Relatos Salvajes: una risa cómoda

¿Cuál es el problema con Relatos Salvajes, la última película de Damián Szifrón? Lo político.

De alguna manera me sentí muy incómodo cuando al terminar la película todo el cine se paró y aplaudió efervescente , en lo que para ellos fue entonces “una de las mejores películas que han visto en años“. Había un ruido que me dejó sentado. Una risa que no terminaba de ser natural ni contundente. Y hasta un comentario de una espectadora a mitad de la ficción: “ay, pero qué cínico“, en referencia a la actitud y forma de comportarse de uno de los protagonistas de uno de los relatos.

Arranquemos por las justificaciones posteriores. Se coincide, finalmente, que en el peor de los casos nos ha hecho reír a carcajadas. Perfecto, punto merecidísimo para el guión. Pero el asunto es: ¿de qué nos estamos riendo? Y acá, creo, viene el desperfecto.

De alguna manera, muy sintéticamente, el cine funciona (entre otras cosas) por la identificación. Pero nunca total, nunca cerrada, porque debe haber margen y lugar para el pequeño quiste, la cosa molesta, lo incómodo. Todo aquello que nos permitiría (además de sentirnos parte)  mirar el lugar que ocupamos dentro de un espectro social para hacer algún tipo de reflexión, algún avance, una mejora, un cambio, etc. ¿Es pedirle demasiado a la ficción? Puede ser: pero entonces solo podemos pensar en ella como una máquina de entretenimiento, igual que la televisión. Pero no la llamemos luego “arte”.

Con Relatos Salvajes, me animo a aventurar, ocurre lo indebido que es: la identificación estaría sucediendo de manera completa. Todos pasan por las historias diciendosé a sí mismos: yo casi estuve en ese lugar; yo podría ser ese; tengo un amigo que le pasó. Y navegan por el contenido de los relatos sin una mínima advertencia sobre por qué es que ante determinadas situaciones de la vida cotidiana (así lo expuso el director) tendemos a incluir una alta dosis de violencia como forma de resolución de un conflicto. Como si el efecto violento es algo latente en el ser humano (que lo es paradójicamente) que explota ante determinado abuso de lo que cree como justo o verdadero. Y entonces viene el punto más efectivo de la película, quizá lo que más me irrite al analizarla y que es una sentencia compartida: ¿a quién no le pasó? Identificación pura, directa, sin un mínimo ruido sobre el lugar que el espectador ocupa dentro de la sociedad (sí, vivimos en algo llamado comunidad que debería, cada tanto, aniquilar nuestro omnipotente “yo”).

¿Qué es lo que se pierde, lo que nos perdemos? (la advertencia es que todo hombre es un animal político, incluso aquel que se dice estar fuera: eso también es una postura política). Szifrón asesina tras el manto del humor la posibilidad de denunciar —por ejemplo— la increíble estafa del sistema de acarreo de autos; el funcionamiento disparejo de la justicia según el nivel de riqueza y poder; la diferencia de clase a partir de la posesión de objetos; e incluso: la monogamia. Es decir que la solución que el guión le encuentra (y perdón que la tenga con el relato de “Bombita“, es quizá el que mejor resume todo esto) al robo y la indefensa del usuario ante un sistema perverso de recaudación impositiva es… ATENCIÓN: poner una bomba. Y acá, paradójicamente, se nos baja el miembro.

Poner una bomba a la burocracia, a la desigualdad en el trato y la estafa termina por ser la solución infantil de un hecho que no quiere ser visto bajo la lógica política del poder donde el cambio de una situación requiere de: mínimos compromisos políticos; de nuestra participación; del involucramiento. La mirada que le otorga y le otorgamos al relato es la de reírnos para que nada cambie. Y no poner el ojo en la responsabilidad política del Estado, sino en el yo, en el vos, en el sujeto individual que cada tanto “pierde la chaveta” con justa razón y lleva los límites de la violencia al extremo. El golpe final de la identificación es: ¿y cómo no iba a terminar así ese pobre hombre? Es que está justificado. Y perdemos ahí la oportunidad de la crítica política del desencadenante.

¿Acaso no ocurre lo mismo con el “perejil” que termina siendo el jardinero? ¿Es la primera vez que sabemos que el poder y el dinero son capaces de ocultar un crimen? No, no es la primera. Pero entonces, en vez de ver y pensar sobre cómo se produce eso, nos reímos porque el jardinero no suelta el volante del auto porque es muy tonto para auto incriminarse. Nos reímos (y acá es donde Szifrón nos corre la mirada a hombrazos) del padre de la víctima que llega hasta la casa del acusado y le pega un terrible martillazo en la cabeza al jardinero como acto de justicia propia. Nos reímos del pelotudo del jardinero, de su final como un pelotudo. En vez de reírnos críticamente del papel de Oscar Martínez o el abogado. El guión no se la juega, no se embarra y eso para mí es de cagón. Porque las situaciones cotidianas están muy bien elegidas, pero ingenuamente resueltas.

Lamentablemente (porque estéticamente es hermosa, los actores son de un nivel increíble y la música es el dulce final), Relatos Salvajes queda atrapada en una mirada frívola que disfraza con el humor el peor de los actos violentos que es el de ocultar el origen de una desigualdad. Hay viene la mayor incomodidad: cuando la risa, ese acto tan revelador, es usada nada más que para liberar nuestro “yo” interior sin ver la complejidad social, que es aquello que sí dan —por ejemplo— los personajes de Capusotto.

Lo último es una jugada en la que me permito arriesgar. Y que tiene que ver con el grado de aceptación que ha tenido la película y que a veces nos invitar a aventurar una conclusión. Tras años de un nuevo ingreso de la política como hecho fundante de una sociedad, de la vuelta de la discusión, de la posibilidad de trastocar intereses profundos y tantos otros hechos renovadores que llegaron tras el 2001 (es decir, una mínima creencia de que la política servía para cambiar las cosas), parece venir ahora una atomización, un cansancio, un basta: ahora quiero volver a reír. Lo que más identificación genera es el hecho de que la película carece de todo tipo de entrecruzamiento político. Como si ese hartazgo que se percibe en cada almacén de barrio se canalizara a través de la risa, serena, sin inquietudes, sin cadena nacional. Una risa cómoda. Que no nos mueve la baldosa que nos transporta al trabajo. Una risa poderosa que nos dice: camine por aquí si no quiere sufrir. Una risa que es la de un sujeto muerto que está en el cine (y en la vida) de vacaciones.

Pero la política no es una prenda de vestir que nos podemos sacar. Está. Y la podemos dejar lejos o participar. Querido lector: de eso no podrá escapar.

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