10) Llueve

Extrañaba las lágrimas. De esas que viene para relajar, no para poner en un estado de alerta de que algo no anda bien. Relajar. Qué linda palabra. Qué tan extraña me parece. Qué tan difícil me resulte asimilarla, entablar una amistad con ella y dejarla entrar a mi ritmo. Nunca tuve un ritmo tranquilo.

Ayer mi hermano me dijo que en Tandil vieron videos de cuando éramos chicos. “Hiperquinetico”, me definieron. No le erraron demasiado.

La historia se vuelve a repetir. Vos dijiste: “ah pero un trabajo con menos presión, imposible”. Ja!, digo hoy. Cualquier actividad representa hoy para mí un desafío. Aparece una llamado, dos notas, las realizo, se aprueban, tomá dos más y ya me fui al carajo. Mis manos están temblando, la ansiedad se hace presente con sus síntomas más reales. Tengo ganas de llorar, porque llorar me hace parar el ritmo. Quiero todo, siento que dejar pasar las oportunidades es una pérdida. Si no, no sé en qué consiste la vida. Pierdo ese horizonte de sentido. No tengo otro. Nunca tuve otro.

Y la revista de acá. Y el portal de noticias allá. Y otro proyecto que aparece. El entusiasmo deviene en una crisis nerviosa. La exposición, todo lo siento como una exposición. Mi vida la veo como un concepto de valor. Valés o no valés. Y quiero salir de esa lógica. Me destroza. No me deja disfrutar.

Lloro más cuando me doy cuenta que esto ya no se trata de esa clásica etapa donde uno le echa la culpa a sus padres. Esto ES lo que soy. Un ansioso y autoexigente, que siempre creyó que podía con todo. Esto no se puede cambiar. Acaso, ¿de qué se trata el cambio entonces?

La puta madre que le doy tanto valor a todo. Quiero flotar. Dejarme llevar. Dejarme de juzgar.

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