Novela “La muerte del Señor Miyagi”

Se escribe porque se fantasea. Y una vez que la fantasía toma forma de libro, vienen otras. Las más delirantes. La creencia de que el libro circulará, será leído y recibirá comentarios por ello. Se descree del tiempo actual del mundo para sentir, tan pesadamente y a la vez hermosamente, que nuestra historia es una de las primeras escritas que se han escrito en la historia de la palabra. Y que los métodos de validación de un escritor, uno, en estas circunstancias, es capaz de pasárselos por las pelotas. Cuando las pelotas piquen, volveremos a la realidad. A la normalidad. Y nada será ni tan grave, ni tan desilusionante. 

TAPA:

No hay tiempo: esa es la terrible sentencia con la que cerramos una posibilidad. No hay tiempo. En realidad, ¿no hay tiempo para qué? Y esto es lo primero que tenía ganas de decir. No solo que hay tiempo para hacerlo, sino que además, podemos usarlo para volver a contarnos la vida de la forma que más se asemeje a la calidez de un abrazo matutino. Mirarte. Mirar lo que ha pasado. El alrededor. Los detalles. Una palabra. Ese barrilete -diseñado artesanalmente- como el único recuerdo de un juego infantil. Pocas cosas alcanzan y son suficientes para tomarlas, meterlas en una licuadora, y crear una ficción que sea capaz de traer la risa al presente.

(Primer paréntesis). Una vez me diagnosticaron que transportaba junto a mi cuerpo un exceso de fantasías. Quizá esto no era lo problemático, sino que la incomodidad y el síntoma permanente venían por la incapacidad de tomar una de ellas y hacer algo lúdico, creativo. En definitiva: jugar con esa fantasía. La niebla nunca se disipaba. Realidad y fantasía eran lo mismo. Gran error. ¿Por qué? Porque en general, las fantasías no están para cumplirse. Solo son la mejor zanahoria que nos han puesto por delante. Podés perseguir eso, o perseguir el puesto de Team Leader del área de Supply Chain de una multinacional. Ambas son igualmente truncas. Pero seguramente conlleven distinto sabor.

Lo segundo que quise hacer fue un desahogo. Durante casi dos años, escribía como una forma de frenar el llanto. Puedo asegurarles que cuando la angustia llegaba a un límite tal de confusión en el que era posible tirarse por una ventana, el teclado y cada una de sus letras funcionaban como el mejor gimnasio de tu barrio. Teclear era la forma de pisar suelo firme. Cuando pude finalmente correrme de toda esa vorágine, releí mucho de lo que había escrito (muchas veces con los ojos cerrados). Y una palabra, a veces con sinónimos, se reiteraba, sin desear ocultarte: padre, viejo o papá. Así que, lo segundo que quise decir fue una historia sobre la paternidad. En una década (los noventa), donde descubrí que muchos de los padres de mis amigos se habían ido. No de sus casas, sino de la responsabilidad. Los padres seguían ahí, tirados en un sillón viendo los mejores culos del país.

(Segundo paréntesis). Dije “bueno, vamos a jugar una de esas tantas fantasías“. Escritor. ¿No podías buscar una menos pretenciosa? Ojalá. Supe que una de las pocas cosas que me salían cuando volví a caminar nuevamente era escribir. No tenía demasiadas alternativas. Ojo, también me gustaba la jardinería. Y abrí una plantilla de Word, en A4 y con márgenes que todavía no se parecían a los de un libro. También hice otra cosa. Algo que luego comprendí como un mecanismo de supervivencia: le mandé un mail a un amigo. “Vamos a escribir una saga y necesito que cada capítulo que te mande, vos le sumes tu mirada“.

Lo tercero que quise decir fue una etapa: final de la infancia, comienzo de la adolescencia. Todo esa combustión que define toda nuestra existencia posterior (¿no me creés? ¿Acaso lo que estás haciendo ahora no tiene un recuerdo infantil?), mezclada con una coyuntura. Con una forma de ser. De mirarse los unos a los otros. De gastarse bromas. De irnos del país. De ir soltando las manos para abrazar una pantalla. O un discman. O todo lo que Sprayette tuviese para vendernos. Lo que finalmente quise decir es que ser un niño que está entrando (y finalmente atraviesa) a la adolescencia después del ´95 fue una experiencia que nos predispuso a una expectativa: comernos el mundo. Nos convertimos en valientes. En desafiantes. En autosuficientes. El mundo era una selva y nosotros fuimos los mejores leones.

(Tercer paréntesis). Mi amigo se tomó la propuesta como el mejor de los amigos: algo no tan serio. Yo escribía y escribía, mandaba el mail esperanzado, y sus palabras llegaban escuetas. Pero claro, cada capítulo hablaba más de él, y mucho menos de mi padre. Como si una figura había reemplazado a la otra. Me metí con su familia, con su historia, y esto (lo digo ahora) espero que no le haya abierto el corazón. No todos, y esto hay que saberlo, tienen ganas de volver a contarse su vida. Su primera respuesta fue genial y tuvo algunos comentarios precisos: “Acordate que los rulos recién me los dejé en el 2002 para parecerme a Elijah Hood“; “estaría bueno adicionarle un apellido al personaje del gordo, por ejemplo, Camarasa (que actualmente es un próspero comerciante de cloro, con un romance siempre sospechado pero nunca confirmado con su empleada)”.

Así que lo cuarto que quise decir fue una teoría. ¿Qué pasó con todos los sujetos que atravesamos esos tiempos? Algo pasó, al menos, que pueda animarme a generalizar y aventurar. En cada rincón de una ciudad enferma y violenta, pero a la vez encantadora como todo perverso, comencé a escuchar un comentario que se repetía. Cada conocido, cada amigo de amigo, sufría de algo que se nombraba de a poco: ansiedad. Y no solo eso, venía acompañado de un ataque. El del pánico. Y lo que todos explicaban como síntoma era la sensación de que se estaban por morir. El mundo, amigos, había dejado de ser ese que ya estaba conquistado. Ahora había temores, dudas, rechazos, inseguridades. Se producía una reelaboración original del individualismo: había que refugiarse en casa, porque afuera no podíamos respirar. Nadie era capaz de tomar tus hombros (si era en plena crisis, mejor) y pegarte una buena sacudida para sentir que el Otro no era un peligro. Ser fraternales, le dicen por ahí.

(Cuarto y último paréntesis). Mi historia dejó de ser mía y se convirtió en la historia de dos. En la ficción de una amistad capaz de permitirte la supervivencia en una selva. Los capítulos comenzaron a tener un “Lado A” y un “Lado B“. Y a partir de ahí, todo lo demás fue la mejor historia que nos pudimos contar. Después de seis años, la novela se publicó.

La muerte del Señor Miyagi” es la forma que encontré para darnos una oportunidad.

CONTRATAPA:

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