Instrucciones para no aburrirse un día de estos

Usted claramente tiene algo y se lo puedo observar desde aquí sin siquiera conocerla. Sostenga ese algo. Nútralo con la misma firmeza que sabe utilizar para defender la idea de que en este país los impuestos no deberían pagarse. Crea en ese algo. Cuánto más lo haga, más grados de realidad bañarán su creencia.

Un algo, eso es importante.

Todavía no puede encontrarle nombre —con lo fácil que es encontrarle nombre a las cosas— pero no desespere. El lenguaje deviene como algo posterior al pensamiento.

Vuelva a lo suyo. A ese algo que usted tiene. Tener algo es un logro en sí mismo, incluso por encima de una carrera universitaria. Hay que poseer. Tener. Ser propietario. Imagínese andar por la vida sin tener nada. Qué dirán sus padres, eh. ¿Qué dirán? ¿Lo ha pensado alguna vez?
Bien. Tenemos algo. Una molestia. Pero como el mundo está saturado de molestias, hay que ser original. Su molestia posiblemente pueda ser un nuevo tipo de cáncer. Incluso uno anquilosado a un órgano todavía no descubierto. Pero qué digo, mejor aún: retome por la vía de los recuerdos y vea esa operación de apendicitis de los quince. Ahora sí, momento para el autodiagnóstico. Ese algo que usted tiene es un cáncer que se originó tras la extracción del apéndice. ¿No era que el apéndice no servía para nada? Vio, usted es tan capaz que descubrió que sí. Que el apéndice estaba para evitar ese cáncer. Ahora ponga todo eso en una frase que contenga un mayor grado de academicismo:

“Tengo un cáncer en la zona del hueco que quedó tras la eliminación del apéndice”.

Muy bien. Con ese lenguaje, a la vez llano y expresivo, usted logrará conmover a su tía abuela que siempre se conmueve tras algún episodio de inseguridad, tras un perro que se ha perdido o tras la imagen de un niño de Bombay que no ha podido terminar la primaria por culpa de una bomba arrojada por militantes islamitas. “Ay, qué desgracia Noemí”, dirá su tía abuela. Aquí ya no importa si usted no se llama Noemí.

Igual, debería llamarse así.

Lo siguiente será chequear los síntomas de lo que ahora se puede llamar una enfermedad incipiente. Se trata de la única forma que tiene para saber si está en lo correcto respecto de su diagnóstico. Lo mejor es recurrir al médico de turno. Y usted sabe muy bien que el único médico de turno en la modernidad se llama Google. Chequea los resultados y sí. Efectivamente usted tiene cáncer en la zona del hueco que quedó tras la eliminación del apéndice. Y también comprobó que padece algunas otras enfermedades más a partir de haber incluido en su búsqueda palabras como “vértigo” y “mareos”. De todas maneras, en este caso puntual, mejor no festeje. Si bien es importante tener algo, la abundancia nunca es buena. No conviene andar por la vida siendo una persona ostentosa. Redistribuya mejor las enfermedades, no las quiera todas para usted.

Tras confirmar la presunción deberá comunicar la situación a ese sinfín de amigos que espera novedades suyas todos los días. Recuerde que su última actividad online fue hace un par de horas y quizá alguien ya esté inquieto por lo que pueda haberle sucedido. Abra su cuenta de Facebook y ponga un estado en clave misteriosa.

“Gracias a todos los que se preocuparon. La vamos a luchar”.

Ahí nomás llegará una catarata de notificaciones, muchas de ellas con especulaciones por lo que le sucede; y otras que, sabiendo de la situación, optarán por aumentar el grado de confusión. Por suerte para este momento usted ya se llama Noemí. Mire qué bien quedan los mensajes sentimentales acompañados de ese nombre:

“¿Qué pasó Noemí? ¡Estamos con vos en lo que sea!”.

“Noemí, ¿vas a bajar de peso? ¿Por qué no me dijiste e íbamos juntas?”.

“Noemí, ¡qué bueno que vas a largar al hijo de puta ese!”.

“¡Fuerzas Noemí!”

Tenemos algo. Tenemos los síntomas. Tenemos el diagnóstico. Pero nos faltan las causas. Este paso será breve y efectivo. La omnipotencia necesaria para afrontar la modernidad nos hará sentir que sabíamos que esto nos iba a pasar. Recordará aquel nudo que se le armó en el pecho un domingo en el que su madre le dijo que no servía para nada; también la extraña sensación que sintió tras el final de la película “Siempre a tu lado”, la historia del perro Hachi; y el enojo que nunca soltó tras la estafa que le produjo el almacenero cuando al pedir un cuarto de queso Pategrás, éste cortó como medio kilo y dijo: “¿está bien así?”, y usted no se animó a decirle que no. Que no estaba bien así. Que lo corte de nuevo por favor.

Con todo eso le bastará para decirse a sí misma que efectivamente en la vida había que ser una persona positiva. Que eso evitaría todas las enfermedades del mundo, y también la escasez de petróleo. De allí pasará a la comprensión. Y al sentimiento de que usted forma parte, por suerte, de una comunidad. Usted no está sola en esto (¿ya la pueda llamar amiga?). Y lo comprobará al comprar el diario La Nación de un día cualquiera. Dirá el revelador artículo:

“Descubren que hay una relación directa entre creer que el mundo es una mierda y el cáncer por extracción del apéndice a la temprana edad”.

Rápidamente tres elementos servirán como consuelo para poder continuar con su vida. Primero recurrirá a la autoayuda con el objetivo de comprender que los demás son el problema de sus desgracias, siempre y cuando usted esté bien consigo misma. No importa el otro, solo importas tú. Y tú. Y solamente tú.

Segundo, necesitará de la simpleza. Los libros de autoayuda son muchos y muy extensos, y cada vez resulta más difícil creer en alguno de todos esos autores con bellos mensajes. Apele mejor a las frases que resumen la existencia tras siglos de análisis filosófico.

“La vida es una sola, vívela como si fuera la última”.

“Abraza tu nombre con la misma calidez de la frazada”.

“Si creés que las cosas van a estar bien, van a estar bien”.

“Para conseguir un logro, hay que entrenar en la semana”.

“Aférrate al dieciocho, por algo son la cantidad de hoyos que tiene una cancha de golf”.

Y tercero, mediquesé. Nunca, pero nunca, se anime a desconfiar de los laboratorios. Estos trabajan las veinticuatro horas para usted y para su salud. Es más, trabajan tanto que necesitan vender todo lo que producen, porque si no se fundirían. Además, usted no se imagina la cantidad de cosas que puede solucionar con una pastilla. ¿Necesita rendir más? Pastilla. ¿No logra levantarse de la cama? Pastilla. ¿Creé que va a tener un ataque al corazón? Pastilla. ¿Necesita todo lo que tiene un pescado pero no quiere cocinarlo? Pastilla. ¿Quiere mantenerse en línea? Pastilla. ¿Tiene la voz como la “negra” Varela? Pastilla.
Recuérdelo: si es Bayer, es bueno.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>