Qué nona

Desconfío mucho que nuestro comportamiento esté determinado por lo que se llama comúnmente una “elección consciente”, manejada por el cálculo de variables y cotejada por el método científico. De lo que no desconfío es de esa voz matinal que inaugura mí día, con la cual entablo un breve diálogo:

– Sep, no quedan dudas. Ya estás despierto otra vez.

– ¿Y si mejor no voy a trabajar?

– No sé, a mi no me preguntes. Vos ya sabés cual es mi respuesta…

Seguido, sacudo las sábanas como si estuviera pedaleando en una bicicleta y me voy hacia la ducha. El camino se hace inestable, fundamentalmente porque mis pupilas pesan más de lo normal y los ojos parecen estar pegados. Es una interesante sensación que me lleva a plantear una inquietud: “¿me habré quedado ciego?”. En el medio, si me acuerdo, le doy una interesante patada a tres dedos al CPU para que se vaya prendiendo.

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El mes pasado, mi abuela, cumplió 89 años. Cada vez que llega su cumpleaños, se hace la coqueta porque según cuenta -cada vez acordándose de menos detalles- fue mal anotada cuando llegó con pocos años, con poco entusiasmo y con poco familiares a nuestro país.

– ¿Cómo estás abue? -mi tono quiso ser inaugural, pero la verdad que uno no sabe qué preguntarle a alguien que todos los días no espera nada nuevo.

– Bien, acá estoy –menos mal que mi abuela sigue ahí pienso-. Cumpliendo 89 o 90 años. Porque según mi documento cumpliría 89 años. ¿Te conté? Pero en realidad estoy cumpliendo 90 años.

– ¿Mamá ya te llamó?

– No, viste que hoy tu mamá tenía mucho trabajo y ya me había dicho que no iba a poder venir.

– Ah, ¿y los primos ya pasaron?

– Sólo vino Marianela.

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Mi abuela, a diferencia mía, no corre. Digamos que apenas puede caminar. En el fondo es una artista aunque ella no pueda percibirlo. El repiqueteo que produce con los tacos de sus zapatos -porque ya no puede levantar las piernas- es una melodía improvisada que seguramente sería envidiada por Mozart. Mi abuela, cuando se va a dormir la siesta, duplica el repiqueteo porque dice que así “hace la digestión antes de acostarse”. Cuando la veo irse a la pieza lleva en su mano derecha un vaso de plástico azul, el mismo que al día siguiente estará en nuestra mesa para el almuerzo. Nunca me acuerdo de cambiarlo. Dentro de ese vaso, mi abuela pone la dentadura postiza con un poco de agua para que no se seque. Cuando lo deja en la mesita de luz, mi abuela cierra el vaso con la tapa roja del queso descremado light de “La Paulina”. Calza perfecto. Más tarde, mi abuela, por segunda vez en el día, logra levantarse de la cama como si nada.

Publicado en Revista Habitus Ts.As. – Edición Octubre 2011

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