Me gusta: del clic a la alienación

Es como tirar alcohol a esa brasa que aún no terminó de apagarse. O como poner la batidora en “4” cuando solo echamos un pote de 200ml. de crema. Lo que sigue es mucho peor a Michael Douglas en “Un día de furia”. La pregunta que provocó el estallido llegó a mi cuerpo a través del aire, pero inmediatamente se depositó en una neurona y ésta hizo su respectiva sinapsis. “¿Cuál te gusta más?” preguntó ella, que en cada una de sus manos sostenía una prenda diferente desde la parte superior de la percha y las movía al ritmo de la canción“Takatá, a mi me gusta cuando las mamitas hacen ta-ka-tá”.

Digamos que durante miles de años (no hace falta precisar aquí un número exacto) hemos organizado al mundo entre los vaivenes del “” y el “No”. Y con el tiempo, hemos agregado a nuestra cosmovisión del mundo el mágico artilugio del “No sé”, como para evadir la pesadez de la aprobación o la negación. Los liberales nos han enseñado muchas cosas. Entre ellas, dos fundamentales: el mercado puede comportarse como un ser humano que se bajonea; y la duda mata al hombre y al gato también (por las dudas, como para que no queden testigos). Pero lo bueno es que no siempre hay que hacerles caso a los liberales. Y entonces el “No sé” logró convertirse en el refugio de los más débiles.

A pesar de la infinidad de acontecimientos que podrían hacernos suponer que el hombre va hacia su propia destrucción (por ejemplo: acabando afuera como método anticonceptivo o creando más de cien canales de televisión, lo que ahora nos obliga a apretar una conjugación de tres números del control remoto, y no dos como antes), nuestra especie se ha permitido –por suerte– el bello gesto de la duda. Tomarnos un segundo de más (como Verón para hacer el córner contra Suecia en el Mundial del 2002); hacer una pausa (como cuando el presentador del noticiero pide el “tape” pero el “tape” no llega); posponer una decisión (“mmm todavía siento que me faltan experimentar cosas”); manifestar apatía o desinterés (“no sé cuánto vale Pi, ni me importa”). A pesar de que la duda está mal vista, le hemos dado un lugar en nuestra cotidianidad. ¿Nunca notaron por qué el casillero de las encuestas con la respuesta “No sabe / No contesta” está siempre más negrita que el resto de las opciones?

Decía mucho más arriba, antes de que me agarraran las dudas en esta argumentación que vengo sosteniendo, que la pregunta “¿cuál te gusta más?” puede –en épocas de cacerolas y susceptibilidades– provocar el desequilibrio psicológico, acompañado de una emoción violenta e hinchazón de huevos. La vida, en muchos aspectos, parece estar siendo reducida a dos actitudes fundamentales: colgar la ropa y otorgar un “me gusta” en Facebook.

Lo digo hoy, antes de la llegada del fin del mundo pronosticada por los Mayas, que el “me gusta” está destinado a convertirse en un arma de destrucción masiva.

De esta manera exacerbamos nuestros síntomas más cínicos. ¿Me gusta o no me gusta? ¿Por qué le gustan tantas cosas? ¿Por qué le da me gusta a una foto mía si hace más de cinco meses que rompimos? ¿Por qué mi vieja le pone me gusta a una foto de mi viejo si están separados? ¿Tengo que hablar de esto en el psicólogo? ¿Se lo menciono? ¿Le gustará que lo mencione? ¿Cuántas cosas más me pueden gustar? ¿No es contradictorio que me guste la fanpage de La Cámpora y me guste la fanpage de Lanata? ¿Es contradictorio? ¿Existe la contradicción en el hecho de gustar de cosas? ¿Me gusta la vecina por eso saco la basura cuando ella toma el ascensor? ¿Por qué Clarín me dice que si no me gusta “La Cien” puedo apagar la radio? ¿Es verdad?

No sé si tenía tantas ganas de preguntarme cosas. Pero estoy prestando atención a mis fantasías. Si éstas antes me invitaban a largar todo para solamente viajar, ahora me invitan a dejar de sentir que las cosas “me gustan”. No quiero contestar más si algo me gusta o no. Porque, además, los gustos van cambiando. Si ayer me gustó tu estado, tu mensaje en el muro, porque sonaste así como progre, con una mezcla de melanco y una invitación a la revolución socialista: “Aguanten los caramelos Media Hora. No me lo discutan”. Hoy ya no. Hoy pasaste la raya y ya no me gusta lo que pusiste. Y tengo que marcarlo. Tengo que ir construyendo mi identidad a través de mis “me gusta”. No puedo ser contradictorio, no se permite. No me gustó que hayas puesto: “Sos un pelotudo. Sos tan pesado que prefiero escuchar como tienen relaciones los del piso de arriba”. Doloroso. No me gustó. Aunque éste artículo sí puede gustarte. Qué insoportable paradoja.

Publicado en LaTandilura.com.ar

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