Los detectives salvajes (Roberto Bolaño)

Reseña de Los detectives salvajes, Roberto Bolaño.

2 de noviembre. “He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así…”

La primera advertencia es que el libro de Roberto Bolaño, “Los detectives salvajes“, no parecer ser uno de esos libros para cualquier momento, y mucho menos para la playa en eso que los diarios llaman “book hunter“. Exige una entrega casi total al micro mundo de sus personajes, que son muchos, que toman la palabra a lo largo de las más de 600 páginas para -persistentemente- intentar confundir al lector con desviaciones neuróticas sobre lo que son, sobre lo que ellos creen de la vida y sus circunstancias. Pero eso no ocurre si estamos compenetrados, porque en el fondo de la historia, se habla de un único e inquieto mundo donde todo (y todos) estarían relacionados.

La primera parte del libro se llama “Mexicanos perdidos en México“. Funciona como una extensa introducción que nos habla de un momento histórico de México, de Latinoamérica y de un estado cultural de adolescentes universitarios. Pone en escena a los personajes que luego irán tomando su voz en la segunda parte. Y lo hace mediante una narración por fechas que tiene, entre otras cosas, una búsqueda por un movimiento poético, por su identidad, sus textos, sus protagonistas. Los real visceralistas, un estilo que nadie sabe muy bien qué es, ni que lo define, pero que está ahí, como un ideal que se busca y nunca se encuentra.

La segunda parte llamado Los detectives salvajes es de una riqueza narrativa que a los más desprevenidos termina por sorprendernos. Su técnica de escritura y la estructura que construye termina por ser una extensa telaraña que se construye silenciosa, y que al descubrirla, ya no podremos salir. En ese tramo del libro, Bolaño nos sumerge a la búsqueda de la fundadora de los real visceralistas, Cesárea Tinajero. Una búsqueda que es también la búsqueda de cada uno de sus personajes, porque el rastro de Tinajero, un rastro confuso y esporádico, es la punta para navegar la historia de Latinoamérica durante las décadas del ´70, ´80 y ´90. Algunos datos y contextos históricos se dejan caer con la sutileza de un gran escritor, sin ser éstos nunca el protagonista de la historia. La desaparición como hecho trágico de nuestra región termina siendo una de las mejores construcciones de sentido que nos ofrece el libro.

Hasta aquí no he mencionado a dos de sus principales protagonistas: Arturo Belano Ulises Lima. Los “detectives” que toman a su cargo la búsqueda de Cesárea Tinajero, un camino que termina por involucrar al lector y a los demás personajes de la historia. Ellos guían lo que parecer ser una extensa sucesión de anécdotas perfectamente escritas. Siempre, con una gran dosis de misterio.

(Si es verdad que Arturo Belano es el álter ego de Roberto Bolaño, uno comprende ciertos fragmentos del libro donde los personajes le hablan a Belano bajo los códigos de una enfermera, que todo el tiempo le señala que se cuide, que lo importante es su hijo, manifestando los diferentes síntomas insoportables y eternos con los que carga Belano todo el tiempo).

La tercera y última parte del libro (“Los desiertos de Sonora“) retoma el escape original, la fuga de los personajes Lupe, Lima, Belano y García Madero. La búsqueda de Tinajero continúa y llegará a su fin. Allí, vemos a estos personajes bajo la lupa de todo lo que ha sido escrito anteriormente. Cada uno de ellos tiene ahora un peso histórico, una identidad, matices. Y los vemos moverse tras las palabras de todos los personajes que han tenido algo para decir sobre ellos, durante la segunda parte del libro.

Los detectives salvajes me pareció uno de esos libros que pueden cambiar tu percepción sobre lo que es una verdadera historia. Sobre cómo se construye una trama desde la escasez de datos concretos, propios del thriller policial. Porque siempre está significando a algo que está por fuera de la historia y que cada uno deberá indagar, si así lo desea. Algo está claro: Bolaño no quiere ayudar al lector, no piensa en él, ni lo pensó al momento de plantear la historia. Lo que se percibe es un clima permanente, una nube que te acompaña tras dar vuelta cada página. Esa es la única garantía.

Cerramos el libro y los nombres de Arturo Belano y Ulises Lima permanecen a nuestro alrededor como ecos que resuenan cuando nos miramos a nosotros mismos intentando comprender algo más de nuestra existencia. Reflejos permanentes de los caminos que a veces tomamos, medio por azar, medio por intuición, pero nunca por una planificación consciente. Algo así como la idea de lo errático, eso que suele dar riqueza a una persona que hace algo más que ir a su trabajo todos los días.

Algunas fragmentos que me anoté del libro:

¿Y ese Marco Antonio, quién es?, dijo el inspector. Un poeta, dijo Álamo secamente. ¿Pero un poeta de qué tipo?, quiso saber el inspector. Un poeta surrealista, dijo Álamo. Un surrealista del PRI, preciso Labarca. Un poeta lírico, dije yo. El inspector movió la cabeza varias veces, como diciendo ya entiendo aunque para nosotros estaba claro que no entendía una mierda. ¿Y ese poeta lírico no quiso solidarizarse con la revolución sandinista? Bueno, dijo Labarca, es un poco fuerte decirlo de esa manera…“.

Sólo nuestro silencio nocturno cuando a cuatro patas nos dirigimos hacia las hogueras que alguien a una hora misteriosa y con una finalidad incomprensible ha encendido para nosotros. El azar nos guía aunque nada hemos dejado librado al azar… Un escritor debe parecer un enano y debe sobrevivir” .

Los detectives salvajes fue publicado por primera vez en 1998, año en el que se le otorgó el Premio XVI Herralde de Novela. Roberto Bolaño falleció el 15 de julio de 2003, tras una larga enfermedad degenerativa de su hígado. Hoy es señalado como un autor de culto, lo que me parece una sencilla estrategia de marketing. Lo que da pena, porque termina siendo usado por las editoriales cuando él ya no tiene nada para decir. Lo mismo ocurre con Mario Levrero.

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