La deuda externa se paga bailando

Cuando voy a reuniones sociales donde no conozco a la mayoría de los participantes suelo sentirme desolado. Una sensación de “todos sabemos lo que pasa pero preferimos hacernos los boludos”. Mi abuela me dice que los llame por su nombre: “hipócritas” (hace tiempo que ella pretende que hable en forma directa y sin tantas vueltas). Prefiero creer que no tengo nada interesante para decir y entonces decido callarme. Además, de la hipocresía vive este mundo, salvo hombres memorables como Marcelo Bielsa.

Ahora bien, en determinados lugares y situaciones hacerse el boludo conlleva una sensación de placer. “Me hago el boludo y cuando ella se levanta a renovar su fernet, yo voy y me preparo otro. Ya cerca de ella, me vuelvo a hacer el boludo y le digo: ay pero cómo estamos tomando hoy, loca”. Pocas veces esa forma de hacerme el boludo tuvo éxito, pero en fin, lo que quiero decir es otra cosa, como siempre. Como cada vez que me pongo a hilvanar alguna idea. ¿No es acaso el mundo la representación fiel del Monopoly? Sí, ya lo sé, es al revés. Pero nos encanta hacernos los boludos. Estamos en una timba. Pero una timba que no responde a un orden natural que creemos no se debe tocar, sino a un orden social que sí podemos cambiar. Siempre me pregunto cómo hemos logrado aceptar la forma de vida actual. En algún momento nos vamos a morir, y sin embargo, muchos quizás nunca lleguemos a disfrutar de un plasma de 42 pulgadas viendo “Shakespeare in love”. Es decir, el hombre inventa cosas y el mismo hombre (o Juan Garbarino por ejemplo) priva a muchos de su uso. Nos condenamos a nosotros mismos. Creamos cosas maravillosas, pero para disfrutarlas, tenés que pagarlas. No digo nada nuevo, pero no deja de sorprenderme. Quizás por eso siempre me gustaron las películas donde roban un banco. Ese robo perfecto, sin sangre. Utópico.

Cuando iba a la primaria, lo primero que me llamó la atención del mundo fue que somos un país condenado desde el nacimiento. ¿Por qué? Porque viviremos eternamente con una deuda impagable, y que año a año consume miles de millones en intereses. En mi barrio, cuando se le debe a alguien, éste te tiene agarrado de las pelotas (perdés autonomía). Y las deudas de los países como el nuestro sostienen las economías de otros. No tengo acceso al presupuesto de EEUU, pero seguramente en el apartado de “ingresos” un buen porcentaje se lo debe llevar el ítem “intereses de deuda”.

Hace un tiempo me encontré con una idea brillante. Se la debo a Aníbal Ford, cuya pluma ha muerto y a quien esta mención será un brevísimo homenaje. Dudo que la idea pueda ser aplicada en Tandil, lugar donde a nadie se le cae una moneda. Basta con ir una tarde a Avellaneda y Santamarina para ver como nadie baja el vidrio…Quizás el censo arroje que en nuestra ciudad hay en realidad más autos que personas, y que dar la vuelta al centro en ellos es una pelotudez.

La historia dice así*:

– ¿Trajo los cassettes? ─le pregunté.

– Sí.

– ¿Y el grabador?

– También ─mi vieja seguía sacando cosas del bolso.

– A ver, deme.

Busqué una chacarera y ahí nomás le metimos con mi vieja a una chacarera de los hermanos Díaz. Y después a un pasodoble, a un tango, a una cumbia, a un foxtrot. La gente comenzó a aproximarse. Yo me saqué el pantalón y me quedé en calzoncillos, total estaba con mi vieja, ¿no? Y lo puse sobre el piso con un cartelito que decía: “A voluntad, pero en dólares”. Y empezó a caer la guita. Hasta vino gente de la radio. Yo me puse nervioso cuando me enchufaron el micrófono pero pude decirles clarito: “Yo y mi vieja le dedicamos este triunfo al indio y también acá, a los muchachos del barrio, de la calle Gurruchaga”.

El primer día bailamos con mi vieja ocho horas y juntamos 456 dólares, lo que quiere decir que si hubiésemos bailado doce horas hubiésemos juntado 684 dólares. Esto quiere decir que yo bailando con mi vieja doce horas todos los días tardaría en pagar la deuda externa (no la ilegítima, por supuesto) que es de 28.654.000.000 de dólares, tardaría repito, 41.891.812 días. Es decir 119.011 años. Ahora bien, supongamos que juntemos unos cuantos compatriotas que estén dispuestos a bailar con su vieja durante doce horas durante cuarenta años, lo que es un lapso razonable. Se necesitarían nada más que 2975 argentinos que se pusieran manos a la obra. Y dígame si no va a encontrar en este país 2975 argentinos que estén dispuestos a bailar con la vieja durante cuarenta años chacareras, valsecitos, pasodobles, milongas, chamamés, cumbias y otros bailes. ¿O somos malnacidos? Además, dígame, es para conmover al Fondo Monetario, ¿no? ¿O ellos no tienen madre?

* “Mi vieja seguía sacando cosas del bolso”, Anibal Ford, Del Orden de las coníferas.

PD: Al nacer, cada argentino debe (simbólicamente) unos 5.405 dólares a los bancos extranjeros.

Publicado en CosadeSerranos.com.ar

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