos. En el capítulo XIX de la tercera temporada de “24”, Jack Bauer logra desactivar un intento de ataque terrorista sobre el Madison Square Garden gracias a su olfato. Allí, durante un partido de los New York Knicks, un fanático de los Bolton Celtics decide emitir un gas para distraer a Carmelo Anthony, cuando éste estaba por lanzar unos tiros libres. El inadaptado arrojó su objeto contundente cerca de Jack, quien supo reconocer rápidamente el peligro que se avecinaba dado que se trataba de un claro pedo proveniente del mundo árabe.

Sin embargo, el pedo no es una propiedad exclusiva del mundo mediático. Los mortales también debemos lidiar con él. Y el riesgo de padecer un paro cardiorrespiratorio por no ventilarlo está siempre latente. Por esa razón, el pedo merece también un trato más irrespetuoso (o menos solemne) que el que comúnmente le damos. Y en este sentido vale la pena ser firmes. Tan firmes como lo fue un ex presidente argentino cuando golpeó la mesa durante un programa de Mariano Grondona al grito de: “yo soy un presidente que golpea la mesa”: El pedo tiene una escasa duración; se trata de una pequeño viento anabático que llena el espacio para luego irse sin pedir permiso; y por eso no hay que ser tan drásticos ni exagerados. Eso sí, si el pedo persiste durante más de 3 minutos quizás sea necesario acudir al médico de cabecera.

Estas incomodidades son las que verdaderamente ponen a prueba de que está hecho el amor en nuestra pareja. El viaje en auto suele ser un tema de conflicto judicial. Cuando quien sufre de flatulencias es el encargado de conducir, la cuestión se pone jugosa o gaseosa según se quiera ver u olfatear. Toda distancia mayor a los300 kilómetrospondrá en juego la amabilidad de todos los pasajeros del vehículo. En ese contexto, el cinturón de seguridad es uno de los elementos que más atentan contra la comodidad del conductor. Su disposición diagonal hace que se dificulte la libre circulación por los intestinos de todo aquello que pueda representar un desecho. La digestión se ve amenazada por la utilización de la violencia y el pedo queda allí trabado, no sin antes hacerse notar mediante una interesante puntada que nos da dos indicios: o el pedo volverá irse hacia arriba, nos apretará el diafragma y nos hará suponer la posible inminencia de un paro en el corazón; o más bien, bajará para el deleite de todos los presentes.

Se insiste, llegado a este punto, sobre la necesidad de evacuar el pedo. El pedo representa un inmigrante sin documento que ha cruzado la frontera de manera ilegal, de lo que se deduce que es una presencia incómoda para el resto de los órganos del cuerpo. Su acumulación pone en riesgo a todo el sistema digestivo y debe haber contra él una tolerancia cero –respecto a su presencia dentro del cuerpo, obvio-. Por tal razón, la cuestión pasa por la actitud de los demás. Mucho se ha avanzado dado que las sociedades –se supone- siempre evolucionan. Y por eso, el conductor generalmente tiene la amabilidad de bajar el vidrio de una manera sutil mediante la frase: “Uy, como necesitaba un poquito de viento en la cara para no dormirme”. Acá es donde aparece el jodido o mala leche. E incluso, a veces, este rol lo cumple la propia pareja:

–          ¿Por qué bajás el vidrio? No ves que la despeinás a María.

María es la amiga de tu pareja que va atrás. Rogás porque no se lo fume todo o porque justo te toque pasar por un feet lot como para amenizar el impacto. Y cuando a la mitad del viaje parás en una estación de servicio a cargar agua para la segunda rueda de mate, le decís a tu pareja al oído:

–          Mirá, yo soy el que maneja. O sea. Si bajo el vidrio, es porque me cagué. Bancame en esa porque si no voy a tirar un volantazo.

Algo así como un código secreto de pareja.

Por toda esta historia es que me cuesta mucho llevar pasajeros en el auto. A menos que, claro, acepten las reglas de juego. Y en este sentido, aclaro: me halaga que los demás me hagan partícipes de sus pedos. Lo tomo como un gesto de fraternidad y confianza que implica haberme ganado su amistad.

Próximamente: la historia detrás del talento. Un hombre que cuando se rasca el culo, larga mal olor: ¿una nueva forma de ventilar el pedo?

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