La errática vida de José Ernesto Che Meará-Hoy

Un día, sentado sobre el cordón de la calle y mirando como caía el granizo sobre el techo de un Audi A3, José Ernesto Che Meará-Hoy llegó a la conclusión de que su padre era un reverendo pelotudo. La afirmación, que por momentos tuvo esa agradable sensación que tienen los descubrimientos, vino a dar cuenta de su extremada sensibilidad y de su constante incapacidad para tomar las cosas a la ligera. Porque claro, a la ligera era la manera que tenía su padre de tomarse las cosas.

José Ernesto Che Meará-Hoy había empezado a tener actitudes que eran incompresibles al sentido común. Para la ciencia, lo de José Ernesto era algo que ellos habían dado en llamar “tendencia al comportamiento errático”. Una enfermedad incurable que se manifiesta por hacer lo que no se espera que uno haga en una determinada situación. Tan extraño como paradójico.

Los médicos en cuestión habían descubierto la enfermedad casi por casualidad, cuando se encontraban en un parque realizando prácticas con estudiantes de Medicina acerca de la “preocupación social del médico ante hombres en situación de calle”. Durante esas jornadas, presenciaron la semifinal de un torneo amateur de fútbol 7 organizado por el Centro de Estudiantes de Pilcomayo en Tres Arroyos (CEPITA) que se jugaba en una de las canchas del parque. En uno de los equipos jugaba José Ernesto. Y lo curioso fue cuando José Ernesto, que se dirigía lentamente hacia el córner para ejecutarlo, cambió la velocidad, tomó la pelota con sus manos y salió corriendo sin decir una palabra. No volvió nunca más y nadie supo hasta donde había corrido. Días más tarde, los familiares comunicarían que José Ernesto tenía temor de jugar el partido porque sentía que existía la posibilidad de que no tuviese ganas de jugarlo, y que en cambio, decidiera salir corriendo en pleno partido sin decir nada. “A veces, tantas posibilidades matan”, dijo el abuelo que había descubierto el Viagra hacía unos pocos días y que no se estaba sintiendo muy bien.

A José Ernesto, la vida se le presentaba como un drama eterno. Por lo menos así lo sintetizaban sus amigos: “Un día lo invitamos a cenar afuera. Queríamos celebrar que Aníbal finalmente había encontrado cuál era la página donde había dejado la lectura de su libro. Pero nos llevamos una sorpresa cuando para definir el restaurante, José Ernesto había dibujado un cuadro de flujo de entrada y salida con 140 dramas que podían ocurrir en la salida. Finalmente, hicimos hamburguesas en mi casa”.

A la edad de los 30 años, la vida de José Ernesto Che Meará-Hoy tuvo un giro inesperado que habría de darle un respiro a su intensidad. En esa ocasión, se encontraba reunida toda la familia para celebrar la cena navideña. Un evento que acostumbraban a festejar todos los años, salvo el año anterior que había sido suspendido porque no habían logrado comunicarse entre sí para ponerse de acuerdo. Hacía poco que habían comprado una flota de teléfonos nuevos para todos y nadie conocía el número del otro. En ese marco, y pocos minutos antes de que el reloj anunciase las doce, su padre decidió contar un chiste: “¿Saben cuál es el hermano optimista de Bruce Lee?”. “¿Cuál?”, preguntaron todos al unísono. “¡Obviouslee!”, gritó el padre. En ese instante, José Ernesto sintió un impulso. Miró a su padre a la cara y le dijo: “¡Pero qué pelotudo!”. Se río. Todos rieron. Y él le dijo al oído mientras lo abrazaba: “Igual te quiero”. Pero su padre no respondió. Lo corrió a un lado y mirando a los chicos que abrían sus regalos, les dijo: “¡Papá Noel no existe!”.

Publicado en LaTandilura.com.ar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>