¡Trencito, trencito!

El Trencito es algo mágico, y no hablamos precisamente del que ahora hace el recorrido Constitución – Tandil. Me refiero a ese trencito con rasgos humanos que se convierte en una expresión corporal única en cada una de las fiestas a las que hemos tenido la oportunidad de asistir. Muchos le desean la muerte y piden erradicarlo a gritos, así como también abuchean al musicalizador cuando insiste con la vigencia del tema “¡Y lari, lari yeah!” de Xuxa. Alguna vez dije que quizás primero haya llegado el momento de erradicar de los casamientos la práctica masculina que toma al protagonista de la fiesta y lo lanza por los aires, siendo los brazos de los energúmenos lo que funciona como colchón. Se ha comprobado científicamente que pasado el tercer lanzamiento, solemos retirar el apoyo que impide que vaya directamente al piso. Y no lo hacemos por maldad, sino por la facilidad con la que nos distraemos mirando un culo por estar entrados en copas.

En cualquier manifestación festiva, entrado el calor, nace espontáneamente una costumbre inmortal: hacer el trencito. Ya sea en cumpleaños, casamientos, fiestas de egresados, despedidas de soltero (¿?), festejos de fin de año, encuentros nacionales y populares, la creación de una hilera de individuos tomados de la cintura representa algo más que un mero encuentro casual. En esa explosión de algarabía se conjuga toda una historia. Porque el trencito es más viejo que la escarapela.

Está en los libros de historia y hasta dicen que en algunos textos de Sócrates que bueno, por falta de tinta no llegó a imprimir. Rastrear el primer trencito de la historia es una tarea que ni Google nos puede resolver. Pero sí tenemos ciertos incidentes que pueden darnos un pantallazo general. El mismo Cristóbal Colón, en su cuarto viaje hacia América que supo depositarlo en tierras hondureñas, logró articular con los indígenas un primer intento de trencito a excusa –y festejo– del confirmado descubrimiento de América. Sin embargo, lo que los historiadores positivistas no reconocen es que éste terminó a los pocos metros de haberse iniciado cuando Cristóbal sintió que su integridad estaba en peligro. Detrás lo abrazaba un indígena con un gran talento.

Luego, el trencito habría de tomar su rumbo definitivo para instalarse con sus características actuales: calor y movimiento caribeño. Cobró impulso tras un acontecimiento político. Es que el trencito fue la manera que Fidel Castro encontró para festejar –junto a las Fuerzas Armadas Revolucionaria– la derrota propinada a Estados Unidos en la Invasión de la Bahía de Cochinos. Desde allí, gracias a la propagación de guerrillas revolucionarias en distintos países latinoamericanos –entre ellos el nuestro–, el trencito se habría instalado definitivamente en la década del ´60. Luego, los hippies se encargarían de ponerle un freno a su crecimiento por considerarlo una práctica tímida y de escasa eficacia sexual. Y finalmente, sería la década menemista y la fiesta de los noventa la que le daría el ingreso definitivo al trencito dentro de cualquier evento festivo.

Hoy, este agradable espectáculo es parte de nuestra identidad y cobra un mayor interés sociológico cuando se analiza su lado más artesanal. No olvidemos que la FIFA lo ha enviado al olvido, prefiriendo inclinarse por la difusión de la ola en los estadios de fútbol. Quién no ha encontrado un particular gusto en saber ver ese momento de la noche donde todos los planetas parecen alinearse pidiendo a gritos la creación de un nuevo y único trencito. Ese mismo que queda inmortalizado en la foto que identifica al evento “¿te acordás de ese trencito?. El trencito no vuelca. Se mueve al ritmo de una buena salsa, aunque se ha ido renovando y hoy es posible hacerlo andar al compás de “hay que pedirle más, más, más a la vida…”. A veces, inicia su camino tímidamente, pero siempre hay 3 o 4 que llevan el liderazgo y se encargan de ir manoteando gente al pasar. Se escuchan reclamos “¡Dale, amargo!”, se escuchan susurros “Después descarrillemos y te espero en el auto”, se escuchan deseos “¡Qué no se corte!”, y a veces, se escuchan disculpas “Ah, perdón. Pensé que eras parte del trencito”. El contexto actual nos lleva a exigir la vigencia del trencito, el único sistema de transporte que no fue vendido a intereses extranjeros.

Publicado en LaTandilura.com.ar

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