Pensar en el otro

Siempre voy a preferir los hechos. Porque ahí se desnudan las disputas y todos quedan en estado de ordinariez, es decir, reducidos a la condición más humana del hombre que lo lleva a reflexionar sobre lo que él mismo construye. En este estado comprendemos -por fin- que todo lo que nos rodea, salvo la naturaleza, es producto del hombre. Y por lo tanto modificable. Esta es una enseñanza que también le serviría a los publicistas en estos tiempos donde los spots vuelven a inundar las pantallas.

Desde mis ojos, que apenas recién empiezan a pedir lentes para ver de lejos, Tandil no es una ciudad particularmente gustosa de expresar en la calle lo que siente. No hay un ánimo, intención o pasión por ocupar el espacio público y hacer de él una plataforma para la instalación de las demandas. Digamos que el reclamo -válido o no- tiene que encontrar puntos de difusión y adhesión para poder ser atendido. En Capital les gusta decir que a las demandas hay que colocarlas en la agenda y de ahí que lo principal sea provocar caos de tránsito. Este juego perverso ya es una costumbre y todos conocen y aceptan las reglas de juego. Los medios aparecen y los manifestantes -aun a pesar de entregar el significado de su reclamo a la mirada editorial- están conformes porque aunque sea se menciona el por qué del corte (aunque no en todos los casos)…

Llegamos al primer quiebre. El espacio público de Tandil nunca fue ganado por la ciudadanía, organizaciones o cualquier otra instancia de articulación colectiva. No existen puntos simbólicos que desequilibren al poder, como puede ser la ocupación de la Plaza de Mayo. Lo cual lleva a entender, quizás, por qué la medida resulta burda pero eficaz: dejar los camiones en la puerta de la Municipalidad. Su único efecto es hacer sentir el rigor a un gobierno municipal que se supone es más endeble -en términos de apoyo popular en las calles- que un gobierno provincial o nacional.

¿Por qué esta manera de encarar el asunto? Tandil no quiere movilizarse (esperemos que hasta ahora). Tandil no tiene líderes populares, representantes del pueblo, no tiene estructuras para el reclamo o en este caso, apoyo para la aplicación de una ley democrática e importante en términos de los intereses que toca. No existen canales ya establecidos por donde se pueda disputar el poder. Puede sonar asqueroso pero también sería interesante reconocerlo como tal. Saber que en nuestra sociedad muchos están bien y no quieren participar por el único interés que resulta participar: pensar en el otro. Así funcionan las sociedades que han dado algunos pasos. Recuerdo que antes de que se sancionara la ley, un grupo de personas circulaba por las calles del centro en reclamo por las sierras. Eran pocos pero entusiastas. Y los demás, tomaban su café en el Golden esperando ver cómo evolucionaba el precio de la soja. Lo que hasta se ve es la convocatoria a un apagón en repudio del bloqueo. En este momento, los muchachos camioneros quizás estén riendo. Se trata de una especie más austera y artesanal que los cibermanifestantes. El apoyo o la defensa de aquello que se cree válido debe hacerse en la calle. Eso tiene que aprenderse y es un buen momento para hacerlo, aun sabiendo que los camioneros ya superaron esa instancia y ocuparon la calle primero. La declaración de apoyo realizada por artistas, personalidades de la política, la cultura y demás está muy bien. Y era lo que debían hacer. Pero no alcanza. La calle es lo que importa. Esta situación nos lleva, una vez más, a entender la política: una lucha constante por el poder. Y es sano que así suceda. Por esa razón sostengo una y mil veces una cruzada contra la izquierda ortodoxa actual: es necesario cambiar las cosas desde adentro, construyendo poder. Una ley que no pueda defenderse en la calle es muy probable que pierda el rumbo. Por eso también doy por válido el apoyo popular, porque en estos casos, es necesario. Y es algo que también ocurrió con la Ley de Medios y la cláusula de desinversión. Esa batalla, judicializada, la ganaron los grandes empresarios. Ni siquiera la calle alcanzó para apoyar una medida democrática. La situación parece estar en su punto más álgido. Y ocurre en el medio de una pronta elección. Es, este contexto, el que hace dudar sobre cómo se va a resolver la cuestión. Está claro que no debe haber una sola voz a favor de la medida de cortar la calle, dado que el argumento en pos del mantenimiento del trabajo es una pelea que hay que dársela, pero a los dueños de las empresas.

Por lo pronto, un llamado telefónico no alcanza y Scioli deberá presentarse en persona si es que quiere destrabar el conflicto. Tandil sigue demasiado cómoda como para quitarle esa responsabilidad al gobernador de la provincia. Movete Tandil, movete. Movete dejá de joder…

Publicado en LaTandilura.com.ar

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