No maten al verdulero

No maten al verdulero. Por lo que más quieran, no maten al verdulero. Él se llamaba Walter, un nombre bien común y sencillo que no decía nada más que el hecho de que lo llamaran “Walter”. A veces los nombres dicen más cosas porque nuestros padres han querido marcarnos con un significado más profundo. “Es aborigen”, te dicen para justificar que le han puesto “Ahoniken”. ¡Qué carajo me importa!

En las verdulerías se sigue percibiendo un aire distinto, producto del ventilador de pie que expulsa y mezcla los aromas. Algunos tienen la amabilidad de atarles unas cintas porque el marketing les ha enseñado que hay que mejorar la propuesta para unos clientes cada vez más exigentes: “es para que se den cuenta que está prendido”, me decía Walter.

A primera vista todo parece un tanto asqueroso y sucio. No hablo de Walter, sino de la ambientación del lugar. Él me decía que eso no era casual, que tenía un sentido casi vanguardista. “Lo tomé del Renacimiento, ¿sabés de lo que te hablo?”. Obviamente yo afirmaba con mi cabeza para no ser menos que él. Entonces Walter agregaba: “hay que mostrar lo sucio y lo feo tal cual como es. En el Renacimiento, las gorditas estaban buenas”. Walter acentuaba el final de sus argumentaciones, momento que aprovechaba para meter un par de papas de más: “¿Kilo trescientos es mucho?”.

 

Claro que la verdulería ya no parece ser lo que era. Cada vez nos cuesta más dejarnos ayudar. Cada vez nos cuesta más pedir ayudar. Cada vez es más fácil desconfiar del otro, entregarnos a sus brazos o a su sabiduría. Nos creemos que sabemos todo. Y a veces, querido lector, no hay nada más hermoso que dejarse engañar. Que subirse al viaje de la mentira, aun sabiendo que de eso se trata, de una fantástica mentira. Pero no, claro. El mundo moderno nos ha hecho suponer que podemos y sabemos hacer todo solo. ¿Dónde notamos el ruido de esta pérdida que queremos recuperar? En la locura de un diálogo que no encuentra respuestas porque nos damos cuenta que al final estamos completamente solos.

Con Walter se podía tener la confianza de tocarla mercadería. Agarrarun buen durazno, y mientras aun no terminaba con el cliente anterior, decirle en voz alta: “¿Están verdecitos, no?”. Ese diálogo es el que parece morir. Ese intercambio de conceptos que nos lleva a un aprendizaje superior. “Eso es una ciruela”, me contestaba Walter y entonces uno le daba vueltas a la fruta para sentirla y olerla y pensar en voz alta: “tiene razón”.

Hoy, las grandes cadenas de supermercados trabajan alineados a la idea de la autocomplacencia, como el cine en casa (LCD + DVD + HOME THEATRE). Allí, uno elige su propia fruta sin ningún tipo de asesoramiento. Apenas vemos a un muchacho desganado que nos pesa lo que elegimos y que a veces confunde la naranja para jugos con la naranja común, tipea mal el código y todo nos sale más caro. En este lugar, en determinados momentos, nos encontramos hablando solos, esperando quizás que un Walter aparezca para darnos una mano y hacer de esa experiencia un pequeño hecho agradable. Pero no será así. “Personal de seguridad, presentarse en caja cuatro”. Eso será lo único cálido que recibiremos a través del parlante de un supermercado.

Volvamos ala verdulería. Allídonde la balanza arranca en 80 gramos para cobrarnos de más. Donde nos meten otra cebolla cuando no hay ganas de dar el vuelto en monedas. Donde suena Juan Luis Guerra, porque como pedía Walter: “Ojalá que llueva tomate en el campo”…

Publicado en LaTandilura.com.ar

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