La historia detrás de la novela perfecta

― Efe, i, ene. –relató Osvaldo Borneana, casi con la misma euforia con la que Víctor Hugo Morales relató el gol de Maradona. Se sentía exultante y no era para menos. Acababa de terminar la obra de su vida. Se estiró hacia atrás, llevó sus manos sobre la nuca e inclinó la silla para disfrutar del momento. No podía quitarle la mirada al punto que daba fin a un trabajo perfecto. Era redondo, como todo punto, pero brillaba un poco más de lo normal. Sabía que había logrado escribir la mejor novela en años. E incluso su cuerpo era aun más optimista. La respiración irregular y el titileo de su ojo derecho le hacían pensar que estaba en presencia de la mejor novela de la historia.

Osvaldo Borneana sacó la última hoja y la puso encima de las otras doscientas noventa y nueve que había escrito con su Remington Sperry Rand. “El numero perfecto”, sostenía Osvaldo. Trescientas hojas era la extensión de la mejor novela del mundo. Y la había escrito en una máquina a la cual se le habían borrado las letras de algunas teclas. Pero Osvaldo no necesitaba mirar para escribir, tenía los movimientos automatizados. No había ni una sola equivocación de tipeo. No sólo era la novela perfecta, sino también, el proceso de escritura perfecto.

Osvaldo había comenzado a escribir “Cien años de cautelar” a las nueve de la mañana y para las tres de la tarde ya la había terminado. La escribió “de un saque a la T”, como se suele decir en la jerga de los escritores.

¿Qué necesitaba tener una novela para ser perfecta? La pregunta inquietaba a Osvaldo. Hoy, después de terminarla, pensaba si había logrado cumplir con todos los requisitos, si se trataba de “más de lo mismo” o era una prórroga de su constante fracaso. Empezó a recordar a sus amigos. A los escritores con los que se juntaba a charlar sobre el futuro de la narrativa Argentina. Se le vinieron algunas ideas que había escuchado en el último encuentro: “Referencias al combustible espiritual en la literatura post Dostoievski”.

“Los personajes tienen que ser creíbles” decía Yofre, especialista en cuentos breves. La novela tenia a los Buenastardes, una familia acostumbrada a los negocios oscuros y a las contestaciones ridículas: “Para mí no son buenas”. “Tiene que haber un suceso más importante que los demás” decía Anís, experto en cuentos policiales. Cuando un negocio les sale mal, los Buenastardes se ven enfrentados por primera vez a su moral. Al no encontrarla, comienzan a contratar sicarios para reencausar su poder. “Tiene que anclarse en un contexto social, político o económico” sostenía  Ceferino, profesor de Historia. La novela se desarrolla en un pueblo donde el único juez vivo se encuentra perdido hace más de cien años en el Triángulo de las Bermudas.

Osvaldo no tenía ninguna duda de que iba a recibir el mayor de los reconocimientos. Que su “joya”, como le gustaba llamarla, sería presentada en la próxima Feria del Libro. Se imaginaba además discutiendo con editoriales de todo el mundo para traducir “Cien años de cautelar” a otros idiomas. Y por qué no, fantaseaba con obtener el Premio Clarín a la mejor novela.

Osvaldo se levantó de su silla para ir hasta la cocina. Salió del cuarto lleno de libros y con grandes cortinas que impedían la entrada de luz, y fue a buscar vino que tenía guardado para esta ocasión. Destapó la botella, sintió su aroma y sirvió media copa. Volvió a olerlo y luego lo tomó de un solo trago. Era exquisito, aunque sabía que no se trataba del vino perfecto. Volvió a su cuarto, tomó las trescientas hojas, les puso una banda elástica, se puso la campera y la bufanda, respiró y finalmente salió para la editorial de su amigo. Quería comenzar el proceso del éxito.

― Acá tenés la novela perfecta.
― ¿Y cómo lo sabes si aun no la leyó nadie? –contestó Pedro, dueño de la editorial.
― ¿Te pensás que te diría algo así si no fuera cierto?

Puso sobre las manos de Pedro las trescientas hojas y se fue.

― Ahora te toca a vos –le dijo al retirarse.

La obra se publicó meses más tarde. Pedro conocía a Osvaldo del colegio secundario y no iba a negarle su deseo. “Cien años de cautelar” resultó, para el publico en general, una bosta. Y esa sentencia fue lo que determinó que se la considere como la peor novela de la historia. Pero al menos, fue considerada una novela.

Publicado en LaTandilura.com.ar

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