La maldición del consumo

Tener lo elemental”, dice el Pepe, en medio de hombres importantes, que lo son, en la apariencia, porque llevan trajes. Habla en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sustentable Río+20. Detrás de él, sin gracia, están las banderas de los países del mundo. Dan la apariencia de que todo el planeta está representado, pero es eso, una apariencia.

A ella le llegó el dato por una amiga. Que si empezamos a hilar fino, es la amiga, de una amiga, de una amiga. Desesperada, estaba en busca de una caniche toy. Un ¿perro? que está de moda entre las chicas fashion, que necesitan, como bien lo explica el psicoanálisis, un objeto transicional. “Un objeto material en el cual un infante deposita cierto apego, por ejemplo, un muñeco de peluche o un trapo”. O en este caso, un perro que alcanza con agarrarlo entre dos dedos de la mano. Ellas no la van a reconocer, obviamente. Porque la debilidad, queridos amigos, hay que ocultarla o negarla.

Estamos gobernados por la globalización y el mercao”, acentúa el Pepe. Y si bien él no lo mencionó, el mercao tiende a defraudarnos regularmente. Por ejemplo, a ella. La del dato. Que decidió ir una madrugada hacia La Salada, donde le habían dicho que vendían su caniche toy. Al llegar, hizo lo que cualquiera que se enfrenta a un producto en el mercado hace: se enamora. “Ay, quiero ese”, dijo. “Mirá cómo me mira”. Se lo envolvieron con papel de diario y a ella no le importó. Era la tapa del diario Clarín. Decía algo de Boudou. “Me tienen harta con la política”, pensó cuando se subió al micro para volver.

Esa noche estaba de estreno. Tenía su caniche toy al que había bautizado como “frula”, una palabra que siempre usaba con sus amigas en Twitter “mandale frula nomás”. Se acostó y se durmió abrazada a su caniche toy, como buen objeto transicional. Esa noche, a diferencia de otros días, no soñó nada. En realidad, no lo recuerda.

Al despertar, Frula no estaba. Su caniche toy amaneció arriba del microondas, que estaba arriba de la heladera. En la cocina. Y al día siguiente, lo mismo. Se dormían juntos, pero amanecían separados. Como buen matrimonio. Y siempre, su caniche toy aparecía arriba del microondas. Al tercer día, Frula tenía que pasar por la veterinaria a que le dieran sus primeras vacunas. Y allí se quedó unas cuantas horas. La chica del dato odiaba esperar, así que había decidido pasar por lo de una amiga a contarle la novedad. En pocos segundos, la noticia ya estaba en Twitter, aunque sólo le importaba a sus followers.

Al rato, ambas amigas fueron juntas a buscar a Frula a la veterinaria que ya estaba por cerrar. “No te lo puedo devolver”, dijo el veterinario ni bien ingresaron. Ni siquiera habían podido sacar sus manos de la campera, que estaban ahí porque afuera hacía mucho frío. Y agregó: “esto no es un perro, es una rata que le agregaron hormonas para que le creciera el pelo”.

Una prueba más del malestar en el mercado.

Publicado en La Tandilura.com.ar

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