Las escuelitas de fútbol

Existen tres estadíos por los que atraviesa todo ser humano: soñar con ser jugador de fútbol (incluye el estadío del espejo y un Edipo semi resuelto), intentar ser jugador de fútbol (fase anal) y finalmente, ser jugador de fútbol (etapa de la sublimación y el fin de la pulsión sexual). Quizás, a esta sencilla manera de entender el mundo deba ahora sumársele una nueva opción, la de ser el twittero más seguido, una meta mucho más alcanzable dado que no necesita de patear una pelota contra la pared desde los 5 años, y aun sabiendo que hay una mínima chance de que esa actitud perseverante no garantice el éxito.

Una gran parte de los argentinos se queda en la primera fase, hablamos del sueño de ser jugador. Allí, recurrimos a la imaginación, una capacidad sensible que logra ubicarnos en el Mundial 2014, con Brasil de local, en la final de la Copa del Mundo. Con la presencia de Hinchadas Unidas Argentinas (HUA), rematamos –pero con la mano- un centro pasado en tiempo de descuento, provocando el delirio y el fin del partido con victoria de Argentina y el título. Aquellos que tienen el inconsciente en plena producción, llegan incluso a vislumbrar con la posibilidad de que el protagonismo tomado por el gol con la mano les de alguna mínima chance de convertirse en el presidente de AFA a través de una fraude en la elección que ni el propio Grondona lo puede creer. El sueño se nos convierte en un hermoso refugio para las dificultades del mundo real. Sin embargo, están los que –aduciendo ataques de pánico- erran el gol, y llegan incluso a romperse los ligamentos cruzados cuando se lanzan en el área en busca del gol.

Pasado el primer filtro donde muchos deciden –con 30 años- retornar a vivir a las casas de sus padres “mientras busco algo nuevo para hacer”, otros menos acceden a la segunda fase. La fantasía de convertirnos en jugador de fútbol parece tan real que evitamos analizar el contexto de la situación para hacernos pensar acerca de nuestras posibilidades en el mundo de los 90 minutos. La verdad resulta tan contundente que evitamos oírla: los que llegan, son los menos. Los casos que logran transformarse en jugadores de Primera División se cuentan con los dedos de la mano y los chicos se convierten en futuras promesas por muchas cosas más que la técnica. Juega el azar, el destino, el dinero, el acomodo, la estética, la familia, el clima y la alineación de los astros.

En el medio de la vorágine, puede darse una situación verdaderamente extraña que a muchos podría presentárseles como la única oportunidad de coquetear con unos de los negocios más grandes del mundo. Aun sin poseer las mejores cualidades técnicas, aun sin venir de una familia humilde que depositó en nosotros pesos para recibir dólares, aun sin contar con la exquisita pegada del “Amarillo” López –aquel zurdo número 10 del Ferrocarril de Arozarena-, intentar ser jugador fútbol puede concretarse a través de un elemento fundamental: un contacto. El “contacto” se define como aquella persona capaz de acercarte a un club con una chance real de quedarte a jugar allí por un tiempo –después se tratará de la supervivencia del más apto-. A veces, quizás, arregla un porcentaje con el entrenador de las inferiores, y otras veces, se tapa la cara cada vez que pateás al arco en la prueba. Su comportamiento depende, en general, de cómo llegaste a él y de tus capacidades técnicas. Yo tuve el mío. Y en mi caso particular, tuve dos pequeños inconvenientes. Llegue a él por otro acomodo, era una especie de empleado de mi papá. Y el segundo inconveniente tenía que ver con que él era famoso dentro de un famoso programa de televisión. Eso llevó a que no pudiese -por compromisos éticos y morales con mi papá- comportarse de manera inescrupulosa con algún técnico de las inferiores -lo que me hubiese garantizado mi futuro-; y a que cada vez que lo miraba para comprender cómo iba mi rendimiento en la prueba de jugadores, yo me lo imaginara haciendo su sketch de humor que duraba apenas unos segundos (“Shh!”). Sólo podía reír. Hablamos de Jorge Takashima, el único japonés de la primera época del programa humorístico Cha Cha Cha. Parece que en sus ratos libres, era cazador de talentos (pueden buscarlo en youtube). Sin embargo, la cruda realidad siempre te cobra su vuelto. Aun a pesar de haber llegado con un recomendado, termina la prueba de jugadores y el técnico del equipo te mira con cara de congoja y te dice: “tu puesto ya lo tenemos cubierto, igual, hacé gimnasio y volvé a probar chances en el verano”. Es fundamental no entender esta frase en su sentido literal, sino, correremos el riesgo de volver todos los veranos…

Finalmente, todo ser humano llega a la etapa actual. Comienza talleres literarios, arma su blog, le pone poesía a sus mails, comenta en las páginas más populares y sigue en Twitter a todos los famosos. Es la etapa donde uno puede afirmar que ha madurado y solo se dedica al fútbol para divertirse.

Publicado en LaTandilura.com.ar

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